Pico y Placa Medellín
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Por José Guillermo Ángel R. - memoanjel5@gmail.com
Estación Poderes Desmedidos, a la que llegan los que han convertido las ideologías en sectas (como dice Simone Weil), los que saltan pactos y constituciones como en una carrera de obstáculos, los que asisten a los diálogos con previos de fuerza bruta, los que debaten para gritar que no los entienden y la gente es ignorante, los que no conversan sino que se amenazan con destapar intimidades, los que pasan de un partido a otro según la oferta que les hagan, los que opinan imaginando que lo que dicen es cierto y una fuente invisible se los dijo, los que consideran las leyes como un juego de ping-pong, los que solo trabajan con hombres sí y entonces nunca se equivocan, los que todo lo que dicen contiene miedos y culpables, los que cambian la historia igual que rasparan una pared (así la pintan con otro tono), los que se las dan de eruditos y no responden sino que crean un rompecabezas, en fin, la fila es larga y no faltan allí los que tienen argumentos pero no los ponen en la mesa para no ser acusados de herejía, los legalistas que son tachados de anacrónicos y los que saben que lo que pasa es un delirio y es mejor usarlo para escribir libros de ficción. Y en estas estamos.
No sé que vayan a escribir los futuros historiadores sobre lo que ahora está pasando. Quizá se apoyen en palabras como sátrapa, dictador, tirano, demente, emperador, paranoide, trillonario (los de tanta plata que no hay cómo contarla), fanático, senil etc. O quizá no digan nada, sino que busquen a William Shakespeare y después de leerlo o suponerlo quemen sus libros por el contenido peligroso que contienen, pues lo atinente al poder no hay que verlo ni criticarlo sino llevarlo al ministerio de la verdad y purgarlo, como pasa en 1984, la novela de George Orwell.
La democracia, esto que todavía se defiende como a un último dinosaurio, ya no solo está en peligro, sino que camina a los resbalones. Hoy abundan las brujas y los Macbeth, los corruptos y asesinos a lo Hamlet, los locos como el rey Lear, los que justifican magnicidios a lo Bruto y Julio César, los que escalan el poder al estilo Ricardo III (yendo de terror en terror). Y en este juego de delirios, que toca buena parte de la Tierra (más de la mitad), los ciudadanos impávidos, sin saber qué hacer, resistiendo como pueden y muy arrepentidos de lo que ellos mismos eligieron, pues nada cayó desde el cielo, sino que nació de su propia educación. Es decir, los gobiernos que tenemos los crio cada país.
Acotación: 36 justos de todas las naciones sostienen el mundo, dice el Talmud. Y a estos justos hay que buscarlos para calmar los delirios y colocar cada punto donde debe ir. Mientras tanto, Shakespeare vuela sobre nosotros, Calibán en La Tempestad.