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El monte de las furias

La naturaleza, si se escucha bien, enseña a vivir. Muchas veces nos preguntamos qué es el amor para los humanos, pero pocas veces nos preguntamos en qué consiste el amor para la montaña.

hace 1 hora
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  • El monte de las furias

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

La semana pasada estaba intentando ponerle conversa a un niño y en medio de frases de todo tipo, de juegos y bromas, de repente, pronunció lo siguiente: “A mí me entienden los árboles”. ¡Quedé atónito! ¿Uno qué hace ante semejante confesión de un niño de cinco años?, pues seguirlo escuchando, intentar jalarle la lengua hasta donde sea posible. Sin embargo, el chiquillo no quiso decir nada más, quizás porque se dio cuenta de que había revelado un secreto, o sencillamente no tenía nada más que decir.

Me quedé pensando en la sabiduría de esas seis palabras, en el privilegio de ser escuchado por un árbol, recordé a los Ents en El señor de los anillos, el poema hermoso de amor que se recitan en sus páginas. Recordé también la novela más reciente de Fernanda Trías, “El monte de las furias”, porque en ella hay una conversación continua de la protagonista con la naturaleza, con la montaña que cuida. “En el jardín cosecho algunas cosas, lo que no necesite mucha mano. Pero yo no siento que el jardín sea mi casa, sino un pedacito de monte que la montaña me presta para que cuide, peine y despioje. Cuido los arbustos como si fueran la cabeza de niños prestados. No míos, no mis niños”.

En una entrevista, Trías dijo que esta novela fue tomando cuerpo durante la pandemia, en esos tiempos donde las ciudades se aquietaron y la naturaleza pudo ser mejor escuchada por algunos que quisieron escucharla, como ella, que al tener la fortuna de vivir mirando a los cerros orientales de Bogotá, todos los días veía esa cadena de historias y de niebla y de árboles que bostezan y cuidan los sueños, hasta consolidar esta novela que me gusta, muy especialmente, porque dialoga con los seres vivos como seguramente lo hace aquel niño que les menciono.

“A veces pienso: deberíamos inventar palabras nuevas para describir los sentimientos de las plantas. Para describir, por ejemplo, el sentimiento de respeto y alegría que es girar siempre en busca del sol, inclinándose hacia la luz, o la incertidumbre de perder hojas para dar lugar a las nuevas, o la incomprensión de que te arranquen un trozo de corteza. O el orgullo de la flor cuando el colibrí la elige para alimentarse. O la cosquilla que producen las patas de la abeja, que es juego y trabajo al mismo tiempo. A mí me gustaría que esas palabras fueran un sonido largo, una vocal, pero con un sonido distinto al a e i o u. Un sonido inimaginable, nuevo, un sonido hecho de olor, por ejemplo”. La naturaleza, si se escucha bien, enseña a vivir. Muchas veces nos preguntamos qué es el amor para los humanos, pero pocas veces nos preguntamos en qué consiste el amor para la montaña. ¿Qué tanto somos cuidadores de todos los seres vivos? Si pudiéramos escuchar más, como aquel niño o como la protagonista de esta historia, la vida humana sería más natural, menos ruda, menos soberbia, menos triste.

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