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El circo se despide

Termina el circo político que Petro levantó cuatro años. El espectáculo prometía transformar el país, pero el telón cae entre denuncias, investigaciones, fracturas internas y recriminaciones.

hace 16 horas
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  • El circo se despide
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Los viejos circos no llegaban a los pueblos sino que irrumpían en ellos. Mucho antes de que apareciera la gran carpa, el horizonte empezaba a llenarse de ruido. Avanzaban lentamente las carretas levantando polvo, sonaban los metales destemplados de la banda, los caballos golpeaban la tierra con una cadencia solemne y los niños corrían detrás de aquella procesión donde desfilaban jaulas, animales, banderas y carrozas pintadas con colores demasiado intensos para la vida cotidiana. Durante unos días el pueblo aceptaba suspender la realidad para creer en la ilusión.

Pero todo circo termina igual. Una mañana cualquiera desaparecen las luces. La carpa comienza a desmoronarse sobre sí misma. Las lonas son arrancadas, las estacas salen de la tierra y el viento atraviesa un escenario que pocas horas antes fingía ser eterno. Es entonces cuando aparece la imagen más triste de todas: el último payaso. El colorete ya no consigue ocultar el cansancio; la pintura se ha desdibujado bajo el sudor; la sonrisa permanece dibujada, pero los ojos revelan otra historia. Desde el centro de la pista levanta la mano para despedirse de unos espectadores que no ríen. Comprende tarde que el problema nunca fue el maquillaje, sino la función.

Así termina también el circo político que Gustavo Petro levantó durante cuatro años. El espectáculo prometía transformar el país, pero el telón cae entre denuncias, investigaciones, fracturas internas y recriminaciones. Cada día parece traer una nueva delación, una nueva versión de los hechos, un funcionario que señala a otro, una explicación que contradice la anterior. Lo que durante años se presentó como proyecto cohesionado hoy ofrece la imagen de una compañía incapaz de sostener el libreto hasta el último acto. Se suman los cuestionamientos por nombramientos discutidos, por la presencia de personas en altas responsabilidades cuya principal credencial parecía ser la cercanía con el poder antes que el mérito, y por decisiones que son objeto de escrutinio público e institucional.

Mientras la carpa se desploma, algunos todavía intentan ejecutar el último truco. Ya no se trata de hacer aparecer conejos ni palomas. El esfuerzo parece concentrarse en desaparecer responsabilidades, recursos, documentos o explicaciones antes de que las luces se apaguen. Es el ruido del desmontaje: cajas que se cierran con prisa, baúles cuyo contenido nadie alcanza a revisar, cortinas que se bajan antes de tiempo y un incesante ir y venir que busca confundir al espectador para que no advierta cuánto desorden queda sobre la pista. El escándalo termina convirtiéndose en cortina de humo que pretende ocultar el balance de una administración incapaz de cumplir las expectativas que ella misma sembró.

Y como ocurre en los espectáculos decadentes, el cierre parece buscar una escenografía cargada de simbolismo. El anunciado viaje a Cuba ofrece la imagen de un telón que desciende lejos del entusiasmo inicial, en un escenario donde la nostalgia revolucionaria contrasta con la desilusión de quienes esperaban resultados y encontraron improvisación, confrontación permanente y un gobierno consumido por sus propias contradicciones. El aplauso prometido terminó reemplazado por el silencio incómodo de unas graderías que hace tiempo comenzaron a vaciarse.

Los circos de antes siempre abandonaban el pueblo anunciando que regresarían la temporada siguiente. Los niños agitaban la mano convencidos de que volverían la magia y el asombro. Colombia merece conservar intacto ese recuerdo, pero reservarlo únicamente para los circos verdaderos. Cuando la política sustituye el gobierno por el espectáculo, cuando la ilusión reemplaza los resultados y el ruido intenta ocultar el fracaso, la mejor noticia no es que anuncien una nueva función. Es que, por el bien de la República, ese circo no vuelva a levantar jamás su carpa sobre la plaza de Colombia..

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