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Columnistas | PUBLICADO EL 18 julio 2022

Derechos de autor

La democracia es mil veces preferible al régimen sin libertad de expresión, donde todos los atropellos pueden ser simulados y convertidos en “los beneficiados serían los traidores del sistema”.

Por Mario Vargas Llosa - redaccion@elcolombiano.com.co

Amir Valle, autor cubano exiliado en Alemania, me envió su libro, titulado La estrategia del verdugo, que ha ganado el premio Carlos Alberto Montaner de ensayo, sobre los abusos que se cometen con los escritores en Cuba, y lo leí de inmediato, algo que no había hecho hacía muchos años con los textos procedentes de esa isla, a la que Virgilio Piñera apostrofó así: “la maldita circunstancia del agua por todas partes me obliga a sentarme en la mesa de café”. Está escrito de prisa y tiene erratas, pero el objetivo del libro, denunciar los atropellos que se urden con los derechos de autor en la isla, se cumple a carta cabal.

Por lo demás, en todos los países donde el Estado toma el control de la vida económica —Estados comunistas o ciertas dictaduras militares— ocurre la misma cosa. Es insensato pensar que los burócratas dedicados a la innoble tarea de censurar pudieran dejar pasar una sola frase contra el régimen, indisponiéndose de esta manera con sus amos. En Cuba, desde los inicios de la revolución, esa fue una realidad sin excepciones.

En los países capitalistas no suele existir la censura de prensa, salvo en las dictaduras, como la española en tiempos de Franco, y todo está librado al mercado. Los libros que atraen cierto interés del público suelen ser disputados por los editores independientes a golpes de chequera, pero es un error pensar que todos los países capitalistas son idénticos a este respecto, pues hay grandes diferencias entre Estados Unidos, por ejemplo, e Inglaterra y Francia, donde ensayos de poco atractivo para las grandes masas de lectores pueden encontrar un editor, cosa que en Estados Unidos es mucho más difícil. En todo caso, en estos últimos países no existe la censura previa, ni la censura a secas, y los lectores afectados por los textos publicados pueden acudir a los tribunales en busca de enmienda o satisfacción. Dependerá mucho de la cultura del público, y de sus exigencias y demandas, pero sus textos, aunque relativamente de pocos ejemplares, suelen encontrar siempre un editor. Depende de la calidad del libro y esta, si es alta desde el punto de vista literario, no suele ser un obstáculo para su divulgación (la poesía, por ejemplo).

Esto, en gran parte, hace que la atmósfera de esos países sea mucho más respirable que la de las dictaduras socialistas “rodeadas de agua” y de policías culturales, como recuerdan Virgilio Piñera y Guillermo Cabrera Infante en el colofón de este libro. Sus páginas, por lo demás, abundan en juicios oficiales de una ferocidad extraordinaria, en que los escritores insumisos pueden ser condenados a penas de prisión de quince o veinte años, cuando se exceden en sus críticas (y sus libros, ni qué decir tiene, no serán nunca publicados). Por lo demás, en los últimos años, nuevas sociedades se han abierto al mercado de libros, de incierta solvencia: China, por ejemplo, o los países árabes, donde, por las dificultades del lenguaje, es difícil controlar a los traductores, un añadido suplementario a la dificultad de las traducciones (muchas veces los textos originales sufren una retraducción del inglés). En América Latina, con algunas excepciones como las de Chile, Argentina y México, y en África, las ediciones piratas se multiplican por el continente con el consiguiente perjuicio para los autores, que reciben, algunas veces, ridículos derechos de autor por sus libros publicados. Los editores que cumplen con los contratos se quejan a menudo de que las ediciones piratas los perjudican a ellos también, y, sin lugar a dudas, tienen razón, sobre todo cuando los jueces, llamados a intervenir, incumplen sus funciones o las demoran hasta el infinito.

Saber que todo lo que se publica, revistas, periódicos, libros, o films en cinemas y programas televisivos y radiales, está cuidadosamente censurado tiene, por efecto, desmoralizar a la gente, sabiendo que todo lo que lee ha sido antes revisado por funcionarios gubernamentales, y que lo impreso o filmado tiene la marca indeleble de la distorsión y la acomodación. Esto suele ser “irrespirable” y obliga a los países comunistas, y a las dictaduras militares, a ser sumamente prudentes o imprudentes con esta función, lo que aumenta generalmente la disidencia o la indiferencia del público, algo de lo que todos los países sin libros pero libres padecen y sueñan con su liberación. En Cuba, por ejemplo, hay los autores a los que la revolución anima a exiliarse antes que castigarlos por su desobediencia —Amir Valle es muy detallista en este tema—, y los escritores a los que permite una cierta independencia, autorizándolos a utilizar editoriales o agencias extranjeras, aunque deduciéndoles en parte o en todo los beneficios económicos que de su situación se deriva. Entiendo que es el caso, en Cuba, bastante dramático, de Leonardo Padura, el autor de El hombre que amaba los perros, sobre la muerte de Trotski, una, sea dicho de paso, magnífica novela.

En Europa occidental el problema no existe, y en la oriental está en vías de resolverse, de modo que los escritores no tienen problemas (siempre que consigan agentes o editores). Pero esta es apenas una parte muy minoritaria del mundo, y en el resto de él los autores suelen ser maltratados y engañados, porque son publicados sin su permiso y sin que se respeten sus derechos, o traducidos bárbaramente (recuerdo mucho una estudiante de la Universidad de Moscú que vino a entrevistarme, a la que pregunté sobre la calidad de mis traducciones al ruso. Su respuesta fue categórica: “todas execrables y no solo por razones políticas”. Se lo dije a mi editor en Moscú, y él se limitó a consolarme diciéndome que la próxima vez buscaría mejores traductores para mis ensayos y novelas).

El derecho a opinar libremente está cortado en las dictaduras ideológicas y militares y eso es lo que disminuye la adhesión a esos gobiernos. En efecto, es muy difícil dialogar o criticar algo cuando se tiene clausurada la boca y la cabeza o se reciben por esa crítica largas penas de prisión. Las adhesiones que mediante este sistema se consiguen son ficticias, superficiales, y se encargan de advertirlo muchos de los escritores a los que visitamos en los países socialistas, y, en diálogos privados con ellos, adherentes y beneficiarios del sistema, recibimos, al oído, la confesión de aquellos “cautivos” que, nos revelan, “no pueden hacer otra cosa” que mentir y engañar, “dadas las circunstancias”. Uno no sabe a qué atenerse: ¿se trata de verdaderos héroes, que engañan al sistema, o de cínicos que mienten por doquier y no saben ellos mismos cuándo dicen la verdad?

El sistema democrático no es siempre ejemplar —suele haber en él disparidades de ingresos gigantescas y no siempre en función de lo que los más beneficiados aportan al sistema, además de jueces injustos o cínicos, que aprovechan su posición para enriquecerse, o autoridades que igualmente se benefician de los cargos que ocupan, y mil cosas más—. Pero en este campo, no hay la menor duda: la democracia es mil veces preferible al régimen sin libertad de expresión, donde todos los atropellos pueden ser simulados y convertidos en “los beneficiados serían los traidores del sistema”. Sin embargo, es obvio, por el libro de Amir Valle y otros que insisten sobre estos temas, que la libertad es preferible a la censura, de la que yo fui testigo con mi primer libro de cuentos, cuando era preciso ir a una oficinita en Madrid que no tenía la menor indicación de ser estatal, donde había que dejar un manuscrito, que se recibía días más tarde, con indicaciones de palabras que habrían de ser suprimidas o cambiadas porque eran intolerables al régimen. Una de las que me hicieron cambiar en aquel librito de cuentos fue “falleba”, ante mi sorpresa, pues no sé en qué forma la “manija” o “empuñadura de una puerta” podía afectar al régimen de Franco.

© Mario Vargas Llosa

Ediciones El País, 2022

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