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Yo estoy convencido de la capacidad de los humanos para mejorar; creo firmemente que somos capaces de ser mejores, más empáticos, más responsables, más serenos y respetuosos.
Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho
Yo también fui el vecino ruidoso que obligué a los del edificio a escuchar mi música. Yo también fui el conductor tóxico que consumía licor y no quería respetar los límites de velocidad. Yo también fui irrespetuoso con las mujeres desde el comentario, el chiste o la actitud soberbia; y lo fui también con personas diferentes a mí por ignorancia y falta de empatía. Yo también fui descuidado con el uso de la palabra a la hora de abordar una discusión, creyendo que la arrogancia, la burla o la violencia eran herramientas válidas. Igualmente, fui sectario y prejuicioso en asuntos políticos, cayendo en el juego maniqueísta de quienes ven el mundo en blanco y negro.
Podría continuar la lista de todas aquellas actitudes y acciones con las que fui parte del problema; por fortuna, la experiencia y el deseo de aportar al cambio positivo de mi entorno me hicieron tomar conciencia y corregirme. Hoy milito en contra del ruido y trabajo por la seguridad vial; hoy tengo cuidado con el uso de las palabras, pues sé los hirientes y dañinas que pueden ser, así que pienso dos veces antes de hablar, escribir, juzgar u opinar. Hoy me siento más sereno al saber que puedo dialogar y compartir con personas cuyos puntos de vista se alejan de los míos, pero en quienes reconozco nobleza y buenas intenciones. Hoy sé que la bondad no depende de una religión, un color de piel, un partido político o una apariencia.
Escribo esto porque actualmente parece que todos estamos enfocados en juzgar. Las redes sociales y las conversaciones personales están llenas de señalamientos, prejuicios y sectarismos y de allí deriva la moda de la indignación permanente, pues, necesariamente, si hay un ofendido debe haber un ofensor y este tiene que ser señalado sin piedad. Sin embargo, poco hablamos de nuestras propias fallas, de las diferentes maneras en que hemos contribuido a degradar física o moralmente el ambiente y la sociedad. Nos cuesta reconocer los errores propios, pero somos veloces y punzantes para señalar los ajenos. Asumimos a menudo el papel de víctimas y somos elocuentes para reclamar nuestros derechos, pero no somos tan prolijos para aceptar nuestras fallas y recordar que, como miembros de la sociedad, también tenemos muchos deberes.
Yo estoy convencido de la capacidad de los humanos para mejorar; creo firmemente que somos capaces de ser mejores, más empáticos, más responsables, más serenos y respetuosos. Creo, asimismo, que podemos y debemos inducir cambios comportamentales alrededor nuestro, sea cual sea el ámbito en el que estemos; para ello es pertinente escuchar más y juzgar menos, corregir primero nuestros errores antes de señalar los ajenos y recordar que el ejemplo y la acción afirmativa educan más que la cantaleta y la pose de indignación.
Somos capaces, insisto, de vivir mejor a pesar de nuestros problemas y diferencias si tomamos la decisión de hacer bien nuestra parte en lugar de sentarnos cómodamente a pontificar sobre lo que deberían hacer los demás mientras escondemos nuestra propia basura bajo el tapete.
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