Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
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samuel castro
Miembro de la Online Film Critics Society
X:@samuelescritor
¿Por qué hacer hoy, pasado el primer cuarto del siglo XXI, un remake de una comedia “pícara” de los setenta, que mostraba mucha piel y cuyas actrices aparecían en pantalla siempre en minifalda? ¿Por qué una directora con claras posturas feministas querría rehacer ese trabajo visiblemente machista, que fue un exitazo local canadiense en su tiempo? Casi podríamos responder como en los realities de cocina cuando el jurado le pregunta al concursante por qué hizo cierta combinación de ingredientes: ¿y por qué no? Es decir, ¿por qué las posturas feministas, la crítica social y las reflexiones femeninas sobre ciertas etapas de sus vidas tendrían que ser siempre presentadas en películas serias, melancólicas y angustiosas?
El guion de Catherine Léger que dirige Chloé Robichaud nos presenta a Florence y a Violette, dos vecinas de un conjunto habitacional de clase media, una en sus treintas y otra en sus cuarentas, que se hacen amigas cuando una confronta a la otra ante los graznidos de cuervo que no la dejan dormir y que ella cree que son unas particulares exclamaciones sexuales. Florence le confiesa a Violette, y mientras lo hace se asombra al decirlo, que hace mucho que no tiene sexo con su marido. Unidas por la insatisfacción común en sus matrimonios, aunque parta de razones distintas (Florence lleva varios años consumiendo antidepresivos, Violette está amamantando y se siente sola cuidando a su hija recién nacida, mientras su marido se va a supuestas correrías de trabajo), las ahora amigas comienzan a animarse mutuamente a hacer cosas distintas, lo que llevará a encuentros eróticos, muy graciosos todos, con distintos tipos de trabajadores a domicilio (lo que, por lo demás, siempre ha sido un cliché de la pornografía) como el plomero o el exterminador de plagas.
Tanto Laurence Leboeuf como Karine Gonthier-Hyndman ofrecen actuaciones convincentes y tridimensionales, que hacen creíbles sus nuevas peripecias sexuales y que son encantadoras de ver como parte de la evolución de la amistad entre ellas. Sin embargo, el guion no les da tantas herramientas a los personajes de los maridos —a lo mejor intencionalmente, pues esos personajes incompletos son normalmente los que reciben las actrices en las películas con protagonistas masculinos—, que lucen perdidos en unos conflictos demasiado gratuitos (nunca sabemos por qué David ha perdido el interés erótico por Florence) que tampoco se resuelven con mucho ingenio. Como pasa muchas veces en el cine francés (digamos que el cine de Quebec es más francés que canadiense) el afán de la guionista por abarcar muchos temas (la difícil convivencia con los vecinos, las publicaciones en redes sociales, la maternidad) hace que el conflicto central se disuelva y se resuelva con menos potencia de la que comenzó. Pero eso no quita que la película consiga varias risas en su público, por una razón que debería ser más común: ver a dos mujeres viviendo su sexualidad con el mismo desparpajo con que la viven los hombres en el cine.