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Editoriales | PUBLICADO EL 18 mayo 2022

¡Auxilio!

La administración ha dejado caer el centro y parece que sus cabezas están más interesadas en diseñar eslóganes y videos que en resolver este problema tan grave en todo el corazón de la ciudad.

Tal vez no hay símbolo más poderoso de la desidia del gobierno de Daniel Quintero que la deplorable situación del centro de Medellín. En los últimos dos años y medio, esta que ha sido la zona más emblemática de la ciudad parece hundirse en una espiral de violencia, hurtos y abandono.

Las entidades culturales —museos, teatros, galerías— ahora sobreviven gracias a la ayuda de los espectadores, pues se ha reducido el presupuesto público de apoyo; sin contar con que el entorno —calles y parques— están abandonados, con jardines que parecen matorrales tomados por el hampa.

Ir al Museo de Antioquia —por poner un ejemplo de una de las joyas del Centro— se puede convertir en todo un deporte extremo. Los raponeros abundan. Al 25 de abril de este año se habían denunciado 2.135 hurtos, 500 casos más que en 2021; además, se han robado 30 carros y 133 motos, cifras que están por encima de las del año pasado. Es común ver en redes sociales videos de fleteros a la fuga entre buses y taxis.

La situación va más allá de los robos. El abandono es evidente. Los ladrones hasta se llevaron las rejas que la Alcaldía había puesto para proteger el mobiliario urbano y las obras del maestro Fernando Botero. ¡Se robaron las rejas! En los jardines públicos, las banquetas y las esculturas, se acomodan personas por decenas a fumar bazuco y marihuana, incluso se inyectan heroína, y los policías no se atreven a decir nada porque el más mínimo llamado de atención puede encender una trifulca monumental; los funcionarios de Espacio Público no aparecen nunca, son convidados de piedra ante el paso de este ciclón. Y los centros de ayuda a las personas de la calle los han ido cerrando o no prestan ya el apoyo que antes brindaban.

Por el centro pasan todos los días más de un millón de personas; sin embargo, es un territorio que se tomaron las bandas sin que nadie las incomodara. Dice la Policía que hay 15 divisiones de las llamadas Convivir que, a su vez, sirven a bandas como La Terraza, Caicedo y La Milagrosa. Están encargadas de administrar 120 plazas de vicio entre la avenida San Juan y Villanueva —si en toda la ciudad son 220 ollas, eso quiere decir que en la comuna 10, la del centro, se concentra más del 50 % del microtráfico—.

Además de la venta de vicio, están las extorsiones: a los vendedores ambulantes les exigen mínimo 5.000 pesos semanales, y a los comerciantes más exitosos les llegan a cobrar hasta 50.000 pesos; los que pueden, mejor abandonan el oficio. La prostitución, cada vez más abundante y lejos de la atención de la gestión de la Secretaría de Inclusión Social o de las Mujeres, pulula en el parque de Botero, parque de Berrío y Carabobo; a ellas también les toca pagar extorsión o pueden terminar violadas y golpeadas.

Como si eso fuera poco, está el negocio que abunda en el centro y carcome la economía de los más necesitados: el pagadiario, el gota a gota. Expertos calculan que estas empresas que nadie identifica pueden prestar cada semana hasta 1.000 millones de pesos, en un negocio ilegal que puede generar hasta 400.000 millones de pesos en ganancias. Se trata de una manera perfecta de blanquear dinero.

Todo esto pasa ante los ojos de las autoridades sin que ellas hagan nada. La administración ha dejado caer el centro y parece que sus cabezas están más interesadas en diseñar eslóganes y videos que en resolver este problema tan grave en todo el corazón de la ciudad.

Hay muchos héroes en el centro resistiendo y tratando de sostenerlo. En la alcaldía deberían ocuparse de lo verdaderamente importante: Medellín 

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