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Columnistas | PUBLICADO EL 04 junio 2022

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La vida no es ni está en la pantalla. La pantalla solo dialoga con uno mismo, es mi reflejo, es el lago en el que Narciso se miraba para terminar ahogado en su belleza.

Por Julián Posada - primiziasuper@hotmail.com

¿En qué momento dejamos de hablarnos con franqueza a pesar de frecuentarnos tanto? ¿Cuándo reemplazamos conversaciones con silencios? ¿Por qué hemos hecho del lenguaje una muralla y no un puente? Descubro asombrado que cada oración es una roca destinada a romper el alma y la integridad del otro, cada frase es un bumerán que alguien está dispuesto a devolver cargado de odio. Decía esta semana un amigo a la salida de una cena en la que nos anunciaron más dolor: “¡Hablemos más!, están muriendo muchos”.

Esta pandemia mental es una suerte de tsunami; como tantas tragedias, esta está desatendida y a pocos les preocupa. Triunfar, ganar, consumir, aparentar, inscribirse en la tribu de los vencedores parece ser el único camino admisible en la sociedad de lo reluciente. Vivimos en el mundo de la economía y los economistas, su palabra es condición y ley. Los humanistas están en desuso porque su trabajo no produce utilidades, pero si sus preguntas fuesen escuchadas, podrían transformar el mundo.

Seremos pocos, pero cada vez creo más que deberíamos emprender una cruzada por el diálogo, la reconstrucción de la palabra, su significado y el gesto que la acompaña. Por el lenguaje como articulador, como cruce de caminos, como punto de encuentro. Una cruzada por la defensa del error y la divergencia, entendidos como elementos positivos que obligan a reducir la velocidad y a plantear reflexiones. Al detenernos nos vemos obligados a hacer una pausa para cuestionar, hablar y discutir. Como concepto, discutir debería estar en el centro de nuestros intereses, quizás así empezaríamos a aprender a convivir con gente con la que estamos en desacuerdo. La vida no es ni está en la pantalla. La pantalla solo dialoga con uno mismo, es mi reflejo, es el lago en el que Narciso se miraba para terminar ahogado en su belleza. ¿Qué tal si un día experimentamos y dejamos de mostrar la felicidad o la opulencia en las redes sociales y exhibimos nuestra vulnerabilidad?

Deberíamos empezar a entender que quien no comparte mis ideales también es alguien con libertad para pensar y elegir. Deberíamos empezar a entender que el consumo no lo es todo, que hay diversas maneras de triunfar. Que es injusto e injustificable el modelo de vida que hemos construido y que nos aísla tantas veces del resto.

¿Qué tal si regresamos al concepto del ágora como lugar de encuentro, como espacio donde compartimos y respetamos las ideas diversas? La calle construye solidaridad, no se triunfa sin escuchar las necesidades ajenas. Quizás si aprendemos a compartir los mismos espacios respetando las ideas opuestas, logremos avanzar. Duele y nos causa dolor la ciudad y su indiferencia y, sumadas a esa, la nuestra, la del otro, la de todos.

Hay muchos que construyen muros en vez de construir acuerdos, deberíamos acercarnos más a los que nos ayudan a construir esperanza, a los que ofrecen diálogo y escucha y, desde la imaginación, provocan soluciones. 

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