Cintillo de indicadores económicos Colombia

Pico y Placa Medellín

viernes

7 y 9 

7 y 9

Pico y Placa Medellín

jueves

3 y 6 

3 y 6

Pico y Placa Medellín

miercoles

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

martes

1 y 4  

1 y 4

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

5 y 8  

5 y 8

El mundo que nació el 11-S

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 se convirtieron en uno de los acontecimientos más determinantes de la historia contemporánea. Por la magnitud y porque terminó una época y comenzó otra.

hace 54 minutos
bookmark
  • El mundo que nació el 11-S

Hoy se cumple un cuarto de siglo de aquella mañana de martes en que el mundo contempló, atónito, cómo dos aviones atravesaban las Torres Gemelas de Nueva York. Un tercero se estrelló contra el Pentágono y el cuarto terminó en un campo de Pensilvania después de que sus pasajeros intentaron recuperar el control.

El corazón financiero de la principal potencia del planeta se desplomó y su cerebro militar quedó herido. El mundo entero fue testigo, en vivo y en directo, de esa densa nube de escombros, fuego y ceniza en la que murieron de un solo golpe casi 3.000 personas.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 se convirtieron en uno de los acontecimientos más determinantes de la historia contemporánea. No solamente por la magnitud del ataque o por la espectacularidad macabra de unas imágenes que millones de personas todavía pueden reconstruir de memoria. Lo fueron porque aquella mañana terminó una época y comenzó otra.

El mundo que habitamos hoy, en buena medida, nació entre los escombros de las Torres Gemelas.

Muchas cosas que hoy consideramos normales comenzaron allí. Estados Unidos declaró la “guerra contra el terrorismo”, invadió Afganistán para destruir a Al Qaeda y desalojar a los talibanes que le daban refugio y, dos años después, invadió Irak. Cientos de miles murieron en Afganistán e Irak, pero también en Pakistán, Siria y Yemen. Los aeropuertos se volvieron lo que hoy son: filas eternas y zapatos en la bandeja. Y millones de musulmanes terminaron pagando una culpa que no les correspondía. El terrorismo de un grupo fanático terminó alimentando durante años la sospecha contra toda una religión.

Veinticinco años después resulta inevitable preguntarse qué quedó de semejante esfuerzo. Osama bin Laden murió. Al Qaeda perdió la capacidad operativa global que exhibió. Estados Unidos no volvió a sufrir un atentado de semejante magnitud en su territorio. Pero Afganistán terminó nuevamente en manos de los talibanes en 2021, después de veinte años de guerra, miles de muertos y una inversión gigantesca. Irak quedó profundamente desestabilizado y su invasión contribuyó a alterar el equilibrio de poder de Oriente Medio.

De las ruinas de aquellos conflictos surgieron nuevas organizaciones extremistas, entre ellas el Estado Islámico, y la región inició una cadena de guerras, migraciones y fracturas políticas cuyas consecuencias todavía no terminan.

El verdadero balance de estos 25 años es mucho más complejo que la simple pregunta de quién ganó o perdió la guerra contra el terrorismo. Estados Unidos demostró después del 11-S una capacidad militar extraordinaria. Derribó gobiernos en semanas, persiguió a los responsables del ataque hasta los confines del planeta y construyó una arquitectura de inteligencia y seguridad que hizo muchísimo más difícil repetir una operación semejante.

Pero también comprobó los límites. Los ejércitos pueden matar al jefe de una organización terrorista, pero no eliminar las ideas que la alimentan. Pueden ocupar durante veinte años un país y descubrir, al retirarse, que el adversario al que expulsaron vuelve a ocupar el palacio presidencial.

La imagen más dolorosa de esa paradoja ocurrió en agosto de 2021. Mientras Estados Unidos abandonaba precipitadamente Kabul, los talibanes regresaban al poder casi exactamente veinte años después de haber sido expulsados. La guerra más larga de la historia estadounidense terminaba prácticamente en el mismo punto donde había comenzado.

Pero al cumplirse estos 25 años, la memoria del 11-S obliga también a volver a las calles de Nueva York. El martes pasado, el alcalde Mamdani divulgó más de 170.000 páginas de documentos sobre la calidad del aire en el sur de Manhattan después de los ataques. Buena parte apareció en 68 cajas que permanecían arrumadas en el Departamento de Protección Ambiental. Los papeles muestran que mientras hacia afuera se transmitían mensajes tranquilizadores, las mediciones oficiales detectaban amianto, benceno y otras sustancias peligrosas en el polvo que cubría la zona. Miles de personas desarrollaron después cánceres y enfermedades respiratorias asociados a la exposición, y las muertes relacionadas con enfermedades vinculadas al 11-S ya superan ampliamente las casi 3.000 que dejaron los atentados aquella mañana.

Tal vez esa sea la dimensión más estremecedora del aniversario. El 11-S no terminó el 11 de septiembre de 2001. Continuó en las guerras de Afganistán e Irak, en los aeropuertos convertidos en puestos de control, en la expansión de la vigilancia, en las fracturas de Oriente Medio y en los pulmones de quienes corrieron aquel día hacia las Torres Gemelas cuando todos los demás intentaban escapar. El mundo que nació aquella mañana todavía es, en buena medida, el que estamos viviendo.

Sigue leyendo

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD