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Cultura | PUBLICADO EL 19 abril 2022

Anatomía de una locura

El 7 de agosto de 1949, Fernando Botero publicó en el suplemento de EL COLOMBIANO esta columna.

  • Página original del suplemento.
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Fernando Botero

Es el París de 1920, no el de los sueños en colores de Degas y Renoir y de la “mademoiselle” tocada de primavera sino el de la visión del recuerdo, del puñetazo y del hombre. Surgen mil y una filosofías y otras tantas se van a pique; se discute, se toma “café-créme” y se habla de artes y de poesía. El romanticismo hace ya tiempo que ha perdido su melena, aunque todavía se ven los estrafalarios “tradicionalistas”: melenudos fumadores de opio que cubren sus incomprendidas cabezas con el clásico chambergo de anchas alas. París no inventa el arte, lo acoge y a cada aspirante le vende su porción de fama... es el París que solo se abandona a rastras.

El ambiente está impregnado de surrealismo, parecería que todos se han vuelto locos. Ha nacido de la liberación de obsesiones en el psicoanálisis de Freud. El hombre se convulsiona en medio de la refinada crueldad de los trastornos anímicos. Es su periodo de producción más fecundo. Dalí, pontífice máximo de la pintura del subconsciente, considera la locura como el estado ideal del artista y es atormentado por sus perpetuas alucinaciones: un caracol que encontrara alguna vez en su Costa Azul, un reloj desmayado y las voluminosas caderas de su nodriza, pero el surrealismo en la plástica se puede considerar como una real violación de las leyes físicas: los pensamientos y las ideas caen envueltos en un concepto de materia impelidas por la acción de la gravedad; de esas imaginaciones dislocadas van saliendo en un estilo de maniática precisión con todos los procedimientos clásicos y la geometría tradicional (sus obras se mueren de frío) las más delicadas visiones; se lanzan hacia el infinito por perspectivas imposibles en medio de una abstracción llena de locura. Es la lógica de la demencia de una época, causada por la desgarradora realidad de la guerra: mujeres expridas (sic), sombras de recuerdos que se levantan de entre las ruinas humeantes, pesadilla exterior que enloquece a un mundo acosado por dramáticos pesares.

“El surrealismo, dice André Breton en su manifiesto de 1924, es el automatismo psíquico puro por medio del cual nos proponemos expresar, sea en cualquier otra forma, el funcionamiento real del pensamiento”. En efecto, para dar una conferencia en Londres, Dalí se presentó vistiendo escafandra de buzo y ancho cinturón cuajado de pedrerías, en la diestra un taco de billar y conduciendo del dogal dos perros lobos; y dijo para explicar su exótica actitud, que lo que pretendía “era bucear profundamente en la mente humana”.

Logran su objetivo presentándonos asociaciones ilógicas de objetos desprovistos de relación y vínculo entre sí; la mente se dispersa entrando en un recinto de evocación y de sugerencia, es el arte de propósitos más psicológicos que materiales y de comprensión temática sobremanera. Sus adeptos siguen el credo de Leonardo, “la pintura es cosa mental”, y se abandonan al derecho que el artista tiene de crear a su gusto, sin restricciones.

Con Breton surgieron en la lírica surrealista Louis Aragón, Benjamín Peret, Paul Eluard y el suicida precoz René Crevel que invadieron a Francia con la hojarasca de sus manifiestos, que no son otra cosa que adaptación de las doctrinas de Freud, después de haberlas asimilado y haberse compenetrado de ellas.

En la plástica, Dalí, que llega de Barcelona al igual que Picasso y otros que ya se hallaban establecidos en la meca del Sena: Miró, Ives Tanguy, Marx Ernest, para citar a unos pocos, escriben, exponen y claman “que pintan para las masas”, aunque encuentren natural que las gentes no los entiendan... “al principio ni yo mismo los entendía, dice Dalí; hay a menudo símbolos que no he podido explicarme”. Lo propio ocurre en la literatura en dos obras suyas “Vida secreta de Salvador Dalí” y “Rostros ocultos”, se descubre más un tratado de psiquiatría, un lento proceso de enajenación, que el desenvolvimiento real de una vida.

Como se ve, todos estos movimientos psicológicos obedecen a instintos de fuga, a una imperiosa necesidad de evasión a otras esferas libres de la sátira despiadada; son antítesis vivaces del materialismo encargado de automatizar, esclavizar y de maquinizar al individuo.

Locura o realidad; lógica o pesadilla, el surrealismo fue, y puede ser aun, un movimiento de hombres a los cuales no se les moría el arte entre las manos; no se detenían en el modelo, en sus obras había algo de sí, nos estaban dando algo indigno de merecer la sonrisa de inconsiderado desdén, propia de la ignorancia de algunos que no saben que son fruto de penosas gestaciones y evocaciones en carne viva.

Hicieron su arte con elementos constructivos completamente renovados, con un sentido de creación independiente de movimientos anteriores, amasando sus obras con un dramatismo que calaba cada vez más profundamente en el alma.

En 1936 empezó la emigración de la “troupe” surrealista a Norteamérica; el surrealismo era el tema del día. Dalí causó sensación con sus exposiciones en el “Museum of modern art” y en el “Bonwit teller”, siendo conocido como el maestro de los relojes desmayados por su celebérrima obra “La persistencia de la memoria”. Vemos en ella algunos relojes de bolsillo, de los cuales se ha extraído el mecanismo y en los que pululan los insectos: uno de ellos cuelga muellemente como un trapo de un árbol reseco que se alza al borde del mar: esos fláccidos relojes representan la marcha lenta y aperezada del tiempo; el cuadro ejecutado con gran sentido de color está realizado con una meticulosidad sorprendente.

Con esos caracteres comunes, tanto en la parte cromática como en el dibujo, con la pintura de anécdota y con el arte publicitario, se impuso allí, entrando luego en un periodo de decadencia por el espíritu comercializado y venal de sus apóstoles, que llegaron hasta convertirse en una tropelía de especuladores del “Snob”. El Hollywoodismo los precipitó al abismo de la propia destrucción.

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