Mauricio López Rueda
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Este martes se corre la cuarta etapa del Tour de Francia, con llegada en Nogaro, una pequeña ciudad pirenaica a seis horas y media de Fougeres, el pasado me sigue persiguiendo.
Mauricio López Rueda
Íbamos por la D177 y necesitábamos llegar a la N136 para finalmente desembocar en la A84 que nos llevaría a Fougeres. Pasamos a toda prisa por Rennes, la capital de la región de Bretaña y de su principal prefectura, Ilie y Vilaine. Desde nuestro Mercedes Benz alquilado vimos aparcados decenas y decenas de Citroen en esa bella ciudad de edificios apretujados y amplios malecones alrededor de los ríos Ilie y Vilaine, a cuyos costados se extienden interminables líneas de arbustos y pinos que dan sombra a las plazoletas donde los norteños se dan gusto con el vino mientras leen las últimas novedades en el Ouest France.
En Liffre paramos en un pequeño mercado a borde de carretera y aprovechamos para hacer las compras para la cena y el desayuno del día siguiente. Pastas, algo de jamón, lechuga y condimentos para hacer salsa. Llevamos algunos huevos, pan, mucha agua y una botella de mal vino, de esas cuyo precio no supera los 3 euros. Nos antojamos de una six-pack de cerveza que costaba, lo juro, apenas un euro y medio, y luego volvimos al auto con todas las bolsas y reanudamos el viaje.
La caravana del Tour de Francia avanzaba rauda por Janzé, lo cual nos daba tiempo para llegar y ubicarnos en el hotel que habíamos reservado por Booking.
Llegamos a la pequeña ciudad de Fougeres, de apenas 20 mil habitantes, pasado el mediodía. La etapa cuatro del Tour estaba programada para terminar a las 2:30. Teníamos tiempo de entrar las maletas y de adelantar algo de trabajo. El hotel se veía ostentoso desde la calle, pero su costo no era excesivo.
Se trataba de un viejo castillo, de unos 30 metros de alto y con un par de jardines interiores donde varios turistas leían y revisaban sus computadores. A nosotros, que éramos tres pelagatos que sólo estaríamos allí una noche, nos atrincheraron en un cuarto pequeño del segundo piso, con apenas dos camas y una ventana que nos permitía observar las montañas con sus verdes pinos.
Esa tarde, tras terminarse la carrera, llovió un poco. Fuimos hasta la sala de prensa sólo para recibir los regalos que siempre les dan a los periodistas: botellas de vino, muestras de queso, libros, mochilas y demás tonterías que uno agradece de todo corazón.
Me encargué de enviar mi crónica de la carrera a tiempo. Desglosé sobre Mark Cavendish y su victoria, la primera en muchos años y la número 31 en la Grande Bouclé. También conté de la etapa siguiente, la contrarreloj individual entre Changé y Laval, y luego, ya que tenía cuatro euros en el bolsillo, salí a caminar por la Rue National.
Varios bares y cafés estaban abiertos, pero yo no quería entregar tan fácil mis últimos billetes. Vi que frente a nuestro hotel había otro mucho más hermoso; rodeado de árboles y con una entrada como de cuento de hadas. Me acerqué y vi con asombro que se llamaba Hotel Balzac. Me pregunté si el gran naturalista tenía que ver con aquel pequeño pueblo de calles empedradas y casitas como adornadas con papel maché. De no haber sido por mi nulo conocimiento del idioma, habría ingresado hasta la recepción para ver la arquitectura interna del edificio. Tuve que resignarme con una foto y seguí caminando. Por la misma calle vi que a unos cien metros se habría una plaza con pequeños faroles y puestos de revistas. Fui hasta allí, abrigado con mi buso barato comprado en el Decathlon de Verona, Italia, y me puse a mirar la prensa. Una señora limpiaba las mesas de una pequeña panadería y así porque sí se puso a mirarme de arriba abajo, como tratando de adivinar quién era y qué hacía yo por allí.
No le puse atención y seguí mi camino. La ciudad era hermosa. Cada casa, cada negocio era como un viaje al pasado, como navegar por los relatos de Flaubert o Maupassant. Me sentía danzante, feliz, y todavía tenía los cuatro euros que, mal que bien, me permitirían tomarme una cerveza muy pero muy despacio, para entregarme un poco más al bello espasmo de la contemplación.
A media calle de donde estaba vi un letrero: Atelier d’horlogerie ancienne. No había que ser un experto en francés para entender que se trataba de un taller de relojería antigua, pero también ayudó la frase sobre la marquesina del establecimiento que decía: L’artisan du temps, además del dibujo de un reloj antiguo que se destacaba en una de las ventanas del lugar.
Mi vicioso gusto por lo antiguo me obligó a entrar en el taller. Por doquier había máquinas y piezas de relojes, pequeñas torres, péndulos gigantes y toda clase de resortes, tuercas y tornillos arrumados sobre mesas y anaqueles.
El señor Alain Le Floch estaba sentado en la mesa principal del negocio, completamente absorto en el mecanismo de un reloj del siglo XVIII que un cliente le había pedido reparar desde hacía semanas. Se tardó en percatarse de mi presencia, pues yo deambulaba silencioso por el lugar, absurdamente distraído de las normas básicas del recato.
“Bonjour comment allez-vous”, me dijo por fin desde su asiento, esperando mi respuesta con una actitud tranquila y a la vez enigmática.
“Je vais bien, merci. Mais je ne sais pas parler français”, le dije, aunque no de la forma perfecta y quise escabullirme hasta la salida, avergonzado por mi falta de cultura viajera.
“Cómo es posible que no sea capaz de usar las mínimas frases para poder comunicarme”, me reprendí mentalmente. El señor Le Floch, que tenía un pesado aire a Heinrich Himmler, el nazi que fundó las sanguinarias SS en tiempos de Hitler, me miró con cierta turbación y preguntó. “êtes-vous...”.
“Excuse-moi. Je suis un journaliste colombien. Ehhh,Tour de France”, pude decirle, apretando la tuerca de mis nervios, y entonces Le Floch se echó a reír de alegría y, aunque no sé qué rayos me dijo, si sé que me hablaba de ciclismo, de antiguas carreras, y hasta quiso mostrarme un par de fotos, pero en ese momento entró la señora Le Floch, Helene, y zanjó la situación.
Helene aprendió de relojes viendo a su marido, con quien se casó hace 40 años. Vivió un tiempo en Argentina y por eso, más o menos, se defiende en español.
“Usted viene de Colombia, qué gusto, qué gusto. ¿Quiere un café?”, expresó la señora, blanca como el queso o la leche bretona, y tan rolliza como un malvavisco.
“Merci o, quiero decir, gracias, me gustaría mucho”, dije.
Mientras tomábamos café Helena me contó que Alain, su querido esposo, viene de una larga dinastía de relojeros bretones y que el negocio estaba próximo a cumplir los 50 años, aunque Alain aprendió el arte hace 67 años, cuando tenía 6.
Bromearon acerca del tiempo diciendo que los relojes se volvieron obsoletos, ya que la gente nunca tiene tiempo para nada, o huyen de él apuradas por cualquier argucia.
Esa queja me generó un escalofrío, pues yo mismo estaba en una carrera contra el tiempo. Debía llegar al hotel a comer y descansar, y al día siguiente debía marchar con mis amigos hacia Changé, para la siguiente etapa del Tour, una batalla contra el reloj.
Entonces, como si hubiese escuchado mis pensamientos, el señor Le Floch se levantó y murmuró: “¡Se me acaba el tiempo! Qué vergüenza para un relojero. La longevidad de mi negocio ha atraído a muchos clientes de toda Francia y mis días son muy ocupados”.
Le estreché la mano para despedirme, pero Helena me dijo que tranquilo, que “él sólo se va a sentar a trabajar, pero que ella podía mostrarme el museo”, pues además de taller, el lugar también es un museo con más de 310 piezas de colección inigualables. Es el único museo de relojería en Bretaña y uno de los pocos en toda Francia.
El museo consta de dos salones perfectamente limpios y ordenados. En ellos cuelgan relojes de las paredes, otros están en vidrieras macizas y con alarmas. A mí todo me parecía extraordinario. Helena me contó que tenían uno de los primeros relojes de pulsera que fabricó Louis Cartier a principios del siglo XX, cuando el famoso relojero se hizo amigo del aviador brasileño Alberto Santos Dumond, quien en 1901 ganó el premio Duque de la Muerte, en París, por volar desde Parc Sanit Cloud hasta la Torre Eiffel en 30 minutos, ida y vuelta, hazaña que le representó un premio de 100 mil francos.
Tras la prueba, Dumond fue invitado a una fiesta en Campos Elíseos y allí le presentaron a Cartier. Se hicieron amigos y conversaron toda la noche. Dumond le contó a Cartier que no se había dado cuenta del récord, pues volando no podía mirar su reloj, ya que no podía apartar las manos del volante.
Esa anécdota despertó la creatividad del joven relojero, quien a los pocos días le regaló al aviador un reloj con correa y hebilla, para que pudiera llevarlo en la mano. Desde entonces, aquella novedad se popularizó en todo el mundo y los relojes de pulsera se vendieron como el pan.
El que me mostró la señora Helena era dorado y con correa de fino cuero. Tenía la inscripción: Cartier-Dumond en su interior, y a pesar de sus más de 100 años, aún funcionaba.
“Fíjate que, en 1730, por ejemplo, contábamos en cuartos de hora y no en milésimas de segundo como hoy”, me tiró Helena y espero que se me dibujara una cara de asombro. Pero yo estaba atónito y avergonzado, pues no tenía ningún dato de relojes para responderle, hasta que recordé el hotel Balzac y esa historia que tanto me ha impactado: Eugenia Grandet.
“En la obra de Honore de Balzac, Eugenia Grandet, la protagonista tiene un reloj que mira recurrentemente”, le dije sin estar seguro de si eso era cierto o se trataba de un invento inconsciente cuajado en mi mente.
“Oh, Balzac. Él vivió un tiempo aquí, en Fougeres, cuando estaba escribiendo Les Chouans, una parte de la Comedia humana que se refiere a un levantamiento revolucionario aquí mismo, en Fougeres, en 1799. Balzac vino 30 años después a investigar la historia para su libro, y se quedó algún tiempo en la casa de un amigo. No sé nada del reloj de Eugenia Grandet, pero acá tenemos un reloj de arena que Balzac llevaba y que dejó donde su amigo. Hace 20 años, alguien de esa familia, Fountain, nos lo vendió”, me contó la señora.
No podía creerlo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo pueden las cosas dar vueltas y vueltas tan caprichosamente? El tiempo, sin duda, es un filoso artesano. Yo, por ejemplo, viajé a Europa con las cenizas de mi madre, aferrando su historia a mi tiempo. Iba tras 160 ciclistas en una carrera contra el tiempo y, justo cuando encontré ese maravilloso taller y museo de relojería, me quedo sin tiempo para ahondar en su historia.
Después de un último café me despedí. Ya era la noche cuando empecé a caminar hacia mi hotel. Estaba lloviendo, otra vez, pero el paisaje de Fougeres lucía todavía más hermoso que en la tarde. Al final no me gasté los cuatro euros. Cuando llegué mis compañeros estaban preparando los equipos y conversaban alegremente mientras agotaban las cervezas que habíamos comprado en Liffre. No quise unírmeles. Me fui a descansar de inmediato.
En la cama recordé todo el viaje por la Bretaña desde Brest. Recordé esos agotadores paisajes plomizos, repletos de niebla y grandes acantilados. De montañas y montañas escarpadas y unos cuantos valles pardos colmados de vacas, ovejas y pequeñas casas de piedra.
Nos vamos al sur. Desde mañana empezará a cambiar el paisaje, porque así es el tiempo, lo va cambiando todo, lo va transformando todo. Sin embargo, no todo muere o se agota en el tiempo, hay historias y personajes que permanecen sujetos al minutero universal, a la muñeca cósmica de Santos Dumond, y van volando en el ventoso lenguaje hasta que alguien los descubre y los vuelve a traer a esta hora, a este instante.
Hoy, a punto de dormirme, sé que Balzac está a la vuelta de la esquina, dando vuelta a su reloj de arena, y que Eugenia Grandet estará mirando el suyo, mientras Cartier y Dumond sonríen felices en algún bar de París, viendo como sus nombres traspasan los límites del tiempo y del espacio, para siempre.
Mi encuentro con Le Floch y su esposa sucedió en 2021. Me llevé la tarjeta del lugar y grabé el número en mi teléfono. Hace un par de días, mientras observaba la primera etapa de la Grande Bouclé, en Bilbao, recibí un pequeño mensaje en mi celular.
“Querido Mauricio, este año, nuestro negocio cumple 50 años, y yo mismo cumplo 70. Le mando un abrazo y brinde por nosotros, atentamente, Alain Le Floch y Helena Le Floch”.
“Vaya, seguramente lo escribió la señora Helena”, pensé, pero luego no pude dejar de leer una y otra vez esas sencillas palabras. El pasado, de nuevo, había vuelto alcanzarme.
Hoy, cuatro de julio, se corre la cuarta etapa del Tour, con llegada en Nogaro, una pequeña ciudad pirenaica a seis horas y media de Fougeres.
El mensaje tenía posdata: “Mauricio, el tiempo y la historia siguen esperando por Cavendish”.
¿Acaso será un presagio, maestros relojeros Le Floch?