El general Óscar Naranjo, que prefiere que a su llegada a la Vicepresidencia se le llame por su nombre de pila, a secas, tiene retos numerosos y complejos que enfrentar, pero muy poco tiempo. Unos 16 meses en los que será sacudido por los opositores al proceso de paz, los escándalos de corrupción del país estatal y político, los interminables actores y fenómenos de ilegalidad y los debates de la próxima campaña presidencial.
A favor, Naranjo, el curtido servidor público, tiene una imagen altamente favorable, pero sobre todo su carácter mesurado, conciliador e integrador y la firmeza propia de quien por años lideró un cuerpo armado de altísimo trajín, la Policía. Él guarda lealtad y respaldo recíprocos con el presidente Juan Manuel Santos, pero mantiene relaciones cordiales y fluidas con el movimiento que lidera el expresidente y congresista Álvaro Uribe.
Si para Óscar Naranjo la prioridad de su agenda son los problemas de inseguridad de Colombia, para la ciudadanía ese será el principal indicador de gestión y calidad del nuevo vicepresidente. Esa es la primera y más sólida piedra con la que debe fundar la empresa de cogobierno que le dejó bien armada su antecesor Germán Vargas Lleras, quien tuvo por base el desarrollo de infraestructura y vivienda social.
Así que el general se adentra en los laberintos de un terreno que domina y conoce, pero que por ello mismo le exige llevar el listón muy alto, en un país enredado en las espirales de los cultivos ilícitos y el narcotráfico, combustibles de actores ilegales presentes y poderosos: el Eln y bandas criminales como el Clan del Golfo, los Pelusos, la Oficina y los Rastrojos. Es una fauna que él conoce y que deberá enfrentar y someter, si su objetivo central es la seguridad.
Hay interrogantes que debe poner en su agenda cuanto antes: ¿habrá, a la luz del Acuerdo con las Farc y de señales intermitentes desde el Gobierno y figuras políticas, alguna búsqueda de alternativas jurídicas y de sometimiento para esas estructuras criminales? ¿Qué política de combate militar alentará contra esas organizaciones?
Son igual de retadoras y extensas las metas que se observan en la carrera por implementar el Acuerdo del Fin del Conflicto entre el Gobierno y las Farc.
Naranjo llegará a la Vicepresidencia con una dejación de armas aún rodeada de preguntas y temores. Si él va a ser un “integrador político y gerencial” deberá mostrar gran equilibrio para no desajustar la balanza entre necesidad de justicia y derecho a la paz. Él, que fue negociador en La Habana, entiende que la vara política con que guiará y medirá su gestión no puede alimentar más frustraciones, ello desde el lado que se quiera mirar un proceso que mantiene polarizada a la opinión pública.
La derecha le va a exigir la claridad de un servidor que defendió la Constitución y la Ley desde la orilla de las Fuerzas Armadas, pero la izquierda querrá probar su capacidad de inclusión y su generosidad para abrir espacio a las Farc en el nuevo espectro político.
Desde ahora, Naranjo Trujillo sabe del objetivo inmediato que es atender las solicitudes de la ONU y de los organismos internacionales de derechos humanos y DIH, en cuanto a la protección y la disminución del asesinato de líderes sociales y activistas.
Su oportunidad es inédita e histórica. Tiene el saber acumulado y apolíneo de un general de muchas batallas, al que ahora le llega el examen cotidiano y práctico de una nación escéptica y agotada por los escándalos, debilidades y rebatiñas de su clase política y en el poder público.