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Venezuela y el “estado de excepción” permanente

10 de enero de 2026
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  • Venezuela y el “estado de excepción” permanente
  • Venezuela y el “estado de excepción” permanente

Por Aldo Civico - @acivico

El único límite a su poder real son su moral y su propio juicio, afirmó Donald Trump en una entrevista con el New York Times publicada ayer. Minimizó el derecho internacional como un límite vinculante, sosteniendo que no lo necesita y que su aplicación depende de su interpretación personal. Subrayó que su perspectiva del mundo prioriza la fuerza nacional por encima de las normas establecidas. Además, legitimó abiertamente una diplomacia basada en la coerción, recurriendo a la imprevisibilidad y a la amenaza de un uso rápido de la fuerza militar para presionar a otros países. Vladímir Putin podría haber expresado algo similar. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué tipo de soberanía está surgiendo en el mundo actual?

La narrativa de Trump evoca la noción de soberanía propuesta por Carl Schmitt. Para el filósofo alemán, la soberanía no se define por constituciones, normas ni legalidad. Al contrario, “soberano es quien decide sobre el estado de excepción”; es decir, quien determina cuándo la norma deja de ser aplicable. En otras palabras, la soberanía emerge en momentos de crisis, cuando alguien decide que la supervivencia, el orden y la seguridad están en juego. Cuando Trump dice que en Venezuela “mandaremos sobre el petróleo” (“we will run oil”), no está haciendo una afirmación meramente económica, sino una de soberanía. Desde su perspectiva, declara que Venezuela aparece como un país inoperante y que las reglas de gobernanza y del consentimiento —es decir, la democracia y los derechos civiles— están suspendidas.

En realidad, Trump no instaura un estado de excepción en Venezuela: se superpone a una excepción ya existente, la que Chávez había normalizado durante su régimen. El decisionismo predomina, así, sobre la legitimidad moral y el consentimiento. Las declaraciones de Donald Trump sobre María Corina Machado, el día en que capturaron a Nicolás Maduro, también se interpretan de esta manera. Además, cuando el presidente de Estados Unidos afirma que este estado persistirá hasta que “enderecemos el país”, no establece un horizonte temporal verificable y es él —el nuevo soberano— quien decide cuándo, y si acaso, se restablece la normalidad. ¿Qué sucede, entonces, cuando el estado de excepción deja de ser un paréntesis y se convierte en una condición permanente? Venezuela ya tiene amplia experiencia en ello.

De hecho, una víctima sacrificial de esta práctica de soberanía es la libertad (y, de paso, la democracia y los derechos civiles). Si en el mundo moderno clásico la libertad se entendía como la capacidad de actuar en conjunto con otros —para Hannah Arendt, la libertad existía entre las personas porque era un vínculo—, en este contexto se reduce a arbitrio. Se convierte en la licencia para decidir sin rendir cuentas, evadiendo toda obligación. Es una libertad que desvincula, aísla y abandona. En el mundo que está surgiendo, la ley se vuelve negociable, el poder se personaliza y la violencia también. Son prácticas que el régimen madurista comprende muy bien y ha estado ejerciendo con soltura. De hecho, quien actualmente también se beneficia de este estado de excepción es el círculo de Maduro, encabezado por Delcy Rodríguez, que permanece en el poder.

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