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Dólares, neuronas y el planeta en llama

El cerebro humano tiene sesgos, sí, pero no paga campañas políticas. La parálisis climática es una industria multimillonaria perfectamente diseñada.

hace 1 hora
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  • Dólares, neuronas y el planeta en llama

Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

Por estos días, España y Francia han ardido bajo la furia de cuatro olas de calor consecutivas, mientras el mapa global se ha ido tiñendo con el rojo furioso de las conflagraciones. Mientras el fuego, aunque algo más controlado, sigue devorando hectáreas, y el termómetro rompe récords históricos, asistimos a un fenómeno tan desconcertante como peligroso: a medida que el clima se desboca, la lucidez humana retrocede. No se trata ya de una simple ignorancia, estamos ante el auge de un climatoescepticismo sofisticado que no niega el aumento de la temperatura, pero no quiere aceptar bajo ningún concepto que nuestra mano es la que sostiene la antorcha. ¿Por qué nos empeñamos en cerrar los ojos frente al abismo?

La ciencia apunta con timidez al banquillo de los acusados y señala a nuestro propio cerebro. Lejos de ser la máquina racional de la que nos gusta presumir, nuestra mente opera como un mecanismo de autodefensa emocional que deforma la realidad mediante sesgos cognitivos. El rey de todos ellos es el sesgo de optimismo, ese bálsamo mental que nos susurra al oído que la tragedia siempre golpeará a “los otros” o que ocurrir“ áun día, más adelante”. Es el consuelo mediocre del que repite que “en verano siempre ha hecho calor”, instalándose en un escepticismo suave cuyo destino final es idéntico al de la negación absoluta: la inacción total.

Analistas como Mélusine Boon-Falleur explican que esta parálisis es una respuesta cognitiva a la desesperanza. Cuando el cerebro asume que un problema es irreversible y que carece de control para resolverlo, decide que no vale la pena desperdiciar recursos cognitivos en una batalla perdida. Prefiere ignorar la amenaza para proteger su estado de ánimo. Paradójicamente, los discursos catastrofistas que buscan alarmar terminan logrando el efecto inverso: desmovilizan a una población que, abrumada por la impotencia, decide rendirse antes de empezar a luchar.

Sin embargo, reducir esta tragedia global a un mero asunto de neuronas y psicología individual es una trampa peligrosa que esquiva la dimensión sistémica del problema. También es cierto que llevamos décadas equivocando el rumbo en las decisiones políticas que se toman en cuanto al manejo del campo. Aceptando esa verdad, es posible reconocer que el cerebro humano tiene sesgos, sí, pero no financia campañas políticas. La parálisis climática no es solo un defecto de fábrica de nuestra evolución, es una industria multimillonaria perfectamente diseñada.

No podemos olvidar que en abril de 2024, Donald Trump reunió a una veintena de magnates petroleros en Mar-a-Lago para pedirles mil millones de dólares a cambio de la promesa explícita de desmantelar las regulaciones ambientales. Esos industriales inyectaron cerca de 219 millones de dólares para asegurar el regreso del ala republicana al poder en Washington. El escepticismo que hoy nos quema las entrañas no nace solo en los pliegues de la corteza cerebral, se fabrica con lobby de hidrocarburos y se paga con billetes verdes. Culpar únicamente a la evolución humana es exculpar a los verdaderos incendiarios de nuestro tiempo.

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