Llevo más de 15 años estudiando a las personas y la tecnología móvil. Hasta hace poco, lo que parecía ser más importante era el hecho de compartir. Las personas ni siquiera se sentían como sí mismas si no compartían un pensamiento o sentimiento, aún antes de que este estuviera claro en sus mentes. Esa nueva sensibilidad era Cartesiana con un ajuste: “Comparto, luego existo”.
Por estos días, aún queremos compartir, pero ahora nuestro objetivo principal es tener, poseer, una fotografía de nuestra experiencia.
Yo entrevisto a las personas acerca de sus “selfies”. Es como le hacen seguimiento a sus vidas. Un ‘selfie’, como cualquier fotografía, interrumpe la experiencia para marcar el momento. Al hacer esto tiene algo en común con todas las otras formas que tenemos de dividir el día, cuando enviamos mensajes de texto durante clase, en reuniones, en el teatro, en comidas con amigos. Y sí, en funerales, pero con más regularidad en misa y las sinagogas. Enviamos textos cuando estamos acostados con nuestras parejas y esposos. Observamos a nuestros líderes políticos enviar mensajes de texto durante sus sesiones.
La tecnología no hace las cosas por nosotros. Nos hace cosas a nosotros, cambiando no sólo lo que hacemos sino quiénes somos. El selfie nos acostumbra a “pausarnos” a nosotros mismos y a quienes nos rodean para documentar nuestras vidas. Es una extensión de cómo hemos aprendido a “pausar” nuestras conversaciones cuando enviamos o recibimos un texto, una imagen, un correo electrónico o una llamada. Cuando uno se acostumbra a una vida de pausas y reinicios, se acostumbra menos a reflexionar acerca de dónde está y lo que está pensando.
Ya no vivimos las interrupciones como perturbaciones. Pero hacen que sea difícil acomodarnos a conversaciones con nosotros mismos y con otras personas porque emocionalmente nos mantenemos disponibles para separarnos de todo. Hablo con jóvenes acerca de la etiqueta cuando salen a cenar y ellos me explican que cuando están en un grupo de, digamos, siete personas, se aseguran de que por lo menos tres tengan la cabeza levantada durante la conversación “hablada” en todo momento. Sólo ahí sienten que tienen permiso de enviar textos. Pero no tienen que ser las mismas tres personas. En estos escenarios la frase que se oye con más frecuencia es “Espera, ¿qué?” cuando alguien vuelve a la conversación y trata de actualizarse. Todo esto se ha convertido en la nueva norma.
Tenemos toda razón para creer que el Presidente Barack Obama veneraba a Nelson Mandela y creía profundamente en la relación que tenía con lo que Mandela representaba. Pero cuando se tomó un ‘selfie’ en el homenaje a Mandela el pasado martes nos mostró cómo él también vive en una cultura de documentación. Es fácil entender cómo él, así como la mayoría de nosotros, no se permitió un tiempo ilimitado de veneración.
Por estos días, cuando las personas están solas o sienten aburrición, tienden a coger un aparato. En un teatro de cine, en un pare, en la fila para pagar en el supermercado y sí, en un entierro u homenaje, coger el aparato se convierte en algo tan natural que empezamos a olvidar que hay razón, buena razón, para quedarnos quietos con nuestros pensamientos: le hace homenaje a lo que estamos pensando. Nos hace homenaje a nosotros mismos.
Aún hay tiempo para recuperar la compostura. Tengo la máxima esperanza en los jóvenes quienes han crecido con esta tecnología y empiezan a ver lo que les cuesta. Responden bien cuando adultos les ofrecen espacios sagrados (la cocina, la sala, el carro) como zonas libres de aparatos para recuperar la conversación y la autorreflexión.
El selfie, como toda la tecnología, nos lleva a reflexionar acerca de nuestros valores humanos. Esto es algo bueno porque nos reta a pensar en lo que realmente son.