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Durante mucho tiempo, gocé de estas libertades sin darme cuenta de que, en realidad, eran privilegios. Las daba por sentadas.
Por Aldo Civico - @acivico
Salí muy reflexivo de una noche extraordinaria dedicada a la libertad, organizada por LiberTank, del cual tengo el honor de ser miembro de la junta de asesores. La velada fue una clase magistral impartida por Deirdre Nansen McCloskey, una ilustre economista de la escuela de Chicago. La invitada de excepción nos propuso un silogismo eficaz: no hay progreso sin innovación, no hay innovación sin libertad. Por ende, la libertad es una condicio sine qua non para el progreso, que es consecuencia del libre desarrollo de las mentes. “Son las ideas libres, y no el capital, la causa del progreso”, dijo McCloskey, resumiendo la historia económica del liberalismo. Por ello, más que una igualdad de oportunidades —aspiración ideal pero no realista—, la economista apuesta por una igualdad de permisos. Es decir, cada uno de nosotros debe tener la libertad de actuar y decidir por sí mismo, sin las barreras impuestas por el estado o la sociedad, siempre y cuando no interfieran con los derechos de los demás. Este principio de igualdad es crucial para fomentar la dignidad humana y la innovación.
Al escuchar a McCloskey, no pude evitar reflexionar sobre los privilegios que he tenido en mi vida como hombre, blanco y europeo. He tenido que pedir menos permisos para desarrollar mi proyecto de vida que otras personas. He disfrutado de una gran libertad de movimiento que me ha permitido viajar y vivir en distintos países. Por ejemplo, me mudé a Estados Unidos sin muchas complicaciones y accedí a oportunidades de estudio de alta calidad, a pesar de haber nacido en una familia de clase media. Durante mucho tiempo, gocé de estas libertades sin darme cuenta de que, en realidad, eran privilegios. Las daba por sentadas. Fue cuando conocí las historias de inmigrantes de África a Europa, o vi la condición laboral de muchos trabajadores latinos y la discriminación que padecen los afroamericanos en Estados Unidos, o de amigos homosexuales en Italia que no pueden legalizar su unión, que me di cuenta de que no vivimos en condiciones de igualdad de permisos. Me volví consciente de cómo las restricciones impuestas sofocan el potencial humano.
Apalancando las libertades que ya tenemos, debemos ampliar esta igualdad de permisos, ya que la libertad es imprescindible para el desarrollo humano y espiritual de cada uno de nosotros. Por eso necesitamos una economía y una política que empoderen a los individuos, aumentando sus libertades, y no estados que interfieran con los sueños legítimos de su gente. En la búsqueda de una sociedad más justa, debemos abogar por la eliminación de las barreras que impiden a las personas perseguir sus aspiraciones. Sin embargo, aún son escasos, también en Colombia, las fuerzas políticas que promueven esta libertad que crea progreso. Necesitamos voces que defiendan la igualdad de permisos, líderes que comprendan que la verdadera política debe ser una herramienta de liberación, no de opresión, y que su misión es empoderar a cada individuo, permitiéndole soñar y realizar sus aspiraciones sin interferencias dañinas. La política tiene que ser liberadora y no castrante. P.S. Hablando de libertad, ojalá triunfe esta aspiración mañana en Venezuela.