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El cinismo del Jefe de Estado se vuelve insoportable cuando la tragedia es real. Porque mientras distrae al país echando culpas con fines electorales, hay madres sacando a sus hijos en canoas improvisadas.
En Córdoba no está lloviendo: está cayendo una tragedia. El departamento entero bajo el agua: 80% de los municipios, afectados; 120.000 damnificados, cultivos destruidos y 9.000 casas anegadas.
Mientras intentan salvar lo poco que les queda, mientras lidian con el hambre y la incertidumbre de dónde dormir esta noche, al presidente Gustavo Petro solo se le ocurre decir “yo no fui”. Y empieza, desesperado, a echar culpas. Acusa a la represa de Urrá por abrir compuertas. Y también, saca de la chistera el nombre de EPM y de Hidroituango. Sugiere, sin consideración alguna, que detrás del desastre hay negligencia técnica, casi criminal.
Podría ser una hipótesis para estudiar si no viniera de quien como Petro es responsable de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD). Una entidad que debía estar lista para prevenir el desastre, al menos para advertirlo. Pero, no lo estaba porque, en el gobierno de Petro, la secuestró la politiquería. Entró en una lógica perversa de contratos amañados, sobornos y carrotanques fantasmas. Ahí están las pruebas del escándalo y los nombres de ministros, congresistas y operadores políticos que gravitaban alrededor de la misma instrucción: aprobar, a como diera lugar, las reformas que quería Gustavo Petro.
Por eso resulta cínico —imperdonablemente cínico— que el mismo presidente cuyo gobierno convirtió la Unidad de Riesgos en un centro de compra de votos, pretenda ahora lavarse las manos. ¿Quién manejaba Urrá? ¿Quién tuvo en sus manos el control del Congreso gracias a los votos y los contratos de políticos de Córdoba como los Calle o los Wadith Manzur?
¿Será que es necesario recordarle al Presidente que Urrá es una empresa 98% propiedad de la Nación, es decir, de su gobierno y que si ocurrió algo indebido es su responsabilidad? Por no hablar de las denuncias, aún sin investigar, según las cuales, Nicolás Alcocer Petro intercedió a favor de contratistas de Urrá. O de que su gobierno, le habría entregado el manejo de la hidroeléctrica al clan de Andrés Calle, el mismo que fue detenido por la Corte Suprema cuando fungía como presidente de la Cámara, por haber recibido dineros del círculo de Petro.
Y en cuanto a EPM, y en particular Hidroituango, desde Antioquia le exigimos a Gustavo Petro respeto por un grupo de técnicos que son emblema de la región, y por una empresa que es marca registrada de calidad de lo público en el mundo. Hace ocho años el equipo de EPM hizo ingentes sacrificios para superar la contingencia de esta mega obra y lo logró sin que se perdiera una sola vida. De manera que no puede venir ahora cualquiera, con una ligereza vulgar, así tenga el título de mandatario, a culpar a EPM y a técnicos de trayectoria de estar jugando con la vida y el bienestar de la gente. ¡No señor, EPM se respeta!
¿O es que acaso Petro cree que hay técnicos que se levantan por la mañana a ver cómo inundan las casas y los campos de la gente? Como dice el proverbio: “El que las hace, se las imagina”.
Las explicaciones de los expertos y de líderes gremiales echan por tierra, con evidencias, todas las acusaciones de Petro. En primer lugar. Las represas ayudan a controlar un exceso de lluvias porque funcionan como grandes amortiguadores: cuando llueve de más y los ríos crecen con fuerza, el embalse retiene parte de ese caudal y reduce el riesgo de desbordamientos aguas abajo.
Petro terminó retractándose, al menos en parte. Después de insinuar que las hidroeléctricas habían abierto compuertas de manera criminal, a las 2:00 de la tarde corrigió: “Claro que las descargas de ahora de Urrá son obligatorias o si no se derrumban los muros o el agua sale sin control por arriba”. Pero entonces ya se inventó que el problema estaba en que las represas habían acumulado en enero agua, para evitar producir energía y poder cobrar tarifas altas. La realidad lo desmiente: en enero se produjo en su gran mayoría energía de fuentes hídricas.
El cinismo del Jefe de Estado se vuelve insoportable cuando la tragedia es real. Porque mientras distrae al país echando culpas con fines electorales, hay madres sacando a sus hijos en canoas improvisadas. Hay mujeres ya mayores sosteniendo un colchón en la cabeza con el agua a la cintura. Hay campesinos viendo cómo se les va la cosecha. Hay niños que no tienen clases, ni casa, ni comida caliente.
Mientras hoy se habla de compuertas y de lluvias extremas, conviene recordar que esa plata que hoy hace falta en Córdoba es la misma que terminó convertida en contratos inflados, sobornos y favores parlamentarios. No es una opinión. Está en los expedientes judiciales.
Y aun así, el Presidente habla como si fuera un espectador indignado. Como si no tuviera nada que ver. Como si la UNGRD hubiera sido infiltrada por fuerzas extrañas mientras él miraba al techo.
Puede que la gestión de riesgos tenga fallas estructurales de décadas. Puede que Urrá tenga algo más que responder. Pero ninguna de esas verdades borra otra: en lugar de liderar con responsabilidad, el Presidente se comporta como un columnista más. Sugiere, insinúa, acusa. Pero no gobierna.