Nadie sabe para quién trabaja y, más aún, nadie sabe para quién crea. La historia de Pinocho –que por estos días de diciembre es una de las más vistas en la plataforma de Netflix– fue pensada por su autor como una lección contra la desobediencia.
En efecto, Carlo Collodi publicó entre 1882 y 1883 las aventuras de la marioneta que se ríe de su creador –Gepetto– y sufre muchos contratiempos por sus inclinaciones a la mentira y la trampa.
Los textos –que fueron ilustrados por Enrico Mazzanti– aparecieron en un periódico y tuvieron los títulos de Historia de un títere y Las aventuras de Pinocho.
En el fondo, la historia de Pinocho es la de la redención. La moraleja del relato parece simple: la humanidad plena se alcanza luego de reconciliarse con el creador. Esa simbología la supo aprovechar muy bien Guillermo del Toro con las similitudes entre Pinocho y Cristo de la iglesia del pueblo: ambos son tallados por las mismas manos con los mismos instrumentos.
Dicho sentido no estuvo siempre en la mente de Collodi: en un primer momento pensó castigar al personaje por sus múltiples deslices, pero fue el fervor del público el que le obligó a darle un viraje a la historia.
La primera adaptación al cine de Pinocho de las que se tiene registro es de 1911 y la hizo el italiano Giulio Antamoro. La segunda le confirió al personaje un barniz de heroísmo al convertirlo en el libertador de una tropa de marionetas sometidas por un malvado titiritero.
Dicho relato se acoplaba a las exigencias soviéticas del arte: lo filmó en 1939 el director Aleksandr Ptushko, conocido en Rusia como el Disney soviético. Un año después, la productora Disney tomó al personaje italiano y lo acercó al público infantil. Y por ese trabajo obtuvo dos Óscar: uno a la mejor canción y el otro a la banda sonora original.
Desde entonces, ha habido adaptaciones para todos los gustos y en todos los géneros. Las hay bizarras: en 1971, Corey Allen —el director del filme Rebelde sin causa, que elevó a James Dean a la categoría de mito del cine— estrenó Las aventuras eróticas de Pinocho.
También las hay fantasiosas: el japonés Shozin Fukui convirtió a Pinocho en un androide que vaga sin memoria por un mundo de ciencia ficción. Semejante transformación la efectuó en la película 964 Pinocchio. Pinocho ha dado tela y madera para todo.
Casi todas las adaptaciones cinematográficas de la historia de Collodi han sido un fracaso en taquilla y tampoco han conquistado el aplauso de la crítica. El fracaso más sonoro fue el Roberto Benigni. Cinco años después de deslumbrar al mundo con La vida es bella (1997), el italiano dirigió y protagonizó una versión del clásico literario que produjo más bostezos que sonrisas. Desde entonces, la filmografía de Beningni no ha vuelto a conectar con las audiencias.
El tropiezo no derrotó a Benigni: en 2019 volvió al ruedo, esta vez dándole vida al personaje de Geppeto. Lo hizo bajo la dirección de Matteo Garrone.
A fin de cuentas, el siglo XIX fue una máquina de creación de mitos. De ese siglo proceden Drácula, Frankenstein y, por supuesto, Pinocho. Estos personajes retoman elementos de los héroes de ficción de la antigüedad. Tal vez por esa mezcla de pasado y futuro, estas historias seducen con fuerza a las audiencias del presente.