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¡Historia de un rescate! El puma concolor que fue adoptado por una colección viva

Es uno de los seis felinos que habitan Antioquia al lado del jaguar, el yaguarundí, el ocelote, el margay y la oncilla.

  • Este fue el puma concolor rescatado en Ciudad Bolívar mientras vivía en un hogar de paso en San Jerónimo. Foto: Corantioquia
    Este fue el puma concolor rescatado en Ciudad Bolívar mientras vivía en un hogar de paso en San Jerónimo. Foto: Corantioquia
12 de febrero de 2023
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En octubre de 2022 un puma concolor de tres meses se inmiscuyó entre los predios de una de las tantas fincas de Ciudad Bolívar, municipio del suroeste antioqueño. Después de entrar, el animal se acercó hasta el sitio en el que se hallaban las gallinas de los propietarios y se comió una. La acción fue rápida y, contra todo pronóstico, no concluyó en lo que, usualmente, este tipo de hechos suelen concluir: la muerte del felino.

Resulta que, ante el temor y el desconocimiento, la comunidad prefirió darles aviso de su presencia a las autoridades ambientales, es decir, a la Unidad Agroambiental local y a Corantioquia, quienes se trasladaron hasta el lugar en el que había sido reportado, y una vez allí pudieron constatar, a través de una evaluación clínica, que se trataba de un puma de unos tres meses de edad que conservaba su comportamiento natural, una buena condición corporal y deshidratación leve, según Sarita Suárez Aristizábal, médica veterinaria del convenio de fauna silvestre entre el Área Metropolitana del Valle de Aburra, Corantioquia y la Universidad CES. Datos que los llevaron a pensar que el cachorro estaba sin su progenitora desde hacía muy poco.

“Al principio se pensó en devolver la cría a su madre, el cual es el manejo ideal en este tipo de situaciones, sin embargo, evaluamos diversos factores para tomar la decisión que más le conviniera al individuo recuperado, al ecosistema y a la comunidad. En este caso se puso en consideración la condición de la cría de puma (infantil dependiente de la madre), la configuración del paisaje (altamente intervenida con producciones agropecuarias) y la percepción de la comunidad (temor a que el cachorro atacara a los animales de producción o a que los perros atacaran al cachorro antes de que la madre lo encontrara)”, explica Suárez.

Una vez evaluadas todas esas variables, resolvieron que lo mejor para ese ejemplar era brindarle atención en un espacio donde no corriera peligros, por lo que lo llevaron a un hogar de paso de Corantioquia, ubicado en San Jerónimo, en donde se ambientó su hábitat natural y en el que tuvo a su disposición a todo un equipo de médicos veterinarios, zootecnista, biólogos y operarios que procuraran su bienestar.

Sin embargo y pese a todos los esfuerzos, no fue posible enseñarle todas las estrategias y los comportamientos que aprendería naturalmente de su madre, pues para esta especie es común que ambos recorran juntos hasta 200 kilómetros cuadrados de lo que consideran su ámbito hogareño, cuando las crías cumplen 15 meses de vida y hasta los 26, por lo cual, se sabe de antemano que “cuando este individuo que rescatamos sea adulto no tendrá todas las habilidades para ser exitoso por sí mismo en el medio silvestre”, cuenta la médica veterinaria.

Pero, a veces, es necesario detenerse en algunos hechos puntuales para comprender bien los contextos, o sea, es necesario aclarar que el papel y el lugar de la hembra en la primera etapa de vida de estos carnívoros que también son conocidos como leones de montañas o leones americanos, no es diferente a la de cualquier otro mamífero y en el más sentido estricto de la palabra: ellos también dependen de la leche de su madre para nutrirse y para sobrevivir y dependen del refugio que ella les brinde porque en su condición de depredadores requieren tiempo para fortalecer y madurar sus habilidades.

Así que, una vez este felino (que es adaptable y generalista, razones por las que vive en los principales biomas de toda América, desde Canadá hasta la Patagonia) supera esa etapa crítica de maduración, debe dar un siguiente paso del que depende en un 100% su existencia, o por lo menos así lo interpreta Ana Cristina Fernández Salazar, coordinadora del mismo convenio del Área Metropolitana del Valle de Aburra, Corantioquia y la Universidad CES.

El puma, llegado el momento, “necesita aprender” a identificar a su presa y cuál es la estrategia más adecuada para acceder a ella. De todas las que pueda encontrar en el bosque que habita, debe elegir la que menos cantidad de energía le exija. Es fundamental que sepa cómo seleccionarla, acecharla y cómo camuflarse para que la presa no lo vea, lo huela o lo sienta. También debe aprender a defender su territorio de un potencial depredador mientras es joven.

En ese proceso largo solo la madre del puma puede intervenir, y conlleva graves consecuencias no hacerlo. Sin esas practicas, el animal podría dejar de perfeccionar sus habilidades, disminuyendo la probabilidad de que sobreviva hasta una edad adulta en su entorno natural. “Claro, él instintivamente sabrá algunas cosas, pero no es suficiente”, dice la experta.

Por eso se descartó la opción de liberarlo y se tomó la decisión final de trasladarlo al Bioparque Wakatá de la Fundación Parque Jaime Duque, en Cundinamarca, donde se le garantizan las condiciones de alojamiento, alimentación, cuidado médico y bienestar general, pues la resolución 2064 de 2010 dispone que las colecciones vivas son una alternativa para esos animales que, aunque no presentan problemas médicos, tampoco pueden ser retornados a su hábitat natural.

Pues estas instituciones que tienen colecciones vivas, como el Bioparque Wakatá, son importantes porque además de garantizarle al individuo las mejores condiciones de vida posibles, se dedican a la educación, a llegarle a esos públicos que tienen pocas posibilidades de conocer a un puma, porque su objetivo principal es ese, contarle a las comunidades cuál es la importancia del puma dentro del ecosistema, cuáles son las implicaciones de que desaparezcan de él porque “la biodiversidad no la conserva solo una institución, o solo el gobierno, o solo el señor que vive allá en la vereda donde también vive el puma, sino que todos hacemos parte de esa labor de cuidar la biodiversidad, y al final, uno no cuida lo que no conoce o lo que ni siquiera sabe que existe”, comenta Fernández.

Además, vale la pena recalcar que los animales que habitan este tipo de lugares no son extraídos del ecosistema con el fin explícito de ir a ser parte de una colección biológica, sino que fueron extraídos por otras razones (un rescate, por ejemplo) y no se pudieron devolver a su entorno. “Lo más posible —enfatiza Suárez— es que el puma que se rescató no vuelva a la vida silvestre, pero teniendo en cuenta que no se pudo reunir con su madre, tendrá la mejor calidad de vida posible, siempre siendo atendido y cuidado por profesionales”.

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