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Ofelia

No se iba por las ramas a la hora de escribir. En cada línea había información. En música era la cosita que en todo está. Un error de ortografía le dañaba el semestre.

21 de febrero de 2024
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Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Es de esas personas que decidieron vivir de una vez muchas vidas. Ofelia Peláez, se gastó la vida en vida. No dejó pendientes. El libro Historias cantadas-Historias contadas, su canto del cisne, incluye este testamento: “A mis hijos y nietos para que cuando yo me vaya, tengan este recuerdo”.

Su hija María Teresa Londoño y su nieto Carlos Andrés, hijo de Juan Carlos, hablaron el sábado 17 de febrero en la misa de dos yemas en la Iglesia de San Joaquín. A muchos se les piantó un lagrimón.

En vida, ponía a su amigo Alfredo Sadel a barrer su apartamento. En la misa de despedida se escucharon en la voz de Mauricio Ortiz canciones que inmortalizó el hermano veneco: Lloraste ayer, Dí, Escríbeme, Fuego de amor, El beso que te dí.

Se ganó el rótulo de historiadora e investigadora musical. Su maestro Hernán Restrepo Duque, del que era adoratriz, le dio el pescado y le enseñó a pescar.

Su ejercicio profesional lo hizo en buena parte de la mano de Discos Fuentes. Su actual gerente, Tony Peñarredonda, dijo a propósito de su último parto: “Ofelia se tomó su tiempo, años de búsqueda y organización para traernos estas joyas que comparte con nosotros”.

Esas historias las pueden bajar con horqueta de Youtube. Basta con buscar: “Ofelia Peláez. La música”. Su hija María Teresa, Ana Felisa Castrillón y Diana Sánchez, se encargaron de subirla a las redes.

No era monedita de oro pa’ gustarle a todo el mundo. Se ganó el inri de “Ofelia Peleas”. Como decimos los lagartos, me distinguió con su amistad y con varias emberracadas. Si pedías cacao, perdonaba. Se reservaba el derecho a no olvidar.

La prolífica Ofelia, “Ofe” para su red de afectos, se agachaba y se le caía un carnudo libro. De otro de ellos, El tango no es como lo pintan, escribió su amigo Jaime Jaramillo Panesso, su nuevo compañero más allá del sol, que tomó “cerca de un millar de letras como muestra intencional para penetrar en ellas como un minero que busca diamantes en las entrañas de la tierra”.

No se iba por las ramas a la hora de escribir. En cada línea había información. En música era la cosita que en todo está. Un error de ortografía le dañaba el semestre. No admitía inexactitudes esta Argos de tacón bajito.

Gracias al bolero, corruptor de mayores, anduvo de la ceca a la meca hablando o escribiendo de ese género. En los últimos artículos que le leí se ocupó del bolero, nacido en Cuba. Ofelia ensayaba a endosarle la paternidad a los dominicanos. No, no y no, le dijeron expertos, con el fondo de Los Panchos.

Cuando viajaba a Bogotá a cursos de nietoterapia, chorreaba la baba cuando pasaba el tren de la Sabana. “Abuela, ahí va tu tren”, le decían. Gózate la eternidad, apreciada Ofelia.

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