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Antioquia | PUBLICADO EL 12 noviembre 2020

La historia de cuando Medellín decidió sepultar su cuna y nodriza

Hace 100 años empezaba el debate por la canalización de la quebrada Santa Elena.

Viaje al pasado.

  • La cobertura se hizo en cuatro etapas, entre los puntos donde están la Minorista y el teatro Pablo Tobón Uribe. En los registros no hay unidad en fechas, pero la primera fase comenzó en 1924 y la última culminó en los 50. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
    La cobertura se hizo en cuatro etapas, entre los puntos donde están la Minorista y el teatro Pablo Tobón Uribe. En los registros no hay unidad en fechas, pero la primera fase comenzó en 1924 y la última culminó en los 50. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
  • La quebrada, que alguna vez se llamó Aná y luego Aguasal, era el lugar obligado para las caminatas, giras y paseos de las gentes elegantes. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
    La quebrada, que alguna vez se llamó Aná y luego Aguasal, era el lugar obligado para las caminatas, giras y paseos de las gentes elegantes. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
  • La oficina de Ingeniería Municipal autorizó cubrir la quebrada, argumentando que era necesario para el progreso y salubridad de la ciudad. FOTO: CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
    La oficina de Ingeniería Municipal autorizó cubrir la quebrada, argumentando que era necesario para el progreso y salubridad de la ciudad. FOTO: CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
  • La cobertura se hizo en cuatro etapas, entre los puntos donde están la Minorista y el teatro Pablo Tobón Uribe. En los registros no hay unidad en fechas, pero la primera fase comenzó en 1924 y la última culminó en los 50. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
    La cobertura se hizo en cuatro etapas, entre los puntos donde están la Minorista y el teatro Pablo Tobón Uribe. En los registros no hay unidad en fechas, pero la primera fase comenzó en 1924 y la última culminó en los 50. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
  • La quebrada, que alguna vez se llamó Aná y luego Aguasal, era el lugar obligado para las caminatas, giras y paseos de las gentes elegantes. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
    La quebrada, que alguna vez se llamó Aná y luego Aguasal, era el lugar obligado para las caminatas, giras y paseos de las gentes elegantes. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
  • La oficina de Ingeniería Municipal autorizó cubrir la quebrada, argumentando que era necesario para el progreso y salubridad de la ciudad. FOTO: CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
    La oficina de Ingeniería Municipal autorizó cubrir la quebrada, argumentando que era necesario para el progreso y salubridad de la ciudad. FOTO: CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter

Bajo las faldas de esa trenza cristalina que desciende cantando de las montañas del oriente, nació y creció la Villa que luego, cuando se hizo adolescente e ingrata, le dio la espalda a su madre. Esa quebrada, primero llamada Aná por los indígenas, luego Aguasal por los españoles, hasta convertirse en Santa Elena, cruza con su cauce la historia de Medellín.

En sus orillas acamparon los usurpadores españoles, comandados por Jerónimo Luis Tejelo en 1541; y en 1675, también sobre sus márgenes, se fundó la ciudad. Las mismas aguas surtieron la red del acueducto (1826) y generaron la energía para las primeras luces eléctricas (1898) que se encendieron un 7 de julio en el recién inaugurado parque Villanueva (hoy parque Bolívar). Alrededor de su influjo orbitó la villa que se urbanizó desde sus márgenes. A continuación, un recuento del auge y ocaso de la quebrada que hoy corre enmudecida entre los vericuetos del Centro.

Corazón delator

Las aguas, ya entrados en gastos los años 1800, corrían libres a nivel del camino. Sin malecones, se desbordaban sobre casas y sembrados en época de lluvias. En verano, cuando el cauce bajaba y dejaba arena —por eso conocemos el corredor como La Playa—, nada más refrescante que bañarse en los charcos de La Toma, El Resbaladero, La Bodega o El Guayabito.

Fueron las recurrentes inundaciones las que llevaron a que su cauce fuera enderezado, sobre todo entre Palacé y el punto donde está el teatro Pablo Tobón Uribe. Gracias a las cesiones de tierras, se instalaron trinchos y estacas y se desvió el lecho de la vieja madre. Antes de asomarse el siglo XX ya estaba encausada.

Esa canalización permitió anexar terreno para la expansión urbana que empezaba en la Villa y fue el punto de partida de lo que pasaría décadas después con el río Medellín.

La quebrada, que alguna vez se llamó Aná y luego Aguasal, era el lugar obligado para las caminatas, giras y paseos de las gentes elegantes. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
La quebrada, que alguna vez se llamó Aná y luego Aguasal, era el lugar obligado para las caminatas, giras y paseos de las gentes elegantes. FOTO CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter

Emergieron entonces los barrios alrededor de la catedral de Villanueva y del paseo la Playa, la zona donde comenzaron a vivir las familias más adineradas.

Una vez más, la quebrada se convertía en el eje de ordenamiento de la Villa, en la misma dirección en que discurrían sus aguas. A inicios del siglo, el marco de la cada vez más extendida ciudad colonial era este: oriente era la zona de mayor auge urbano, mientras la Santa Elena demarcaba sectores sociales diferenciados. A un lado, sobre el emergente Boston, el ensanche incluía a Villanueva y las cuadras aledañas hasta Carabobo. San Juan era el lindero en el sur hasta la espalda del río que, al igual que sus afluentes, dejaron de ser sitios para cultivar, lavar ropa, pescar, bañarse y navegar, y le dieron paso a los barrios obreros, a las industrias, las franjas férreas y las vías.

Se decía y nunca se acababa

Por tablas y piedras, primero, luego por puentes de todos los nombres y colores. De tanto unir la Villa nueva y la vieja, la avenida izquierda y la derecha, la Santa Elena se llenó de historias y puentes.

El de La Bocana era el primero en su descenso al valle. Colgante y de madera, era paso obligado para los que iban y venían de Rionegro. Las Estancias, con pasamanos de madera y techo de tapia, quedaba cerca de la primera planta eléctrica. El de La Toma, que data de 1857, era la puerta de entrada a la ciudad y se bautizó así por su cercanía con la boca del acueducto. Una creciente lo dejó casi destruido en 1871. Más abajo quedaba el puente de Hierro, ubicado Quebrada Arriba, con vigas y barandillas de cañabrava.

En 1908 se construyó el puente Mejía en el cruce con El Palo, en homenaje al prócer de la Independencia, Liborio Mejía. Era considerado el más bello del conjunto de 15 puentes que cosieron las márgenes.

También estaban el de Girardot, Córdoba, Junín (primero del que se tenga noticia con una incipiente estructura desde 1676), Palacé, Carabobo, el puente De Arco (llamado así por su forma, ubicado sobre la carrera Bolívar), el de Santamaría (en Cúcuta) y el puente de La Troco (en San Benito, llamado así por estar en inmediaciones de los tanques de la Tropical Oil Company).

La exclusividad del sector promovió la aparición de la arquitectura cómplice de las intimidades de la clase alta, que vivió allí entre 1880 y 1960. Hombres de élite —entre ellos el comerciante Ricardo Olano, promotor de la construcción del barrio Prado y presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas— aspiraban a emular paseos urbanos como los de Río, Nápoles, Chicago o Budapest, junto con un barrio residencial en el paseo La Playa.

A lado y lado se edificaron mansiones suntuosas. Uno de ellos, el Palacio Arzobispal (1892), encargado por Coriolano Amador, para su hijo José María, al arquitecto francés Charles Émile Carré. Este le prometió un palacio digno de los Elíseos en el área que hoy ocupa el edificio Vicente Uribe Rendón, en la esquina de La Oriental con La Playa.

También decoraron la ribera el desaparecido Teatro Junín (1924, en los 60 fue demolido para levantar el edificio Coltejer) y el Palacio de Bellas Artes (1928), entre otros.

La Playa provocaba suspiros. Escribía don Tomás Carrasquilla en 1919: “La Quebrada Arriba era la cosa única, lo nunca visto, con que se hacían fieros a cuantos extraños nos visitasen. De ella se sacaban vistas, dibujos para regalarlos por los cuatro vientos. De ella se decía y nunca se acababa”.

Sobre mi sepulcro

Las aguas cada vez eran menos cristalinas conforme la Villa se ensanchó. Basuras y malos olores empezaron a enturbiar el cauce que se convirtió en una alcantarilla descubierta. Desde 1920 empezó el debate sobre cuál sería la solución al problema que engendró esa primera ola urbanizadora. Se alegaba, primero, que Medellín necesitaba una gran avenida para el creciente tráfico vehicular.

Entonces se agitó la propuesta de cubrir la quebrada desde Junín y el debate se abrió. El concejal Ricardo Uribe Escobar contó en 1923: “Y todavía hay quien diga que los que quieren cubrir la quebrada van a cometer un crimen contra la estética. Es verdad que de cuando en cuando agrada mirar el curso de esas aguas, pero de los treinta días del mes, en veintiocho de ellos no hay quien pueda asomar las narices por allí, y cómo los ojos quedan muy cerca de las narices, resulta que la poesía del arroyo se pone tan maloliente que la vista se retrae sin pena de ese lugar desagradable. Recuerdo que cuando nos visitó Eduardo Zamacois, al pasar por La Playa me decía: Este es un río poeta como el Manzanares: no sirve para nada, pero da placer a los ojos”.

Más allá del problema sanitario, de fondo estaba la voracidad del desarrollo industrial, comercial y urbanístico.

Otras alternativas presentadas en el Concejo fueron la construcción de colectores para las aguas negras, que luego fueran llevadas directo al río; o una que planteaba la rectificación del degradado lecho y la instalación después de una esclusa arriba, que contuviera su erosión.

La oficina de Ingeniería Municipal autorizó cubrir la quebrada, argumentando que era necesario para el progreso y salubridad de la ciudad. FOTO: CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter
La oficina de Ingeniería Municipal autorizó cubrir la quebrada, argumentando que era necesario para el progreso y salubridad de la ciudad. FOTO: CIP EL COLOMBIANO/Foto Reporter

Pero la suerte estaba echada. Entre 1924 y 1925 empezó la cobertura en concreto, a semejanza de una lápida, en el tramo entre Junín y Palacé, lo que luego se llamaría Avenida Primero de Mayo. En 1930 comenzaron a cubrir el tramo desde Junín hacia arriba y tres años después continuó la cobertura hasta Cundinamarca.

Las obras, entre las carreras Sucre y Junín, se frenaron por disputas entre orillas de la quebrada, pero también políticas. “Ni riesgos, el municipio (la administración era liberal) no entrega su plata para colocar obreros conservadores”, decían. La Sociedad de Mejoras Públicas medió y esa fue la semilla del sistema de valorización. Finalmente, en los 50, se terminó la obra hasta el río, en el sitio de La Minorista.

Mientras echamos este cuento, la quebrada Santa Elena quedó cubierta en su totalidad a su paso por el Centro. Ese mismo impulso urbanizador se llevó después el paseo La Playa, sus casas y palacios, sus antejardines y arboledas, hasta que se impuso otro paisaje, otro transitar, otro tiempo en esa ciudad que ya no puede escuchar a su madre.

25
kilómetros de longitud tiene la quebrada desde que nace hasta que llega al río.
puentes se construyeron para cruzar la quebrada. El de Junín data de 1676 y fue el primero en caer con la cobertura.
habitantes tenía Medellín en 1918, según el Dane. De estos, 51.951 vivían en la zona urbana y 27.195 en la zona rural.
en definitiva

La cobertura de la quebrada Santa Elena marcó el desarrollo urbano de Medellín. La decisión se tomó para solucionar un problema sanitario, pero detrás estaba el auge urbanizador e industrial.

Contexto de la Noticia

PARA SABER MÁS Libros y artículos consultados

Para la elaboración de este artículo fueron consultados los siguientes documentos: extracto del libro El almanaque de don Alonso Ballesteros 1921 - 1923, de Ricardo Uribe Escobar; Medellín Ciudad Tricentenaria (1975); Transformaciones de la estructura urbana de Medellín (1995), de la arquitecta María Verónica Perfetti del Corral; La domesticación del río Medellín en la primera mitad del siglo XX (1995), de Bibiana Preciado Zapata; Diccionario biográfico de antioqueños, de Luis Álvaro Gallo Martínez (2008); Río urbano, caso de estudio quebrada Santa Elena, de Samuel Esteban Padilla Llano (2010); Historias Callejeras del Archivo Histórico de Medellín (2014); el documental Santa Elena está perdida, de María Cecilia Restrepo y Juan Miguel Villegas; y artículos publicados en este diario por Hernán Ramírez Palacio (1987).

Juan Diego Ortiz Jiménez

Redactor del Área Metro. Interesado en problemáticas sociales y transformaciones urbanas. Estudié derecho pero mi pasión es contar historias.

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