<img height="1" width="1" style="display:none" src="https://www.facebook.com/tr?id=378526515676058&amp;ev=PageView&amp;noscript=1">
Columnistas | PUBLICADO EL 23 septiembre 2021

Deshaciendo pasos: Guayaquil

Por óscar domínguez Giraldooscardominguezg@outlook.com

Muchos hicimos el kínder en tangos escuchándolos en los pianos del bar de la esquina. O en la radio que llenaba vacíos, como la falta de radiola en casa.

El cursillo de malevos de media petaca lo hacíamos oyendo milongas en los cafés Armenonville, Rodríguez Peña, La Gayola, en el viejo Guayaquil, donde se quedó más de una virginidad masculina.

Guayaco hacía parte del anillo erótico de la ciudad, así como otros lugares “non sanctos”, como Lovaina, la Curva del Bosque y pare de contar

Un tío me invitaba a cerveza a los bares de Junín, y me financiaba el regreso a casa con esta advertencia: “No cuente dónde estuvo”.

Yo callaba en reciprocidad por haberme permitido estar cerca de esas frutas prohibidas con nombre de mujer que eran las meseras. Ver y no tocar era la consigna.

No faltaban las escalas etílicas en el Bar Alaska, de Manrique, que sigue recibiendo respiración boca a boca de su administrador, Gustavo Rojas.

En los bares de Guayaco, reputado como un sitio de peligro años atrás, el ritual exigía poner cara de recién egresados de la cárcel, mirar maluco al vecino, echarle cinco al piano, escupir en el suelo, fumar Lucky Strike y tomar aguardiente. Así marcábamos territorio.

El billete para esas veladas salía del Banco de la República doméstico: el bolso de mamá. O de una joya doméstica mal parqueada, que iba a templar a la prendería.

De pronto aparecían anfitriones de lujo, como Guillermo Ochoa. Las veladas con Guiller terminaban en la madrugada en opíparas comidas en El Becerro de Oro o en La Ceiba del parque municipal.

El ritual tanguero ha cambiado. Con el ocaso respirándonos en la nuca, escuchamos canciones mientras nos tragamos un puré de pepas para dormir. Presas con las que antes nos divertíamos, ahora cuelgan sin ton ni son... O esperan la visita del bisturí.

Los más chicaneros cañamos con que le dejamos una flor a Gardel en el cementerio de Chacarita, en Buenos Aires.

En los bares de Guayaco me ubicaba cerca de la salida para abrirme al primer entrevero. El cementerio no sólo está lleno de imprescindibles, sino de valientes que no corrieron a tiempo. Son los héroes.

No creo que los bohemios de dos pesos que éramos buscáramos poesía, filosofía, humor, amor, desamor, vida, en los tangos. Simplemente, tango sin licor... no rimaba.

Por primera vez en pandemia recuerdo que una noche me bajé del bus en pleno Guayaquil. De inmediato una mujer de la vida ardua me vio y se dejó venir con tremenda andanada que remató así: “vos, ´&%$#*, me conejiaste la otra vez”.

Se metió a una cantina, agarró una botella, la quebró y salió detrás de mí. Encontró el rastro frío porque en esa época yo corría cien metros planos en menos de lo que se persigna un pedófilo. Este héroe dice adiós 

.