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MÁS QUE VÍCTIMAS

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27 de julio de 2014
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Las víctimas de violaciones graves se están usando como instrumento de confrontación. Como si se tratara de un juego de suma cero, los equipos de negociación (de parte y parte) utilizan a las víctimas como estrategia. Desafortunadamente, esta lógica se extiende a la sociedad colombiana.

El esquema de participación de las víctimas adoptado en la negociación de paz –incluyendo las jornadas regionales de consulta y los viajes de 60 personas a la mesa de negociación– no contribuye a desenmarañar el peso que tendrán los derechos de las víctimas en el acuerdo de paz.

Las voces de las víctimas deben contar; pero no son únicas ni armónicas. Las víctimas son seres humanos disímiles y el proceso de victimización no las torna en una masa homogénea. Al invocar a las víctimas o al supuestamente tomar decisiones en su nombre, se erige una víctima abstracta, una víctima ideal, pensada, que se replica sin reflexión. Esta víctima-ícono florece en la retórica política y jurídica colombiana.

Humberto De la Calle, el jefe negociador del Gobierno, dijo recientemente: "Todo lo que acordamos se hará sobre la base de lo que digan las víctimas. Ellas son la razón de este diálogo".

Linda declaración, pero no es cierta. Hace mucho daño la retórica rimbombante que busca un baño de legitimidad al proceso de paz en nombre de las víctimas. Las personas que han sido victimizadas merecen especial consideración en el proceso de transformación que se busca para Colombia, pero no es el único grupo humano que importa ni se trata de un grupo homogéneo que quiere lo mismo. Es positivo que se esté hablando de los derechos de las víctimas en el marco del proceso de negociación, pero no lo es que se esté inflando su trascendencia al decir que es lo único que importa.

La perpetua invocación a la víctima-ícono produce un efecto de homogeneización de las personas, las estandariza, normaliza su experiencia y neutraliza su poder político. Las personas victimizadas en Colombia pierden identidad; se convierten en un colectivo amorfo, gris, con solo un rasgo: víctimas. Su existencia como seres humanos complejos es reducida a una faceta: su victimización. Su vida emocional y racional se reduce al estado invocado: víctima. Así se anulan los procesos de identidades individuales y colectivas que se derivan de muchos aspectos, tales como la política, la religión, la etnia, la raza, la música, el trabajo, el género, la lúdica o la sexualidad. Sin embargo, en el imaginario construido son reducidas a solo un rasgo de su existencia: víctimas.

El reconocimiento de las personas victimizadas debería partir por aceptar que, además de haber sido ultrajadas, sus vidas están configuradas por otras dimensiones que abarcan expresiones políticas y sociales. Su reconocimiento también debe sobrepasar las nociones de debilidad y fragilidad que tiñen a la víctima-ícono.

Las personas que han participado en las jornadas regionales y aquellas que irán a La Habana, haciendo sentir sus voces, merecen mucho respeto, pero ninguna puede representar a las víctimas, en abstracto. Esperemos que en la cacofonía de historias, discursos, plegarias y lamentos quede claro que la víctima-ícono no existe; que detrás del rótulo víctima hay personas valientes, quienes todavía creen en lo público y quieren hacer parte de procesos sociales y políticos; que las personas victimizadas tienen visión política; que son conformistas y disidentes; que son creyentes y ateas; que son personas complejas, no solo víctimas…

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