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La nueva “democracia” de Silicon Valley

Mientras unos construyen herramientas para consolidar poder, otros se preguntan ante quién rendir cuentas. Que esa pregunta sea suficiente es otra discusión, pero ignorarla distorsiona el mapa.

hace 1 hora
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  • La nueva “democracia” de Silicon Valley

Los ingenieros de Silicon Valley son hoy sin duda los sucesores de esos grandes magnates del capitalismo americano que en su momento se hicieron fuertes con el ferrocarril, el petróleo, el acero o la industria automovilística. Lo que comenzó como una oleada de innovación empresarial con el lanzamiento del computador personal de Apple, siguió con internet y pasó a las redes sociales, nos tiene ahora pendientes de esa alocada carrera por la Inteligencia Artificial que define un nuevo cambio de era en la historia de la humanidad.

Nombres de compañías como OpenAI, xAI o Meta y apellidos como Altman, Musk o Zuckerberg nos son cada vez más familiares. Estos hombres, que han conseguido volverse multimillonarios en menos de una generación, comparten una convicción: que su éxito tecnológico los habilita para rediseñar la sociedad. No todos con la misma intensidad ni con los mismos métodos —los hay que buscan influencia política directa y los hay que prefieren moldear el mundo desde la infraestructura— pero el denominador común es el desprecio por los límites que imponen las instituciones democráticas.

No todos en Silicon Valley siguen ese libreto. Dario Amodei, cofundador de Anthropic, representa una corriente distinta: la de quienes reconocen abiertamente que la inteligencia artificial puede ser una tecnología existencialmente peligrosa y asumen esa responsabilidad como principio fundacional de su empresa, no como obstáculo para el negocio. Anthropic ha apostado por la investigación en seguridad de la IA y ha mantenido una postura más cautelosa frente al poder político.

La diferencia no es menor: mientras unos construyen herramientas para consolidar poder, otros al menos se preguntan ante quién deberían rendir cuentas. Que esa pregunta sea suficiente es otra discusión, pero ignorarla distorsiona el mapa.

De entre todos ellos, el inversor Peter Thiel —fundador de PayPal y Palantir, gigante del análisis de datos para la seguridad de los gobiernos— es quien ha llevado al punto más extremo esa forma de pensar, sintetizándola en un ensayo en el que aseguró que su libertad no es compatible con la democracia. No cree en la competencia, no cree en la democracia y no cree en nada que pueda poner límites a su poder.

Thiel se regodea hablando de filosofía y religión, y en conferencias a las que recurre a referencias del Libro de Daniel y Francis Bacon compara las regulaciones que se le imponen a la tecnología con el Anticristo. Su trayectoria política es coherente con esa visión: financió las campañas de Donald Trump en 2016 y 2024, y ha sido el principal respaldo económico e ideológico de la carrera de JD Vance. Fue además precursor del giro que dio Silicon Valley al pasar de apoyar a los demócratas a instalarse a la derecha del Partido Republicano.

Hace unos días, su socio Alex Karp, con quien fundó Palantir en 2003, publicó un libro titulado República tecnológica, una suerte de ideario corporativo que ha generado bastante polémica. Conviene, sin embargo, no confundir a los dos socios: Karp es más pragmático e institucionalista que Thiel, ha defendido públicamente a la OTAN y a las democracias liberales, y su libro habla menos de demoler el orden existente que de armarlo con inteligencia artificial. Pero el resultado práctico converge: presenta a Palantir como la infraestructura digital básica de una sociedad que debe rearmarse, rechaza el “pluralismo vacío y hueco” que a su juicio han impuesto las élites liberales, y reclama a la élite tecnológica que se implique en la defensa de la nación.

Esto último ya está ocurriendo. En 2025, empresas como Google y Meta, que habían permanecido alejadas de todo lo militar, comenzaron a estrechar lazos con el Pentágono. Si bien cuando apareció Palantir hablando de seguridad y vigilancia en un entorno acostumbrado a pensar en productos para el consumo hubo bastante recelo, hoy son cada vez más los tecnólogos que comparten ese punto de vista.

Palantir fue financiada en sus orígenes por una empresa de capital de riesgo de la CIA. Hoy, parte de su trabajo es capturar datos de la administración para crear programas que le sirven al ICE —el Servicio de Inmigración de Estados Unidos— para deportar inmigrantes; ayuda al ejército israelí a localizar objetivos en Gaza, y ha participado en la guerra con Irán identificando blancos y activando ataques a una velocidad muy superior a lo que se había visto hasta ahora. Sus programas, entre ellos el superventas Gotham, son además la herramienta más drástica para suprimir funcionarios públicos y sustituirlos por software.

Pero Palantir no reemplaza al Estado: lo coloniza por dentro. Los gobiernos siguen firmando las órdenes, pero el criterio, los algoritmos y la lógica son los de una empresa privada sin control democrático. No es sustitución, es captura institucional. Los estados mantienen la forma pero ceden el contenido, y con él, la soberanía sobre decisiones que afectan la vida de millones de personas.

El objetivo es claro: alterar los ya frágiles equilibrios entre poder político y poder empresarial, convertir a los gobiernos en cáscaras vacías y, desde la sombra y sin rendición de cuentas, manejar el destino de millones de ciudadanos. Esa es su visión de una sociedad post democrática sometida a la tecnología, que para asombro de muchos tiene bastantes seguidores. Otra cosa es que tengan la razón. .

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