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Daniel y Wadith: Los símbolos del 8 de marzo

La votación de Briceño es un síntoma de que hay lugar para la esperanza. Colombia necesita más Briceños y menos –o ningún– Wadith.

hace 4 horas
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  • Daniel y Wadith: Los símbolos del 8 de marzo

El historiador israelí Yuval Noah Harari en su ya legendario ensayo Homo Sapiens ha insistido en una idea que resulta especialmente útil para comprender el sentido de la humanidad: las sociedades no se sostienen únicamente sobre instituciones o normas jurídicas, sino también sobre relatos compartidos y símbolos. Son estos los que condensan valores y orientan la conducta colectiva. A través de ellos una comunidad expresa lo que admira y lo que rechaza, lo que premia y lo que sanciona.

En ese sentido, y refiriéndonos a las elecciones del pasado 8 de marzo, hay que decir que los procesos electorales no solo eligen representantes del pueblo ante el Estado. También producen símbolos. Y con frecuencia esos símbolos dicen más sobre la salud moral de una democracia que los porcentajes de participación de las campañas.

En estas elecciones del domingo quedaron marcados dos símbolos claros y potentes de lo que está bien y lo que está mal en la política en Colombia, sobre los cuales vale la pena reflexionar.

Por un lado aparece el caso de Wadith Manzur como un símbolo inquietante de lo que no está bien en el juego político. A sus 39 años tenía todo para convertirse, como congresista, en un generador de bienestar para la gente, pero no lo hizo así, prefirió irse por ese camino de la codicia, de la coima y de la mordida que al fin y al cabo solo produce desprecio.

Dos días después de que salió elegido como senador con 135.000 votos, la Corte Suprema ordenó su captura por el escándalo del saqueo de la Unidad de Riesgos (UNGRD). Wadith está siendo investigado porque a cambio de votar a favor de las reformas del Gobierno habría recibido contratos con recursos que debían destinarse a la atención de emergencias. Y no solo eso: sería el pago para que, en su calidad de presidente de la Comisión de Acusaciones de la Cámara, no abriera ninguna averiguación contra el presidente Gustavo Petro.

Esa imagen que dio la vuelta al país, de una valla suya con la cual pedía votos, anegada por las terribles inundaciones en Córdoba, mientras miles de familias veían zozobrar sus vidas en medio de los estragos del invierno, quedó para la historia como una marca grabada en la piel del atropello, del abuso, del congresista hacía su departamento de origen.

No solo la embarró con su gente sino con todo el país. Como presidente de la Comisión de Acusaciones de la Cámara, Manzur podía examinar eventuales responsabilidades del presidente Gustavo Petro, pero prefirió entregar su conciencia a cambio de billetes. ¿Qué sentido tiene ganarse unos miles de millones de pesos manchados de corrupción y dejar que la impunidad reine en la Presidencia de la República? Según reveló esta semana EL COLOMBIANO, Wadith Manzur tiene 45 propiedades ¿Qué necesidad tenía de acumular más bienes o más dinero?

Lo malo es que se encadena una secuencia de irregularidades. El gobierno Petro –que se dice defensor de los vulnerables– le compra su conciencia a este congresista de un partido opositor y le paga con la plata que debía ir a la atención de emergencias. Los recursos del Estado entonces no van a la atención de desastres, que casi siempre afectan a los más pobres, sino que buena parte de ellos terminan en el bolsillo del congresista que a su vez lo utiliza, en parte, para aceitar la maquinaria.

Por esa razón un congresista como Wadith, a pesar del escándalo, sacó la segunda votación del Partido Conservador. Es elocuente que Wadith haya sacado en La Guajira más de 6.000 votos a pesar de que no tiene trabajo político en ese departamento. La ciudadanía también se tiene que pellizcar, no pueden vender sus votos y después reclamar al Estado porque no llega a atender sus necesidades.

Pero la grata noticia es que la política también produce símbolos que dan pie a la esperanza. Ese mismo 8 de marzo surgió como un ave fénix entre las cenizas de ese lodazal político la figura de Daniel Briceño que simboliza todo lo contrario de Wadith Manzur.

Gracias a su labor de denuncia del saqueo de los recursos públicos ganó la impresionante cifra de 262.000 votos y se convirtió en el representante a la Cámara más votado de la historia. En el Congreso solo han sacado más votos que él, los senadores Álvaro Uribe, 892.000, y Antanas Mockus, 540.000, ambos en 2018.

Briceño, un bogotano de clase media, a diferencia de Wadith no se ‘robó’ la plata del Estado para conseguir votos, sino que por el contrario, a pesar de que conquistó muchos votos le ahorró más de 1.800 millones de pesos al Estado, gracias a que hizo una campaña austera y por ende no le tuvieron que reponer todo a lo que podría tener derecho.

Pero además, en sus entrevistas, Briceño demuestra una actitud aleccionadora para el país: le tiene fobia a aquello de venderse como víctima. Cuando en alguna emisora intentaron que él sacara a relucir su condición de hijo que se crió sin la presencia de un papá, él inmediatamente se sacudió y destacó la importancia no solo de su mamá sino también de su abuelo en su crianza.

Ese contraste ilustra con claridad la tesis de Harari. Las sociedades se narran a sí mismas a través de símbolos, y esos símbolos terminan moldeando la cultura política de las nuevas generaciones.

La política no puede ser un negocio más. La votación de Briceño es un síntoma de que hay lugar para la esperanza. Colombia necesita más Briceños y menos –o ningún– Wadith.

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