Los turbulentos momentos que vieron nacer la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948, posterior a la Asamblea Panamericana realizada en Bogotá, son hoy más reales, y más fuerte la ofensiva diplomática, ya no para defenderla, sino para acabarla.
No olvidemos que el nacimiento de la OEA tuvo como telón de fondo el asesinato del líder Jorge Eliécer Gaitán, en momentos en que estaba en la capital del país el futuro dictador cubano Fidel Castro. De eso, han pasado 64 años.
Ahora, en Cochabamba (Bolivia) se celebra una reunión más de dicha organización y los hechos parecen congelados en el tiempo.
La dictadura de los Castro se mantiene en pie y, lo peor, siendo ejemplo, mal ejemplo, para otros países de la región.
No es casualidad que esta cita hemisférica esté soportada en las pretensiones de Bolivia, Ecuador y Venezuela de destrozar el corazón, el poco que le queda, a la OEA: su Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la Relatoría para la Libertad de Prensa.
No hemos sido defensores a ultranza de la Organización de Estados Americanos, pues no son pocas las equivocaciones que ha cometido en relación con la protección de los derechos democráticos en la región, las mismas que socavaron en buena parte su credibilidad y su eficacia.
La Carta Interamericana, pieza fundamental de la OEA, ha sido vulnerada y desconocida no pocas veces, especialmente por quienes ahora piden acabar con el resto de mecanismos de protección tan importantes como los derechos humanos y la libertad de expresión.
Las más recientes posiciones de Venezuela, que aprobó salirse de la CIDH; de Ecuador, que pide limitar al extremo los alcances de la Relatoría Especial para la Libertad de Prensa; y el apoyo que recibió a esta causa de Brasil y Bolivia, no son otra cosa que la ofensiva para acabar la organización.
Y acabarla supone dos hechos palmarios: sacar del juego a Estados Unidos y posicionar a Unasur y la Celac como nuevos escenarios de discusión y de "consenso". El encomillado significa "de bolsillo".
Los resultados que se obtengan en Cochabamba, donde hoy se clausura la 42a Asamblea con la Seguridad Alimentaria como tema central, no serán distintos a los anteriores. La razón es simple: cada país llega con su propia agenda y con las cartas marcadas para defender sus propios intereses.
El consenso ha sido, y seguirá siendo, un "convidado de piedra" mientras las grandes decisiones se sigan tomando a la luz de los populismos, la confrontación ideológica, y la descalificación hacia quienes se oponen a que América Latina y el Caribe se conviertan en un paraíso del socialismo del siglo XXI.
La no presencia de la secretaria de Estado, Hillary Clinton , ha servido para meterles baza a las críticas contra Estados Unidos, que se ha mostrado dispuesto a introducir ajustes al Sistema Interamericano, pero de ninguna manera acabar con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ni la Relatoría Especial para la Libertad de Prensa.
La posición de Colombia en ambos temas no está suficientemente clara y, por el contrario, es ambigua, como tantas veces lo ha sido en los últimos dos años.
La canciller María Ángela Holguín aseguró hace poco que apoya la redistribución de los recursos dentro de la OEA, pero no rechazó los recortes que se les quieren hacer a la CIDH y a la Relatoría.
Sería bueno conocer cuál es la verdadera posición de nuestro país en temas tan importantes, sobre todo en momentos tan cruciales para la libertad de prensa y los valores democráticos. ¿Será mucho pedir?.
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