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Columnistas | PUBLICADO EL 18 julio 2021

1Q. Pensamiento I

Por JUAN MANUEL ALZATE VÉLEZalzate.jm@gmail.com

Fronteras invisibles. Algunos las viven en sus barrios y las delimitan grafitis en los postes de la red de distribución eléctrica que define ese umbral. Uno a partir del cual cambian las reglas y la definición de quiénes “gobiernan”. Otros, atemorizados, escuchan hablar de ellas en la distancia. Como con un mito urbano se dejan impresionar por los efectos cívicos que pueden tener esos escalones abruptos en las reglas sociales.

Hay más de las que cualquiera puede imaginarse. Una obvia más no evidente es la que define la legalidad de la ilegalidad, o como más comúnmente se le conoce, la frontera entre la formalidad y la informalidad. Un grafiti que no es visible.

Colombia tiene grandes empresas que han sido motivo de orgullo nacional; sin embargo, el motor económico más voluminoso subyace en una industria pequeña y mediana. Conocidas como Pymes. Empresas de origen familiar que con algo entre 2 y 50 o 100 empleados mueven la economía nacional. Crean empleo, y así una peluquería no tenga oficina de recursos humanos, la peluquera también es una empresaria. Por lo menos así lo aclara Mercedes Campuzano, zapatera hace ya algunos años como se autodefine.

Esa frontera invisible ha logrado su propósito. Crear una barrera de comunicación, una segmentación. Una suerte de discriminación entre ambas partes. En algunos casos porque unas “pagan impuestos” y otras, porque “pueden vender sin factura”. Aparece el ejemplo del precio diferenciado de los “tenis vestidores” que se venden con o sin factura.

Sin embargo, una de las tantas cosas que ha dejado claro este constreñimiento al abastecimiento de bienes y servicios asociado a la pandemia es que los grandes empresarios, necesitan de las Pymes para su operación. Y que las Pymes necesitan quien use y consuma sus bienes y servicios a su vez para crear su demanda. En últimas, una relación simbiótica hermosa en la que se genera un entramado empresarial que sobrevive en la medida en que unos y otros se relacionen en una “econósfera”, como menciona Alejandro Salazar en su nuevo libro: La estrategia emergente. Recomendado. Pensamiento aislado: la estrategia es una a una edad y otra más adelante en el tiempo.

De esta frontera claramente invisible quedan varias reflexiones:

(i) ¿Qué dio origen a esa división?, o lo que es lo mismo, por qué unos se pararon a un lado de la economía y otros al otro. Pensando en motivadores aparecen muchos, y entre ellos las fricciones legales y administrativas asociadas a la formalidad o si se quiere, a la legalidad. Un proceso que requiere además de formación académica, tiempo en trámites que lucen absurdos y dinero en asesorías que probablemente, para un negocio pequeño, no se justifican. Una realidad espinosa desde la perspectiva pública que debería atreverse a acabar con esas restricciones y por ende, abaratar el mercado laboral. Se vienen a la cabeza las dificultades asociadas a contratar por horas, entre otras tantas. Será un sueño que ofrecer empleo a muchas más personas fuera más simple y más rápido.

(ii) ¿Qué está impidiendo que esa división de diluya? Es decir, por qué es difícil pensar hoy que esos dos mundos que de alguna manera conviven en la “econósfera” de Alejandro Salazar por tanto tiempo en Colombia, sigan siendo fluidos no miscibles (i.e., agua y aceite). Cuando de alguna manera podría pensarse en llevar a unos a un lado u otros al otro. Cosa un poco absurda si se usa el lenguaje correcto. Pensar en llevar la legalidad a la ilegalidad suena tonto. Pero qué tal encontrar un punto medio. Uno en el que las dos cosas se acepten, convivan y encuentren las ventajas de vivir en la misma unidad empresarial.

Hay más reflexiones del tipo pero estas bastan para empezar a pensar cómo resolverla

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