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La igualdad y su relación con la violencia

Colombia, como parte de América Latina, registra altas desigualdades económicas y sociales, en lo que parece ser una constante cultural.

hace 5 horas
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  • La igualdad y su relación con la violencia

Por Carlos Enrique Cavelier - opinion@elcolombiano.com.co

Uno de los principios de la izquierda es alcanzar una sociedad de iguales. Esta creencia viene de observar las sociedades básicas de la prehistoria, donde los cazadores y recolectores eran nómadas y vivían en una sociedad muy poco estratificada, y de querer emularlas.

Medidas por el coeficiente Gini —donde 0 es completamente equitativa y 100 significa que toda la riqueza está concentrada en una sola persona—, las sociedades más igualitarias que ya alcanzaron la industrialización se encuentran en Europa Central y en los países nórdicos, con un promedio cercano a 25 (más de la mitad del de América Latina).

El economista catalán y profesor de Columbia, Xavier Sala-i-Martín, mostró cómo el Gini en China había llegado a 55, superando al de Colombia, y cómo, hace unos años, había trazado una curva en U para situarse en los 40 de hoy.

El mundo pasó miles de años tratando de salir de la pobreza —o entendiendo cómo hacerlo. Fue solo en el siglo XVIII, cuando Inglaterra desarrolló la producción de acero y la máquina de Watt, que se franqueó por primera vez la puerta de la Revolución Industrial. Le siguieron rápidamente buena parte de Europa y los Estados Unidos. Todo esto generó una enorme riqueza y, a la vez, una gran inequidad en sus inicios, pero abrió luego el enorme camino de la seguridad social para millones de trabajadores; y creando así una clase media que ha sido el sostén de la democracia en muchos países, incluyendo a Colombia.

Sin duda, Colombia, como parte de América Latina, registra altas desigualdades económicas y sociales, en lo que parece ser una constante cultural. Sin embargo, reducirlas no parece fácil; aunque países como Uruguay y República Dominicana han logrado ‘doblarle el espinazo’ a esas inequidades históricas, y lo han hecho con educación y reformas fiscales.

Las razones de esta inequidad son en buena medida endémicas de nuestra historia: son el producto de la informalidad empresarial, de la pobre calidad de la educación pública, así como de la concentración del ingreso y de la tierra. Pero hay un factor que ha contribuido profundamente a ella: la violencia.

Esa violencia, heredada de los años 50, se encarnó en las Farc y el ELN, y luego en los paramilitares y el narcotráfico. Buena parte de estos actores ha sido responsable de la concentración de tierras y de la imposibilidad de llegar al campo o de destinar recursos a mejorar la calidad de la educación. Resuena entonces la frase del Procurador Fernando Carrillo en 2018: “El humo de la guerra no dejaba [ver los problemas del país]”. Y desafortunadamente allí volvimos con las disidencias de las antiguas Farc, el ELN y el Clan del Golfo.

¿Puede una sociedad desarrollarse con ese nivel de violencia en el campo (que ya llega a las ciudades)? La evidencia no lo confirma. Por algo dijo León Valencia en su momento que la izquierda debía preocuparse mucho más por la seguridad. Por ello mismo, con la firma del Acuerdo de Paz en 2017, Colombia logró su mínimo histórico en el Gini: inferior a 51.

La gente, exasperada con la violencia persistente y con el fracaso de la Paz Total, ha migrado masiva y rápidamente hacia la opción que promete resolver este problema. Es un déjà vu del 2002, cuando la situación se asemejaba a la de hoy, con el país tomado por la guerrilla.

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