Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Empresa fuerte sin controles claros genera privilegios, el Estado grande e ineficiente genera desperdicio y una ciudadanía indiferente, genera deterioro.
Por Juan Manuel del Corral - opinion@elcolombiano.com.co
Estamos en época de elecciones y es claro que no solo se eligen gobernantes. Es el momento en que se revela el espíritu de una sociedad. Muchos quieren ser elegidos. Eso es natural en la democracia, pero como ocurre en cualquier competencia seria, dirigir un país no basta con querer, se requiere excelencia y ésta no se mide por la cantidad de promesas, sino por la calidad humana y la capacidad real de gobernar.
Por eso, más allá de simpatías personales o afinidades ideológicas, al momento de votar deberíamos hacernos al menos, tres preguntas simples y concretas.
La primera, es íntegra la persona? La integridad no es un adorno, es la base del ejercicio del poder. Sin integridad, cualquier plan termina torcido, sin coherencia ética, la confianza se esfuma y sin confianza, la democracia se debilita.
La segunda, conoce cómo funciona el Estado? Gobernar no es improvisar, requiere entender cómo se planean y ejecutan los recursos públicos, cómo se coordinan las instituciones y cómo se priorizan las necesidades. Los recursos públicos son sagrados, no pertenecen a un grupo ni a un gobierno de turno, éstos deben destinarse con rigor técnico y sentido de equidad a las regiones y comunidades donde las brechas sociales son mayores.
La tercera, tiene verdadera vocación de servicio? El funcionario público está para servir al país, no para servirse a sí mismo ni a su movimiento. La política no es un botín, es una responsabilidad. Cuando se olvida esa diferencia, comienza la corrupción y ésta no comienza con grandes escándalos, empieza cuando bajamos el estándar al elegir.
Colombia necesita con urgencia crecer de forma sostenible, para garantizar una efectiva política social, que nos ayude a cerrar las grandes brechas sociales y este crecimiento no ocurre por decreto. Requiere iniciativa privada dinámica, inversión productiva, empleo formal y competitividad. Es el sector privado el que genera la mayoría de los empleos, produce bienes y servicios, paga impuestos y dinamiza la economía. Sin esa base productiva, el Estado no tiene recursos que administrar.
Pero la generación de riqueza no es suficiente por sí sola. Se necesita un Estado eficiente, del tamaño adecuado y conformado por personas capaces, que administre los recursos con prioridad, responsabilidad y transparencia. El Estado está llamado a transformar esos recursos en bienestar colectivo, especialmente para las comunidades que más lo necesitan.
Empresa fuerte sin controles claros genera privilegios, el Estado grande e ineficiente genera desperdicio y una ciudadanía indiferente, genera deterioro. El país que soñamos necesita equilibrio, iniciativa privada responsable, instituciones sólidas y servidores públicos íntegros.
Las elecciones no garantizan perfección, pero sí envían señales sobre el tipo de liderazgo que estamos dispuestos a respaldar y sobre el nivel que queremos sostener. Votar no es un trámite, es una decisión que conlleva consecuencias institucionales.
Atacar la corrupción a fondo no es solo fortalecer controles, es ayudar a elegir excelentes funcionarios porque la democracia no se hereda, se cuida exigiendo integridad, competencia, responsabilidad económica y verdadera vocación de servicio en quienes aspiren a dirigir el país.