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Si siguen creciendo con fuerza los movimientos nacionalistas, ¿dónde va a quedar ese sentido de la solidaridad y la cooperación que nos permite avanzar como humanidad?.
Años de progreso en salud, desarrollo y derechos humanos en diversas partes del mundo están en el aire. El 83% de los programas cuyos recursos canalizaba la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo internacional (Usaid) ha sido cancelado. Y los efectos del desmantelamiento de este organismo se sienten desde América Latina hasta el África, pasando por Europa y Medio Oriente.
El mismo día de su toma de posesión, Donald Trump firmó una orden para congelar durante 90 días toda la ayuda que distribuía Usaid y le encargó a Elon Musk que evaluara cuál era el destino de los recursos que repartía la agencia. Lo que concluyeron los dos es que Usaid estaba “dirigida por un grupo de lunáticos radicales”, que gran parte de la ayuda exterior era un derroche y que lo mejor era ponerla bajo supervisión del Departamento de Estado, en cabeza de Marco Rubio. Y ya porque no faltara, Musk llegó a decir que esa agencia era una “organización criminal”.
Con semejantes interpretaciones, el desmantelamiento había quedado asegurado, hasta que el martes de la semana pasada un juez federal dictaminó que el cierre de Usaid “probablemente violó la Constitución”. Esta conclusión obligaría a la administración republicana a echar reversa, a permitir que Usaid vuelva a su sede y a frenar las maniobras para despedir a funcionarios y contratistas de la agencia. Que la Casa Blanca cumpla la orden está por verse ya que se han visto otros casos en los que este gobierno no ha querido acatar la decisión judicial y en cambio se ha dedicado a criticar la legitimidad del poder judicial para frenar sus medidas. De allí, parte de la crisis constitucional que afronta en este momento Estados Unidos.
El asunto es que si se cierra definitivamente Usaid, la cooperación internacional tendrá un hueco de 40.000 millones de dólares anuales en las ayudas que se reparten en distintos lugares del mundo desgarrados por crisis humanitarias que afectan el desarrollo económico, la salud pública, la seguridad alimentaria, la climática y los derechos humanos. Para entender la magnitud de esta decisión hay que pensar que el año pasado, EE.UU. financió el 42% de toda la ayuda humanitaria controlada por la ONU. Una ayuda inmensa que le representa a Estados Unidos apenas el 0,2% de su PIB.
Mientras muchas ONG reconocidas deben abandonar los países donde llevan años trabajando, como es el caso de Acción contra el Hambre en Nigeria, miles de proyectos de ayuda humanitaria y cooperación internacional han quedado en el aire. Solo en Colombia, más de 50.000 desplazados se han quedado sin apoyo, en Ucrania, se han suspendido proyectos de reconstrucción de edificios dañados por la guerra y en Senegal, se ha clausurado el mayor programa de prevención de la malaria. Interrumpir de un momento a otro en todo el mundo programas de la agencia que más aportes da para cooperación tiene un impacto inmenso en cientos de miles de vidas.
Usaid fue una idea lanzada por John F. Kennedy en 1961, dentro del contexto de la Guerra Fría. Se decidió desde un principio que fuera un organismo independiente y a lo largo de los años se convirtió en el poder blando estadounidense para promover la democracia y el desarrollo en todos los rincones a los que llegaba, que hasta finales del año pasado incluía 130 países. La nueva administración Trump cree ahora que Usaid es partidista, y según ellos, no propiamente republicana, de manera que se han lanzado a una campaña de desprestigio.
Por supuesto hay que reconocer que a lo largo de su historia Usaid ha generado controversias, se la ha acusado de falta de transparencia y se han puesto en duda algunas de sus actuaciones. Sin duda podría haber sido más eficaz y eficiente, pero es irrefutable que ha prestado una gran ayuda a millones de personas en distintos países en vías de desarrollo.
Lo que muchos temen ahora es que semejante retirada de apoyo genere un efecto de arrastre y otros donantes se retiren. Hoy parece que el mundo se estuviera sumiendo en un momento de egoísmo en el que cada país se preocupa de sus propios problemas económicos o se centra en sus crecientes desafíos de seguridad. Las naciones más ricas están tomando distancia de su responsabilidad para promover el desarrollo en los países más pobres, aunque eso les signifique una cantidad muy pequeña del presupuesto nacional. O sino cómo explicar que China y la Unión Europea prefieren ahora hablar de programas de financiación o ayudas globales.
Si como estamos viendo, siguen creciendo con fuerza los movimientos nacionalistas, ¿dónde va a quedar ese sentido de la solidaridad y la cooperación que nos permite avanzar como humanidad?