Pico y Placa Medellín
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Sin inversión en conectividad, infraestructura turística y vivienda, cualquier nuevo evento masivo nos desbordará.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
La noticia local de la semana fueron los precios de algunos Airbnbs en Medellín a pocos días de los conciertos de Bad Bunny: apartaestudios por un fin de semana ofertados en más de 20 millones de pesos, cancelaciones a última hora por parte de anfitriones queriendo subir tarifas, y la desesperación de los visitantes al ver que lo único disponible son casas en El Poblado por 100 millones.
Imagínense ahora cómo se estarán sintiendo quienes vinieron al concierto luego de pagar la cuenta en Piccolo, si les tocó dejar el carro una tarde en la Clínica El Rosario, comprar dos helados de yogurt por más de 50 mil pesos o una hamburguesa de carne “Wagyu” —sin papas ni gaseosa— por ese mismo valor.
Porque en Medellín, más allá de los absurdos como los Airbnbs a cien millones de pesos, hoy está de moda repetir que “todo está muy caro”, sobre todo en ciertas “burbujas” como los restaurantes y los arriendos en Laureles o El Poblado.
Independientemente de lo que ocurrió esta semana, la transformación reciente de Medellín hacia un destino turístico y cultural empieza a generar una sensación de hastío frente al costo de vida y otras externalidades negativas asociadas a que la ciudad “esté de moda”.
Conviene recordar un dato divulgado hace poco por Medellín Cómo Vamos: con 970.000 visitantes extranjeros ingresando por el aeropuerto José María Córdova en 2024 y una proyección que anticipa superar con holgura el millón en 2025 —casi el triple de lo registrado en 2019—, es inevitable que ese efecto se sienta entre los habitantes de la ciudad.
Lo que está ocurriendo en Medellín ya fue teorizado por George Doxey en 1975, cuando desarrolló el llamado Irritation Index para explicar cómo cambia la percepción local hacia el turismo: según su modelo, una ciudad suele comenzar recibiendo a los visitantes con euforia, pero a medida que su número crece, ese sentimiento evoluciona hacia la apatía, luego hacia la irritación, y, en su fase final, hacia el antagonismo.
Medellín parece estar entrando en esa fase de irritación, con señales incipientes de antagonismo, algo que la ciudad debería buscar cómo revertir. Porque si ya estamos experimentando tensiones con la escala actual de visitantes, el problema escalará aún más: según Medellín Cómo Vamos, el empleo asociado al turismo representa menos del 3% de la ocupación total, muy por debajo de ciudades turísticas consolidadas como Barcelona o Lisboa, donde esta cifra supera con holgura el 10%.
Los impulsos prohibitivos y regulatorios empiezan a ganar terreno, pero ese no debería ser el foco: lo urgente es fortalecer la capacidad instalada para acompañar este crecimiento. Sin inversión en conectividad, infraestructura turística y vivienda, cualquier nuevo evento masivo nos desbordará. Una ciudad que aspira a ser una “capital” cultural y turística no puede colapsar por un fin de semana de conciertos, ni por recibir un millón de turistas al año. De ahí la importancia de ampliar el aeropuerto, diversificar la oferta de vivienda y hotelería, y robustecer los espacios públicos y culturales de Medellín.
Después de todo, ¿qué ciudad intermedia en América Latina no se daría por bien servida con este “problema” que enfrentamos hoy: el de que todo el mundo quiera venir acá?
Sin embargo, entre chiste y chiste sobre la carestía, y entre una irritación que cala cada vez más hondo, lo que debería ser una “bendición” corre el riesgo de convertirse en un problema serio.
Adenda: Hay que aprovechar este boom turístico, sí, pero no puede convertirse en la única apuesta de desarrollo para la región en el mediano plazo. Pero sobre eso será en otra columna.