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Las fotografías de la Hacienda Nápoles que muestran los ciervos introducidos por Pablo Escobar

Con el avistamiento de ciervos asiáticos en el Magdalena Medio se planteó que fueran producto de la “narcofauna” de Pablo Escobar. Unas imágenes de su fotógrafo personal demuestran que estuvieron en la Hacienda Nápoles hace 40 años.

  • Fotografías tomadas por Édgar Jiménez Mendoza, conocido como el Chino y quien fuera fotógrafo personal de Pablo Escobar, en la Hacienda Nápoles a finales de 1983, hace 40 años, en las que se evidencian varios grupos de chitales asiáticos.
    Fotografías tomadas por Édgar Jiménez Mendoza, conocido como el Chino y quien fuera fotógrafo personal de Pablo Escobar, en la Hacienda Nápoles a finales de 1983, hace 40 años, en las que se evidencian varios grupos de chitales asiáticos.
  • Las fotografías de la Hacienda Nápoles que muestran los ciervos introducidos por Pablo Escobar
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04 de enero de 2024
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Las fotografías de la Hacienda Nápoles que muestran los ciervos introducidos por Pablo Escobar
Las fotografías de la Hacienda Nápoles que muestran los ciervos introducidos por Pablo Escobar
Las fotografías de la Hacienda Nápoles que muestran los ciervos introducidos por Pablo Escobar

Hace un par de semanas, un trino en la cuenta de X (Twitter) del biólogo Darwin Morales Martínez llamó la atención sobre la presencia de un posible animal invasor en cercanías a Doradal y Puerto Triunfo, en el Magdalena Medio antioqueño, una zona muy connotada por su emblemática invasión de hipopótamos. “¿Fueron los hipopótamos los únicos que se escaparon de la Hacienda Nápoles?”, decía el mensaje de Morales, quien hace parte del Departamento de Biología de la Universidad de Luisiana en Estados Unidos.

Y refería un link a un artículo académico, escrito en conjunto con Héctor Ramírez Cháves, de la Universidad de Caldas, y Néstor Roncancio Duque, de la Universidad Nacional sede Palmira, en el que presentan evidencia “sobre la presencia de una población introducida de Chital (Axis axis), un ciervo de Asia en el Magdalena medio antioqueño”.

Como si aparte de no saber muy bien qué hacer con algo más de un centenar de hipopótamos con herencia narco, ahora nos hiciera falta lidiar con venados tipo bambi reproduciéndose libremente también gracias al extinto capo. Casi de inmediato varios periodistas le escribieron al biólogo, como cazadores detrás de una historia invasora; si el trino hubiera sido sobre el hallazgo de una planta rastrera que estuviera invadiendo potreros, digamos el ojo de poeta o el retamo espinoso, libres de cualquier sospecha de estupefacientes, seguro el científico no hubiera recibido tan diligentes solicitudes de la prensa.

En cualquier caso, por pura coincidencia, yo mismo me encontraba en el Magdalena Medio siguiéndoles el rastro a las novedades de la situación de los hipopótamos, que a lo largo de 2023 habían sido noticia recurrente, bien por la evidencia científica de que su presencia, reproducción y dispersión se salió de las manos y son una amenaza real si no se controlan de inmediato; porque un ejemplar murió al ser arrollado por un vehículo en la autopista Medellín-Bogotá, accidente que casi le cuesta la vida al conductor; por el ofrecimiento de un rescatista animal mexicano de costear el traslado de 60 hipopótamos, 10 a su país y 50 a la India; o porque finalmente el Gobierno –la ministra de Ambiente, Susana Muhamad– anunció un primer convenio para esterilizar a 20 individuos en Doradal, medida que hace parte del plan de manejo recomendado por los expertos del Instituto Humboldt y la Universidad Nacional, y que también incluye traslocación e, incluso, caza, de ser necesario. En principio, la castración se presenta como la opción más difícil y costosa; cebar y capturar hipopótamos para sedarlos y someterlos a una intervención quirúrgica de horas no es como coger gallinas en un corral y desplumarlas para un sancocho. El año pasado, Cornare solo consiguió hacer seis castraciones, de las 20 planteadas.

Los medios que cubrieron la historia de los ciervos chitales, como El Tiempo, recogieron los hallazgos del artículo “Más allá de los hipopótamos: evidencia de un venado introducido en Colombia”, publicado en el número de octubre-diciembre de la Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales: “(...) es la primera vez que se documenta la presencia de venados exóticos en Colombia (...) que pueden impactar la regeneración natural y desplazar competitivamente a otros herbívoros nativos”, y citaron las palabras de los investigadores Roncancio y Ramírez, que aventuraron una hipótesis sobre el origen de su introducción al país: “Planteamos que esto es producto de la narcofauna que entró a la Hacienda Nápoles, debido a la zona de registro de la especie”, le dijo Roncancio a El Tiempo.

¡Narcofauna!, así dicho por los científicos. Era necesario no solo alertar y comprobar que esos tiernos venados podían ser una especie invasora, sino establecer su origen narco. Casi que podríamos acuñar el término “narcofauna” como una subcategoría científica autóctona.

El tema no es menor ni está movido solo por el morbo intrínseco a cualquier derivado de la estela de Pablo Escobar. En tiempos de fallos judiciales que les reconocen derechos de los animales, si declaramos a los hipopótamos o a los chitales como “narcofauna”, ¿alguien podría defenderlos como “víctimas” de la guerra contra las drogas? En Colombia en 2021 un juez declaró al río Magdalena como víctima del conflicto armado.

Si sus progenitores fueron traficados ilegalmente, ¿podrían sus descendientes declarse víctimas de una operación internacional de “trata de animales” ocurrida en los años ochenta a manos de Escobar? ¿Podrían reclamar ser repatriados, reparados o que se les reestablecieran sus derechos? Si bien no existe en ningún país legislación que les reconozca derechos a los elementos de la naturaleza, incluidos los animales, y mucho menos derechos fundamentales, el debate de cómo considerar y tratar a las especies invasoras provenientes del narcotráfico sigue abierto.

Una vez comprobada la presencia actual de esta especie exótica en dicha zona, quedaba por encontrar la prueba que ligara a los venados asiáticos con Pablo Escobar y así llamar la atención y acrecentar la amenaza de esa herencia natural narco. La periodista de Cambio, Pía Wohlgemuth, incluso buscó al hijo de Escobar, Juan Pablo, quien le dijo que efectivamente los había visto en la hacienda de su padre. “Recordó que los también llamados chitales se reprodujeron sin parar, que muchos paramilitares se llevaron ejemplares a sus fincas, mientras algunos campesinos los cazaban”.

Édgar Jiménez Mendoza, conocido como el Chino, fue por años fotógrafo de los animales de la Hacienda Nápoles al servicio de Escobar. Su archivo es posiblemente el más grande que se conserva por la cantidad de ejemplares retratados, entre ellos una pareja de los primeros cuatro hipopótamos que pisaron el Magdalena Medio a principios de los años 80 del siglo pasado. Escribí un libro sobre su vida y por eso me buscaron como fuente para corroborar con él que efectivamente en Nápoles hubiera habido chitales y pedirle la prueba reina en imágenes.

Con una foto genérica de internet de los venados en cuestión, pregunté en Doradal si habían oído hablar de ellos y se la envié a Édgar Jiménez a su celular. “Yo tengo fotos de esos ciervos. Las voy a buscar”, me respondió. Días después me envió unas imágenes tomadas con su celular de unas fotografías impresas. “Mirá los ciervos chitales que había en la hacienda, estas fotos no me quedaron muy bien pero ahí está el testimonio gráfico. El cercado de la hacienda es plenamente identificable. No sé si tenga esos negativos, esas fotos eran de las que no me gustaban y las tiraba en un cajón. De todas formas, el testimonio gráfico es incontrovertible”, me dijo.

Wilther López, miembro de una corporación ambiental de la zona, me dijo que desde hace años los chitales han estado en la mira de los cazadores. Y la semana pasada, el fotógrafo Jiménez me envió tres fotografías escaneadas en la que se ven los chitales en la Hacienda Nápoles. “No cabe la menor duda de que esos ciervos chitales son descendientes de los que trajo Pablo, esas fotos son una prueba contundente. En las fotos se ven los cercados de la hacienda y unas grullas y un emú”, me dijo.

En las fotografías se ven también antílopes órix africanos, una especie en peligro de extinción. Entonces me recordó una fotografía que publicamos en su libro en la que se ven cuatro ejemplares mirando a la cámara. “Esos son los órix que aparecen en el libro, Pablo tenía una docena”, me dijo. Una evidencia adicional, por si siguen apareciendo nuevas especies invasoras en el Magdalena Medio, surgidas de nuestra inagotable herencia natural narco.

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