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A diferencia de muchos intelectuales, Malcolm Deas siempre mantuvo una visión optimista sobre el progreso colombiano y se dedicó a difundirla ampliamente a través de diversos medios.
El pasado lunes, a sus 82 años, falleció el investigador e historiador Malcolm Deas. Si bien había nacido en Reino Unido, desde cuando llegó por primera vez a Colombia, hace 60 años, se convirtió en un gran aliado del país.
Un aliado porque Malcolm Deas ha sido, probablemente, el extranjero que más ha contribuido a entender y divulgar la historia de Colombia. Un aliado en la tarea de entender lo que somos, de dónde venimos y para dónde vamos.
Con una condición adicional: no profesaba ninguna ideología. De tal manera que sus investigaciones tenían la garantía de estar sustentadas en lo empírico y en el sentido común, y no tanto en los sesgos. Como decía a menudo, “soy el único uribista-santista que sobrevive en el mundo” y explicaba que “el trabajo del presidente Uribe hizo posible el trabajo del presidente Santos”.
Malcom Deas no fue un escritor de libros que pretendiera dejar sentada una narrativa única de la historia. Más bien se dedicó a analizar, desde historias particulares, fenómenos generales: como su estudio sobre la hacienda Santa Bárbara, donde, a partir de los registros de una de las primeras plantaciones cafeteras de Cundinamarca, logra dilucidar el desarrollo de esta industria clave para la economía colombiana o la detallada historia de los impuestos en Colombia en el siglo XIX, así como el reclutamiento militar en las guerras civiles.
Y el ensayo que, tal vez, lo hizo más famoso entre el público en general: La gramática y el poder. A Deas le pareció muy singular que en el cruce del siglo XIX al XX los presidentes colombianos estuvieran vinculados de manera tan directa a la lengua: unos escribían libros de gramática, otros eran propietarios de librerías e incluso hasta los más guerreros como Uribe Uribe escribieron su propio diccionario.
A su manera, Malcolm Deas fue un historiador que trascendió la academia y los ensayos. Consideraba, o por lo menos así lo transmitía, que los problemas se estudian desde lo académico, no para quedarse en los anaqueles si no para construir, a partir del análisis, políticas públicas.
De hecho hay quienes, como Alejandro Lloreda, en el portal La Silla Vacía, sostienen que Deas “tuvo una gran influencia sobre la doctrina de la seguridad democrática a través de discípulos suyos como Álvaro Uribe, Sergio Jaramillo y Andrés Peñate”. Y, según él, “las bases intelectuales de la seguridad democrática se sentaron en sesiones de trabajo en el apartamento de Malcolm en Chapinero Alto”.
A diferencia de muchos intelectuales, Malcolm Deas siempre mantuvo una visión optimista sobre el progreso colombiano y se dedicó a difundirla ampliamente a través de diversos medios. Planteó tesis arriesgadas –para estos tiempos de bodegas extremistas en las redes sociales– como que, por ejemplo, en Colombia nunca hubo grandes latifundios o que “el Frente Nacional hizo la paz sin expertos, sin académicos y sin justicia transicional”.
Así, luego de años de variados estudios e investigación, Malcolm Deas pudo llegar a su diagnóstico de lo que era Colombia: un país de alta estabilidad, de poder difuso, de amplias libertades, de un régimen empedernidamente civilista, de débil capacidad de represión, con un orden público precario, con una alta violencia que afecta principalmente a los estratos bajos, que siempre tuvo un calendario electoral fijo y que cuenta con un electorado variado. Un país con mucho de clientelista, poco populista, esencialmente reformista, con poder presidencial limitado, de manejo económico estable, lucha muy visible entre el bien y el mal, mucha protesta, legalista y leguleyo.
Sin embargo, su influencia más trascendental posiblemente radicó en su disposición para entablar conversaciones con personas en posiciones de poder, quienes lo consultaban y lo invitaban a tertulias siempre que tenían la oportunidad. Entre estos están Luis Carlos Galán, el ya mencionado Álvaro Uribe, César Gaviria, Gustavo Bell y Alfonso López Michelsen.
Un buen homenaje a la memoria de Malcolm Deas sería que cada vez más colombianos los leyeran.