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¿Por qué Bukele y Trump seducen tanto?

Colombia también está cansada. Cansada de la violencia, del caos institucional, de la improvisación. Y en países cansados, las soluciones simples seducen.

hace 2 horas
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  • ¿Por qué Bukele y Trump seducen tanto?

Por Diego Santos - @diegoasantos

Creo que no me equivoco si digo que la pregunta del titular es la que más nos hacemos para entender muchas de las cosas que están pasando en el mundo, inclusive en Colombia, con la trepada en las encuestas de Abelardo De La Espriella.

¿Por qué sociedades enteras, democracias consolidadas o frágiles, terminan eligiendo líderes que concentran poder, desafían instituciones y gobiernan con un estilo confrontacional? ¿Por qué, lejos de castigarlos, los premian con popularidad?

La respuesta, luego de investigarlo a profundidad, comienza por una palabra: cansancio.

Bukele no surge en el vacío. Surge en un país secuestrado por las pandillas, donde la gente vivía aterrorizada. Trump tampoco aparece por accidente. Llega en medio de una sociedad fracturada, golpeada por la globalización, irritada con élites tecnocráticas que hablaban bonito pero resolvían poco.

Y ambos entendieron algo fundamental: cuando el Estado fracasa en lo básico —seguridad, prosperidad, orden— la gente deja de valorar el proceso, el complejo engranaje democrático, y empieza a preferir el resultado.

Bukele ofreció cárceles, mano dura y cifras de homicidios a la baja. Trump ofreció ruptura, confrontación y orgullo nacional. Ambos transmitieron una sensación poderosa: “al fin alguien hace algo”. Esto, en política, es oro puro.

Negar que han tenido resultados en ciertos frentes sería ingenuo. En El Salvador, la caída de los homicidios es un hecho. En Estados Unidos, Trump conectó con sectores olvidados que se sentían expulsados del sistema. El problema no es la eficacia puntual. El problema es el costo estructural.

Bukele subordinó la justicia al Ejecutivo, prolongó el estado de excepción y desdibujó la separación de poderes. Trump llevó al límite las reglas democráticas, deslegitimó sistemáticamente a las instituciones que no le favorecían y tensionó la arquitectura institucional estadounidense como pocas veces en su historia reciente.

Entonces la pregunta no es si funcionan en algo. La pregunta es si el precio que pagan sus países es sostenible. Las instituciones no están diseñadas para producir aplausos inmediatos. Están hechas para resistir cuando el poder se concentra demasiado, para protegernos no del líder que nos gusta, sino del que no nos va a gustar después.

Y aquí entramos en el quid del asunto que muchos prefieren evadir: ¿Soy yo el que no está entendiendo que los tiempos cambiaron? ¿Que las democracias necesitan líderes más duros, más verticales, menos atados a formalidades? ¿O estamos confundiendo eficacia inmediata con salud democrática?

Colombia también está cansada. Cansada de la violencia, del caos institucional, de la improvisación. Y en países cansados, las soluciones simples seducen. El “yo me encargo” suena mejor que el “construyamos consensos”.

Pero la historia nos enseña que desmontar instituciones es fácil, pero que reconstruirlas es una tarea generacional.

Quizás el debate no sea Bukele sí o Bukele no. Trump sí o Trump no. El verdadero debate es si estamos dispuestos a sacrificar equilibrios que tardaron décadas en construirse por resultados que pueden durar un ciclo electoral.

Esta conversación es incómoda pero urgente, y es la que deberíamos estar dando antes de que el cansancio termine decidiendo por nosotros.

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