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¡Vive la France!

Francia es un país admirable y está dispuesto a recordárselo al planeta. Su cultura, ejemplar en tantos aspectos fundamentales, sigue siendo un referente mundial.

30 de julio de 2024
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  • ¡Vive la France!

Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

Disfruté la inauguración de los Juegos Olímpicos: impresionante y audaz espectáculo de los franceses, tan dados al festejo, la pompa y la controversia. A los parisinos los caracteriza la convicción de que su ciudad es la más bella del planeta y lo comunicaron al disponerla como escenario de intervenciones artísticas para que el público la recorriera, junto a la historia de la república francesa y los hitos del olimpismo. Fue sublime. Pero luego encontré muchos comentarios de quienes encontraron el evento ofensivo y contrario a los valores deportivos. Veamos.

Hubo polémica por tres actos: primero, una decapitada María Antonieta entonó un canto de la Revolución Francesa, iniciando el hermoso y brutal espectáculo de una banda de metal desde La Conserjería, icónico palacio donde pasara sus últimos días la reina en cuestión. Segundo, un acto donde personajes queer recrearon una escena que, para algunos, fue ofensiva al cristianismo.

Alegan que, al representar “La última cena” de Leonardo Da Vinci, es irrespetuoso que la actuaran transexuales y drags; sin embargo, no era una referencia directa a dicha pintura, sino a “El banquete de los dioses”, otro cuadro que remite a la mitología del Olimpo. Sinceramente, no creo que Jesús se hubiera ofendido. Luego vimos una coreografía donde tres jóvenes se enlazaban en una romántica historia; nada explícito ni aterrador: muchachos explorando el amor de manera no convencional.

Me cuesta entender las razones de la polémica. No vi nada irrespetuoso, ni anticatólico, sino el reflejo de lo que es y ha sido Francia. Así es la cultura francesa: pomposa, iconoclasta, rebelde, laica, diversa. El espectáculo dio cuenta de ello por medio del arte: libertad, igualdad y fraternidad representadas a través de la música, la danza y el color.

Tuve la fortuna de vivir más de cinco años en París y quiero decir que la inauguración me hizo sentir orgulloso, nostálgico y agradecido de la que siento mi segunda patria.

En Francia participé por primera vez de una protesta multitudinaria, supe qué era una drag queen y vi a numerosas parejas homosexuales quererse tranquilamente en público; escuché hablar del aborto como un derecho adquirido desde los años setenta y asistí a las luchas de activistas del feminismo, el ambientalismo y las causas altermundialistas; además entendí la noción del Estado de derecho y, como inmigrante, fui su beneficiario.

En París me inicié en la política y el activismo; milité contra partidos que enarbolaban banderas xenófobas y me acerqué a la doctrina de la socialdemocracia; descubrí las maravillas de la prensa libre, del debate vehemente y el humor político como herramientas de control.

En La Ciudad Luz entendí los valores republicanos, la necesidad de luchar por los derechos y que cada ciudadano es un actor político. Lo anterior parece obvio hoy, pero yo provenía de una Medellín y una Colombia que, en los años noventa, no ofrecían esos derechos ni libertades. Francia es un país admirable y está dispuesto a recordárselo al planeta.

Su cultura, ejemplar en tantos aspectos fundamentales, sigue siendo un referente mundial y deberíamos celebrarla, aprender de ella en lugar de buscar ofensas en un espectáculo memorable, que no hizo más que recordarnos valores fundadores de la democracia liberal que tanto nos ha permitido avanzar y hoy es atacada por el sectarismo y el populismo.

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