Pico y Placa Medellín
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Por Daniel Carvalho - @davalho
Después de meses de campañas eternas y desgastantes, Colombia se apresta a elegir a su nuevo presidente: una figura llamada a garantizar la unidad nacional, gobernar un país enorme y diverso, y heredar problemas acumulados durante décadas, además de otros creados por la ineptitud del gobierno saliente. El panorama es desalentador, porque ninguno de los dos candidatos parece tener la capacidad, la virtud ni el deseo de cumplir esas misiones.
Tras analizar —y padecer— las peleas, extravagancias, silencios y propuestas dudosas de ambas campañas, mi decisión la esbocé tras la primera vuelta: votaré en blanco. Lo haré como expresión legítima de descontento y preocupación; porque ninguna de las dos opciones ofrece confianza ni tranquilidad; ninguna representa un futuro mejor ni permite soñar con un gobierno que tenga la dignidad y la voluntad de reparar todo aquello que se está rompiendo en nuestra nación.
Cepeda no es Petro, y eso lo tengo claro. No se ha comportado como un líder irresponsable y mezquino; no suele —salvo lamentables excepciones— tratar a sus contradictores con violencia y vulgaridad; y no ha hecho campaña de la mano de los corruptos que un día su sector político juró combatir. Sin embargo, es el heredero de Petro: la continuidad de un proyecto político que le falló a Colombia en numerosos frentes. Sobre todo, representa una visión del Estado, de la economía y de la lucha por el poder que ya ha demostrado sus limitaciones.
Cepeda no fue capaz de criticar con firmeza el autoritarismo de Petro, sus ataques a las instituciones ni sus reiteradas trampas políticas. Tampoco ha propuesto corregir el rumbo equivocado del gobierno en asuntos como el sistema de salud, la soberanía energética, la fracasada “paz total” o el pobre balance en infraestructura. Además, no puede pretender hacer campaña con recursos de la nación y con el respaldo del partido de gobierno y del propio presidente sin asumir los costos de sus desaciertos. Es una cuestión elemental de responsabilidad política: el gobierno saliente no merece un nuevo voto de confianza.
De la Espriella representa aspectos preocupantes del nuevo caudillismo de derecha: autoritarismo, grosería y retrocesos en de derechos y libertades individuales; espectáculo por encima de la argumentación e improperio por encima del diálogo. No parece tener preparación, serenidad ni altura ética para dirigir una nación nerviosa y adolorida que siempre parece estar al borde de una nueva violencia política.
Las soluciones que plantea, así como buena parte de su campaña, parecen fruto de la inteligencia artificial y no del análisis racional: frases simplistas e ideas sin profundidad envueltas en una gran puesta en escena. No es una visión de país que permita soñar con un futuro próspero, pacífico e incluyente. No puedo votar por quien llama “imbéciles” a sus contradictores, cambia de opinión según el vaivén de las encuestas y afirma querer destripar a la izquierda democrática.
Sea quien sea el ganador, Colombia habrá perdido una vez más: cada vez más odio, división y menos capacidad de escucha y concertación. Sea quien sea el vencedor, ejerceré una oposición crítica, pero racional, frente a su gobierno. No es aceptable que los líderes políticos sigan peleando por ideologías, banderas y colores mientras los colombianos continuamos esperando soluciones.