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El verdadero riesgo de este libre mercado de la desgracia es que terminemos habitando un mundo donde el sufrimiento humano no se intente evitar, sino que se financie a la espera de que el peor escenario posible nos haga millonarios.
Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com
El mundo cabe en una apuesta. De los bingos y casinos con sus tableros, sus máquinas tragamonedas y sus ruletas; del póker o los dados con los que se ha perdido más de una camisa, cientos de miles de jugadores han dado el salto a una pantalla digital, fría y aséptica, donde la muerte, el bombardeo y el colapso democrático cotizan a la baja o al alza. El auge global de plataformas como Polymarket ha destapado una alcantarilla ética que ya no podemos ignorar. Lo que nos vendieron como el faro supremo de la vanguardia tecnológica y la inteligencia colectiva se ha convertido en un circo romano digital.
Existe una trampa semántica peligrosa en el lenguaje contemporáneo.
Nos repiten, con soberbia tecnocrática, que Polymarket no es una casa de apuestas, sino un sofisticado «mercado predictivo». Es decir, un mercado abierto en el que los usuarios pueden apostar por el resultado de prácticamente cualquier acontecimiento. Por ejemplo, un evento deportivo, el fallecimiento de personas, fenómenos meteorológicos extremos e inclusive el desenlace de investigaciones judiciales, científicas o de cualquier otra naturaleza. También es posible hacerlo sobre el resultado de unas elecciones, el inicio de una guerra o la llegada de una crisis económica y su magnitud.
Nos dicen que analizar probabilidades económicas sobre el futuro ayuda a entender la geopolítica global. Mentira. Es un eufemismo técnico para camuflar el negocio de siempre bajo el manto de la innovación. Detrás del algoritmo sofisticado opera el mismo impulso ludópata que vacía los bolsillos de tanto iluso que se acerca a las salas de juego tradicionales. La única diferencia es que hoy la ruleta se mueve al ritmo de los misiles que caen en Oriente Medio o de los infartos de los líderes mundiales. El ludópata digital ya no necesita un caballo de carreras; le basta la agonía de un presidente o el recuento angustioso de unos votos en cualquier pueblo apartado.
La ludopatía se ha sofisticado, camuflándose de análisis financiero de alta fidelidad. Los usuarios no ven dolor; ven gráficos de barras fluctuando en tiempo real. Al convertir tragedias humanitarias y procesos electorales en simples activos especulativos, se destruye uno de los últimos vestigios de empatía colectiva. ¿Cómo nos vamos a conmover por el sufrimiento de un pueblo bombardeado si una parte de nuestra cartera de inversión digital depende de que la invasión continúe el próximo mes? La insensibilidad se normaliza y se premia con dividendos en criptomonedas. El dolor ajeno pasa a ser un dato estadístico, una variable macroeconómica más en el celular.
El peligro real radica en esta desconexión total con la realidad material. Se está perdiendo el pudor y el respeto básico por la dignidad humana en favor de la rentabilidad absoluta. Cuando las elecciones de una nación o el inicio de una guerra civil se reducen a un juego de azar para jóvenes hiperconectados, la política y la moral mueren. Polymarket y sus semejantes no predicen el futuro; deshumanizan el presente. El verdadero riesgo de este libre mercado de la desgracia es que terminemos habitando un mundo donde el sufrimiento humano no se intente evitar, sino que se financie a la espera de que el peor escenario posible nos haga millonarios.