La cabeza de Benjamín Franklin arde en el fuego mientras escuchamos a Bob Dylan cantar y preguntarnos qué se siente no tener un hogar y ser como una piedra rodante.
Nadie diría que estamos ante la secuencia final de una película de época que se desarrolla a mediados del siglo XIX, pero Raoul Peck, el director y guionista de la cinta, quiere recalcar con este cierre donde termina acompañando protestas sociales en distintas partes del mundo, que las ideas de los personajes centrales de su historia, Karl Marx y Friedrich Engels, siguen teniendo vigencia en nuestros días en que la lucha de clases, más que entre burgueses y proletarios, se da entre privilegiados y desposeídos.
Peck, que recobró notoriedad mediática con su película anterior, el fascinante documental “I am not your negro”, pleno de poesía y de cuestionamientos raciales a la sociedad estadounidense, decide presentarnos la juventud de Marx en un relato mucho más ortodoxo y lineal, aunque con los suficientes toques personales para que podamos considerar a El joven Karl Marx como parte su obra.
Además del ya citado cierre, la apertura también se destaca: en una secuencia que se desarrolla en un bosque pálido, consigue explicar las principales injusticias del sistema que imperaba en tiempos de Marx y que en parte sigue prevaleciendo en la actualidad.
Por fortuna, aunque lo más valioso de la película sea que logra resumir en unos pocos diálogos varios puntos centrales de las tesis que terminarían siendo plasmadas en el Manifiesto Comunista, Peck no descuida el aspecto humano de sus personajes, llevándonos a entender las pasiones, las influencias y las situaciones familiares que llevaron a Marx y a Engels a ser primero amigos y luego compañeros de ideas.
Marx es retratado con hondura y complejidad por el actor August Diehl, que consigue transmitir el perfil de un hombre cuya principal ambición en realidad era escribir bien, y que por las circunstancias de su vida y su época terminó convirtiéndose en el autor de la base teórica para el movimiento comunista.
Aunque el espectador no reconocerá muchos de los nombres que hicieron parte del mundo de Engels y Marx, el guión de Pascal Bonitzer y el mismo Peck es lo suficientemente claro como para que entendamos los hechos que le permitieron a este dúo (junto con sus parejas, Jenny Marx y Mary Burns, que aquí son presentadas con justicia, pues se percibe que sin su esfuerzo ellos no habrían podido lograr lo que consiguieron) poner a un fantasma a rondar por Europa. Un fantasma que, directa o indirectamente, contribuyó a alcanzar mejores condiciones de vida para millones de personas, gracias a que les enseñó que tenían poder y que podían reclamar y exigir un mundo más justo.
Aunque la película no consigue comprometernos del todo con su narración (Marx era un teórico social, no un boxeador, la tarea no era fácil) sí sirve para que recordemos, en estos tiempos de elecciones, que son las ideas poderosas, más que los caudillos populistas, los que cambian al mundo.