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Columnistas | PUBLICADO EL 29 enero 2022

Desde la torre

Por ERNESTO OCHOA moreno ochoaernesto18@gmail.com

Con unos versos del poeta español Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) (¿versos que no sabía si recitaba, rezaba, musitaba, declamaba, gritaba o acallaba?), me encerré uno de estos días finales de enero en la biblioteca (mi torre-biblioteca), para el viejo rito de descartar volúmenes dormidos y olvidados. Tal vez este año sí me libero y aligero el equipaje del último viaje, que hacemos desnudos. Sin cosas. También, ¡qué triste!, sin libros.

Decía Quevedo en el soneto “Desde la torre”: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”.

“Si no siempre entendidos, siempre abiertos,/ o enmiendan o fecundan mis asuntos;/ y en músicos callados contrapuntos/ al sueño de la vida hablan despiertos”.

“Las grandes almas que la muerte ausenta,/ de injurias de los años, vengadora,/ libra, ¡oh, gran don Iosef!, docta la imprenta”.

“En fuga irrevocable huye la hora;/ pero aquella el mejor cálculo cuenta/ que en la lección y estudios nos mejora”.

Sentía tristeza porque sabía que iba a salir de libros que nunca más iba a leer o a releer, o porque simplemente iba a echar de la casa a huéspedes mudos que nunca pusieron problema, que no dijeron una sola palabra en años.

Conozco esa liturgia. Tardes enteras, noches enteras expurgando. En las estanterías, los libros viviendo la angustia del desamor último. Algunos, como niños acurrucados e inermes, esperando la sentencia herodiana de ir a parar a una caja de cartón. Otros, erguidos y desafiantes, dispuestos a oponer resistencia. Los de más allá, como resmas de papel momificadas, impávidos frente a su destino final.

Hay el que salta gozoso con guiños de alegría y hace gracias hasta no verse de nuevo acunado en las palmas de las manos para el rito de la relectura. Y el otro, que esperó pacientemente por años y años para ser leído, casi me grita: no me abandones, todavía no me has hecho el amor de la lectura.

A la vuelta de las horas uno siente remordimiento. Y entonces, a revisar las cajas de cartón repletas de volúmenes para ir devolviendo unos, otros (estos, aquellos, todos) de nuevo a las estanterías. La biblioteca volverá a ser la misma.

Tarde o temprano; mejor, tarde siempre, porque suele ser en el ocaso de la vida, el ser humano acaba encerrado en una torre de este vetusto castillo desvencijado que llamamos vejez y allí (sea lo que sea para cada uno su inevitable confinamiento: templo, refugio, cárcel, celda monacal, arresto domiciliario, pieza de hospital, sala de cuidados intensivos, cubículo de manicomio, antesala del infierno o preámbulo de cielo) se consuela con los que, tal vez, sean los únicos amigos que nunca dan la espalda: los libros.

¿Vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos? Me gusta esta definición de la lectura que se inventa Quevedo 

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