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La doctrina Trump

Lejos de la diplomacia paciente y los equilibrios multilaterales que caracterizaron otras épocas, Trump prefiere ahora acciones militares directas para precipitar cambios de régimen.

hace 2 horas
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  • La doctrina Trump

El ataque a Irán, que le costó la vida al Líder Máximo de ese país, el ayatolá Alí Jameneí, dejó ciertamente asombrado al mundo. No solo por la audacia de una operación que sobrepasa varias líneas rojas del derecho internacional, sino porque supone un quiebre en una región donde cada movimiento puede producir efectos dominó.

Si bien, aún no es claro cuál será el desenlace de la incursión que comenzó este sábado, puede ser un buen momento para hacer una reflexión sobre cómo Donald Trump está marcando un cambio con respecto a la manera como Estados Unidos venía enfrentando regímenes autoritarios de larga duración o simplemente adversos a él. Lejos de la diplomacia paciente y los equilibrios multilaterales que caracterizaron otras épocas, Trump prefiere ahora acciones militares directas para precipitar cambios de régimen.

El caso de Irán simboliza ese viraje. Durante más de tres décadas, el ayatolá Jameneí sostuvo el poder con represión interna, retórica ideológica y una arquitectura de alianzas con grupos armados islamistas regados por la región, como Hezbolá, Hamas y los Huties. El régimen de Jameneí, por ejemplo, reprimió las protestas de hace tan solo dos meses dejando un saldo de 20.000 muertos, según informes mencionados por la relatora especial de la ONU en ese país.

Estados Unidos intentó sanciones y aislamiento pero no logró doblegar al ayatolá. Solo la llamada “Guerra de los 12 días”, desatada en junio pasado con Israel, y los bombardeos coordinados de Israel y Estados Unidos terminaron por derrumbar el mito de su invulnerabilidad.

Algo parecido ocurrió con Venezuela. Ni las marchas, ni las estrategias de cerco diplomático, ni las sanciones multilaterales le hicieron cosquillas al régimen Chávez/Maduro que ya completaba 27 años, solo cuando Trump utilizó la fuerza le pusieron tatequieto.

Con Irán y Venezuela ya son siete países en los que el gobierno Trump ha abierto o ha reactivado frentes de ataque, con el propósito de contener amenazas a su seguridad nacional y proteger intereses económicos clave. En parte por la estrategia de desarticular la red de influencia de Irán o de proteger las rutas comerciales globales.

Para muchos iraníes, sometidos a una represión que ha dejado miles de muertos, el colapso del Líder Supremo puede sentirse como un alivio. La historia reciente muestra que el sufrimiento bajo regímenes autoritarios no es una abstracción. En Venezuela, más de siete millones de ciudadanos tuvieron que abandonar el país, huyendo del hambre y del derrumbe institucional. En Cuba, más de seis décadas después de la revolución encabezada por Fidel Castro, el sistema político continúa sin alternancia real en el poder. Corea del Norte supera los setenta años bajo una dinastía cerrada. Siria padeció más de medio siglo de hegemonía familiar antes de su devastadora guerra civil y de la caída de Bashar Al Assad en diciembre de 2024. Son regímenes que no se cuentan por gobiernos sino por generaciones.

La pregunta inevitable es si el modelo ensayado en Irán anticipa una nueva doctrina: ¿vendrá Cuba? ¿Se abrirá la puerta a presiones o intervenciones más directas contra otros sistemas autoritarios de larga duración? La tentación de aplicar una fórmula de fuerza ante dictaduras enquistadas puede ganar adeptos en un mundo fatigado de crisis humanitarias crónicas y diásporas masivas.

Pero la historia aconseja cautela. La invasión que derrocó a Sadam Husein en 2003 mostró que remover a un dictador no equivale a construir democracia. El vacío de poder puede derivar en fragmentación, violencia prolongada o en nuevas formas de autoritarismo. El riesgo de un “boomerang nuclear” en Irán —que parece no existir, pero no se puede descartar por completo— sería un ejemplo de las consecuencias no previstas.

En el fondo subyace un dilema moral y político de enorme calado: el del mal menor. ¿Es preferible permitir que un régimen autoritario continúe oprimiendo a su población —con hambre, cárcel y exilio— en nombre de la estabilidad internacional? ¿O se justifica intervenir, aun con los riesgos de desestabilización y violencia que ello implica, para acortar el sufrimiento de millones?

La no intervención puede convertirse en una forma de resignación, incluso de complicidad ante las evidentes injusticias. Pero la intervención sin un plan sólido de transición puede multiplicar el dolor que pretende aliviar. Entre ambos extremos se debate hoy la política internacional.

El giro promovido por Trump parece inclinar la balanza hacia la acción contundente bajo el cálculo de que la presión decisiva reduce el costo total del conflicto. Sus críticos advierten que esa apuesta implica que Estados Unidos se dé atribuciones de policía del mundo, puede desencadenar dinámicas de violencia indeseables y comprometer la legitimidad del orden internacional.

La caída de una dictadura produce, casi siempre, una sensación inmediata de alivio. Sin embargo, la verdadera medida tal vez no está en el júbilo inicial, sino en la fortaleza institucional que surja después. El dilema del mal menor no admite respuestas simples. Exige ponderar no sólo el sufrimiento presente, sino las consecuencias futuras.

En ese terreno —el del largo plazo— se sabrá si la nueva forma de gestionar las dictaduras inaugura una era de transiciones más rápidas hacia la libertad o si, por el contrario, abre un ciclo de incertidumbre cuyas secuelas aún no alcanzamos a dimensionar. .

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