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Que el dolor no se vuelva destino

hace 8 horas
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  • Que el dolor no se vuelva destino

Por Aldo Civico - @acivico

Hace unos días recibí un mensaje de una amiga en Medellín, una de las víctimas del atentado en el Parque Lleras en 2001. Su texto fue breve, pero cargado de una emoción que me resulta familiar: “Aldo, tengo miedo. No quiero que regrese esa Medellín de los noventa.” Ese aviso no contenía solo un temor personal, sino el eco de una memoria colectiva que, pese al discurso del progreso, sigue latente. Y aunque el reciente asesinato de Miguel Uribe Turbay ocurrió en Bogotá, su sacudida se sintió con fuerza en Medellín. Cada acto de violencia política revive una pregunta inquietante: ¿hasta dónde puede retroceder un país que aún no ha cicatrizado por completo?

La transformación de Medellín ha sido admirable. En pocas décadas pasó de convertirse en sinónimo de narcoterrorismo a erigirse en modelo mundial de innovación urbana, cultura ciudadana, movilidad social y resiliencia. El reconocimiento internacional está más que justificado: hoy la ciudad es más abierta, innovadora y creativa. Sin embargo, esa profunda metamorfosis convive con heridas que todavía supuran. Detrás de sus avances perduran realidades dolorosas. En numerosos sectores, grupos criminales siguen regulando la vida cotidiana: dictan sus propias normas, cobran extorsiones, administran “justicia” al margen de la ley y reclutan jóvenes. A ese panorama se suma un incremento de homicidios selectivos, amenazas, desapariciones forzadas y el control armado de los barrios. Mientras tanto, la capacidad del Estado de controlar el territorio sigue limitada.

No se trata únicamente de un problema de seguridad. Medellín encara además una crisis emocional profunda. La salud mental está en emergencia, sobre todo entre los más jóvenes. Ansiedad, depresión, aislamiento y desesperanza se han vuelto parte del paisaje invisible de la ciudad. Cuando un trauma colectivo no se procesa, cuando faltan espacios para sentir, llorar o contar lo vivido, el cuerpo y la urbe se endurecen. Se sobrevive, sí, pero se pierde la capacidad de soñar un futuro distinto. La violencia no solo arrebata cuerpos. También hiere símbolos, desalienta el proyecto democrático y plantea que nada puede cambiar, que la vida vale muy poco. Y cuando esa narrativa se arraiga, se debilita el tejido social que sostiene todo lo demás.

Por eso la respuesta no puede limitarse a un despliegue policial ni a la indignación pasajera. Medellín necesita una política pública valiente, que combine seguridad con salud mental, cultura con justicia, juventud con participación. Es imprescindible proteger a los líderes sociales, a los artistas, a los educadores y a quienes siembran esperanza en los territorios más golpeados. El mensaje de mi amiga no fue solo un recuerdo doloroso del pasado. Fue una advertencia y, a la vez, una oportunidad. Medellín no está condenada a repetir su historia, pero para evitarlo se requiere más que buena voluntad: hace falta presencia constante, escucha activa, contención real y un compromiso auténtico con la dignidad de la vida. No basta con celebrar los logros obtenidos. Es necesario defenderlos. Y eso implica no permitir que el miedo vuelva a dictar el rumbo de la ciudad.

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