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Columnistas | PUBLICADO EL 06 marzo 2022

¿Cuáles son las motivaciones del elector?

Alejo Vargas Velásquez

Se ha especulado a propósito del papel que juegan o pueden jugar las llamadas maquinarias políticas en la movilización de los electores en favor de una u otra opción, o de la importancia del voto llamado de opinión. Intentaré en esta reflexión dar elementos para contribuir a esclarecer esta discusión.

Históricamente, el voto de los colombianos se explicaba en buena medida por la afiliación partidista —se votaba por quien indicaran los jefes de los partidos tradicionales, el Liberal o el Conservador, que representaban las amplias mayorías—; esta motivación perdió peso con el debilitamiento y desprestigio de los partidos políticos, aunque sigue explicando un porcentaje del voto actual —especialmente en el mundo rural o regional o en la militancia de nuevos partidos—. Los partidos políticos en esencia funcionaban como una estructura jerárquico-piramidal, en cuya cúspide estaban los jefes nacionales y los congresistas; en las regiones, los jefes regionales, representantes regionales —diputados—, y a nivel local, los concejales y otros activistas; esto es lo que tendió a denominarse la estructura partidista o la maquinaria electoral, en la medida en que en eventos electorales funcionaba articuladamente tratando de motivar y movilizar a los electores. Estas maquinarias han perdido importancia al tiempo que lo han hecho los partidos políticos.

Dentro de este modelo, empezó a tomar fuerza la lógica clientelista —con un largo arraigo histórico—, es decir, intercambiar apoyos políticos —asistencia a manifestaciones, pero, especialmente, apoyo electoral—, a cambio de favores políticos —acceso a servicios del Estado, al empleo público; más recientemente, a la contratación pública— y cada vez más el funcionamiento de esta relación explicaba el comportamiento de los votantes. Pero, igualmente, empezó a afectar las elecciones el costo de las campañas, cada vez mayor, y la incapacidad del Estado de regular esta variable y la renuencia a asumir la financiación en su totalidad. Esto se va a cruzar en ciertas regiones o sectores, con mayor o menor fuerza, con una práctica discutible y que linda con la corrupción, que es la compra de votos.

De otro lado, comienza a surgir, especialmente en el mundo urbano, una franja de votantes —que aumenta cada vez más— descreída de los partidos políticos y que considera que su decisión de por qué o por quién votar depende de su nivel de información, lo que algunos van a llamar el voto de opinión, aunque sería más preciso hablar de un voto más informado y que ya no depende de las orientaciones partidistas. Allí, crecientemente, juegan un rol de importancia la credibilidad del candidato —tanto para elecciones a corporaciones públicas como para elecciones uninominales— y lo que algunos denominan el carisma del candidato. Y, por supuesto, el desarrollo de los medios de comunicación, la emergencia de las redes sociales y el acceso a la información instantánea fortalecen cada vez más esta franja creciente de votantes. Pero, al tiempo, está también la franja de potenciales votantes más desconfiada, que considera que prácticas como la corrupción, la ineficacia de los congresistas y el incumplimiento de las promesas programáticas de campaña llevan a un desestímulo en la participación —especialmente en sectores jóvenes de la población—, pero es una franja que en determinadas coyunturas puede decidir participar y darle un giro al resultado electoral.

Podemos decir, entonces, que la motivación de los votantes hoy en día parece estar altamente influenciada por la credibilidad o no de determinados candidatos, por las agendas de temas que consideran los ciudadanos más relevantes —en el hoy colombiano, por ejemplo, la corrupción aparece con fuerza— y solo de manera secundaria pesa la influencia partidista —de izquierda, centro o derecha— y lo que esté asociada a la misma.

Alejo Vargas Velásquez
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