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Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

El ocaso de la coherencia

Para opinar sobre la cotidianidad política del país, hay que atreverse a decir lo que los demás no quieren oír y enunciar aquello que a nosotros mismos nos cuesta reconocer.

hace 1 hora
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  • El ocaso de la coherencia

Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

George Orwell puso punto final a una de sus obras más interesantes, Rebelión en la Granja, en el verano inglés de 1944. Esta novela retrata la revolución llevada a cabo por un grupo de animales contra Jones, granjero y dueño de la granja. Caballos, ovejas, perros y cerdos se ponen todos de acuerdo para derrocar su despótica hegemonía sobre ellos. Al frente de la revuelta se encuentran estos últimos, los cerdos, quienes lideran esta revolución animal. Todo es una alegoría: la granja es la URSS y los cerdos son las élites comunistas.

Recordemos que, para aquel entonces, año 1944, Inglaterra, en cabeza de Churchill, se encontraba librando en coalición con la URSS de Stalin una guerra contra la Alemania de Hitler. Inglaterra y la URSS, abismalmente diferentes en sus sistemas económicos y en su estructura política, trabajaron mancomunadamente para hacerle frente a un enemigo común: la Alemania Nazi. Esto explica por qué tardó menos la obra en ser escrita que publicada. Al ser aliados en la misma guerra, dice Orwell, se forjó una censura voluntaria y, debido a lo anterior, un silencio cómplice sobre lo que en uno de los países se vivía y lo que en el otro no se denunciaba. A los amigos, según esta lógica, no se les acusa. Y como no se les acusa, publicar un libro en el que la URSS es dibujada como una granja y sus élites se describen metafóricamente como cerdos era, ciertamente, inconcebible. Incómoda y polémica, la denuncia debía hacerse y las críticas al régimen debían publicarse. Aquí la razón que esgrime el mismo Orwell: “Si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

La autocensura es un sacrificio fatal. Tolerar los atropellos o equivocaciones de un partido o de un gobernante, con quienes simpatizamos, denota una lealtad irreflexiva. Parte del debate político en Colombia sobre quiénes nos gobiernan y quiénes hacen oposición a quienes nos gobiernan, se tambalea ridículamente por este tipo de lealtades, dogmáticas y acríticas. El debate público muchas veces está atravesado por una ciega tolerancia o una oportunista vehemencia: la tolerancia con la que asumimos los desaciertos de unos gobernantes son proporcionales a la vehemencia con la que condenamos esos mismos desaciertos cuando son realizados por políticos con quienes no compaginamos.

Tengo la impresión de que el control político en nuestro país vive según esta lógica insensata: la filiación a una propuesta, en cabeza de un político, conlleva erróneamente una tolerancia terca para sus desaciertos. Dice Octavio Paz: “la modernidad no se mide por los progresos de la industria, sino por la capacidad de crítica y autocrítica”. Para opinar sobre la cotidianidad política del país, hay que atreverse a decir lo que los demás no quieren oír y enunciar aquello que a nosotros mismos nos cuesta reconocer. Es crucial ir más allá de la afirmación de Orwell: es probable que la libertad no solo signifique declarar lo que los otros no quieren escuchar, sino enunciar lo que para nosotros mismos es difícil decir.

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