viernes
2 y 8
2 y 8
Querido Señor Dios. No sé cómo debo dirigirme a ti. Tampoco, si tu nombre debe escribirse con mayúsculas o con minúsculas. Yo prefiero ponerlo con mayúsculas como lo hacen casi todos los hombres que creen en ti de un confín a otro de este mundo: hablo de los católicos de la Iglesia de Pedro; de los ortodoxos de la Iglesia de Oriente; de los cristianos de la Iglesia de Lutero. También hablo de los judíos y de los seguidores de Mahoma y de Buda y, por supuesto, de los pueblos indígenas y negros. Creo que Dios es el mismo para todos.
Por lo demás, pienso que estas cosas te tienen sin cuidado porque —como dice un proverbio judío—, cuando el hombre piensa, Dios ríe. A propósito, ahora debes estar riéndote con el embrollo que se ha armado con la discusión sobre la ortografía de tu nombre, como te reías a las carcajadas en la caricatura en que Quino te dibujó sentado sobre una nube leyendo un libro titulado “Leyes de física general” de uno de los tantos sabios dedicados a desentrañar los misterios del universo. Espero que ahora no estés riéndote de mí si acaso lees El Colombiano los domingos y esta carta llega a tus manos.
Si acaso llega, te ruego por favor que me perdones si mis palabras te parecen caóticas, faltas de sentido, o si cometo algún error de ortografía.
No sé a ciencia cierta por qué decidí escribirte. Lo hago tal vez movido por el consejo del escritor Paul Johnson que dice que es aconsejable que los periodistas que escribimos columnas nos ocupemos de ti al menos tres veces al año... Yo llevo varios años sin hacerlo.
Bueno, en realidad este domingo lo hago porque necesito tu ayuda. Y como ya he olvidado casi todas las oraciones que aprendí cuando era niño —excepto la que enseñaste a tus discípulos invocando a tu Padre—, tomo prestada la oración de un escritor atormentado que te buscó desesperado hasta el fin de sus días. Yo la llamo “La oración de Malcolm Lowry”. Últimamente me ha dado por rezarla todos los días, antes de empezar mi trabajo de escribir. Me la regaló un amigo que, como yo, ama sus libros. Dice así:
“Querido Señor Dios: Te ruego encarecidamente que me ayudes a ordenar este trabajo, aunque parezca feo, caótico y pecaminoso, de modo que sea aceptable a Tus ojos, para que de este modo, según le parece a mi cerebro desordenado e imperfecto, pueda alcanzar los más altos cánones del arte, abriendo, no obstante, nuevos caminos y rompiendo viejas reglas cuando sea necesario; tiene que ser estimulante, tempestuoso, atronador; la vivificante palabra de Dios debe resonar en él, proclamando la esperanza para el hombre; y sin embargo, tiene que ser también equilibrado, grave, lleno de ternura y compasión, y humor: como el escritor se halla él mismo cargado de pecados, si se le deja solo no puede escapar a conceptos en ocasiones falsos e inanes, y somete su voluntad a la de una bandada de gallinetas que lo llevan por senderos equivocados... Por favor –creo que necesitas escritores-, deja que verdaderamente Te sirva como tal, convirtiendo este material en algo grande y hermoso, y si mis motivos para escribir son oscuros, y si ahora las palabras están dispersas y a menudo faltas de sentido, por favor, perdóname por ello, pero, Te lo suplico, pon alguna Musa, algún ángel del arte a mi disposición para ordenarlas de un modo bello; por favor, ayúdame, de lo contrario estoy perdido”.
Escúchame, Señor, desde el cielo, tu morada. Y por favor, esta vez ahórrate la risa.