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Un mes de Gobierno

Una diferencia entre Abelardo de la Espriella y Gustavo Petro es que este último parecía convencido que gobernar consistía en explicar el país. De la Espriella entiende que gobernar consiste en hacerlo funcionar.

hace 1 hora
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  • Un mes de Gobierno

A los colombianos ya se nos había olvidado qué era tener a un Presidente, al frente del Estado, gobernando. Abelardo de la Espriella completó un mes y, más allá de los elogios que haya podido ganarse por la rápida atención de la emergencia provocada por el terremoto o por la estrategia de impacto desplegada contra las bandas criminales, estas primeras semanas han permitido identificar algo que puede terminar siendo más importante: un estilo de gobierno marcado por el liderazgo, la determinación, la disciplina y el método. Rasgos que contrastan de manera diametral con lo que Colombia vivió durante los cuatro años anteriores.

Treinta días no alcanzan para saber si un gobierno será bueno. Mucho menos para cantar victoria. Pero sí permiten empezar a conocer el temperamento de quien gobierna, su manera de tomar decisiones y la forma como pretende hacer funcionar el aparato del Estado. Y De la Espriella ha mostrado hasta ahora una preocupación evidente por administrar, ejecutar y hacer seguimiento.

Puede parecer una obviedad, pero no siempre se entiende así. En política suele suponerse que gobernar consiste principalmente en imponer unas ideas, ganar debates ideológicos o impulsar una determinada visión de la sociedad. Todo eso hace parte del ejercicio del poder. Pero gobernar es bastante más.

Un Presidente dirige la organización más grande y compleja del país. Tiene recursos limitados frente a necesidades prácticamente infinitas, coordina cientos de entidades, miles de funcionarios y un presupuesto gigantesco que debe convertirse en resultados concretos. Eso exige ideas, por supuesto, pero también algo bastante menos glamuroso: establecer prioridades, asignar responsables, fijar tiempos, controlar el gasto, hacer seguimiento y corregir cuando las cosas no funcionan.

En una palabra: administrar.

El rigor no consiste únicamente en llegar puntual a una reunión. Consiste en estar donde se necesita al Gobierno cuando se necesita al Gobierno. La emergencia provocada por el terremoto fue una primera prueba. El nuevo Ejecutivo tuvo que reaccionar cuando apenas comenzaba a instalarse: coordinar instituciones, movilizar recursos, atender a los afectados y transmitirle al país que alguien estaba al frente. Esa capacidad de respuesta dice mucho sobre un estilo de gobierno.

Si algo caracterizó a Gustavo Petro durante buena parte de sus cuatro años en la Presidencia fue precisamente lo contrario: el desorden.

Desorden en las agendas, en los equipos, en las prioridades y en la comunicación. Ministros que entraban y salían, funcionarios que se contradecían, anuncios que no siempre se convertían en decisiones y decisiones que podían cambiar después de un discurso o de una publicación presidencial.

Ese desorden tuvo consecuencias. Porque cuando el desorden se instala en la cabeza de una organización termina bajando por toda su estructura. Y cuando ocurre en el Estado, la improvisación fácilmente termina convertida en incompetencia.

Petro intentó muchas veces suplir esas deficiencias con palabras. Frente a una crisis aparecía un largo discurso. Frente a una dificultad de ejecución, una nueva explicación histórica. Frente a un problema concreto, otra reflexión sobre el capitalismo, las élites, la desigualdad o la transformación del país.

Pero los discursos no mueven por sí solos el aparato del Estado. El Estado se mueve con información, decisiones, responsables, presupuesto, coordinación, cronogramas y seguimiento.

Y esa diferencia puede terminar siendo mucho más importante de lo que parece. Porque probablemente a una mayoría mucho mayor de la que suele creerse le interesan bastante menos las discusiones ideológicas de lo que supone la política y bastante más una pregunta elemental: ¿me están resolviendo los problemas?

Que pueda salir a la calle sin miedo. Que consiga una cita médica. Que haya empleo. Que las carreteras funcionen. Que los niños tengan colegio. Que los impuestos no se pierdan. Que cuando ocurra una tragedia aparezca el Estado. Y que, después de pagar durante años, el ciudadano pueda sentir que alguien administra esos recursos con un mínimo de sensatez.

Deng Xiaoping resumió ese pragmatismo con una frase que terminó recorriendo el mundo: no importa que el gato sea blanco o negro, mientras cace ratones. En política pública ocurre algo parecido. Al ciudadano puede importarle que un gobierno sea de izquierda o de derecha, pero al final termina juzgándolo por algo mucho más concreto: si funciona.

Este primer mes, por supuesto, ha dejado decisiones, símbolos y controversias que merecen discusión. La operación más descentralizada de la Presidencia, la visita de grandes empresarios al Chocó, las relaciones con las Cortes y el respaldo recibido desde Estados Unidos conviven con cambios profundos de política, como el regreso de la fumigación o las modificaciones sobre el porte de armas. Y también con episodios discutibles: ciertos gestos exagerados en materia religiosa, vetos cuestionables a personas de reconocidos méritos o la escena del Presidente caminando entre bolsas con los cuerpos de presuntos delincuentes abatidos.

Todo eso tendrá que ser examinado. Un buen método no garantiza por sí solo buenas políticas, y treinta días tampoco autorizan un cheque en blanco.

Pero hay algo que sí parece claro en este comienzo. Una de las grandes diferencias entre Abelardo de la Espriella y Gustavo Petro es que este último parecía convencido de que gobernar consistía, en buena medida, en explicar el país.

De la Espriella, por ahora, parece entender algo más simple y bastante más difícil: gobernar consiste en hacerlo funcionar. .

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