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¡ Mahler! ¡Aaaah, Mahler! Dos orquestas, tres Coros, y Rettig: Apoteosis

07 de octubre de 2017
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Olga Elena Mattei
Crítica de música clásica

¡Wooow! ¡Aaaaaa! ¡Qué sonido!

Ni con Berenstain ni con Zubin Metha ni con Karajan. No recuerdo haber escuchado nunca ni en New York donde viví por 20 años asistiendo a conciertos casi toda las noches, ni en mis largos y repetidos recorridos por los teatros de Europa, donde sé que casi me petrifico con el sonido de ya no recuerdo de cuál orquesta de qué ciudad... Y es que no es solo por la intensidad y el volúmen, es sobre todo por ese timbre sólido y redondo jamás escuchado, que se forma a su vez del conjunto de las múltiples voces bien afinadas y acopladas a la perfección en un solo sonido redondo, pero a la vez afilado, con un viso metálico que sabe a madera.

Son las dos orquestas, la Filarmónica y la Sinfónica de Eafit, ¡juntas!, ¡200 músicos! 201: hay que contar al director: el Maestro Rettig.

Y es ¡Mahler!, Mahler el poderoso, Mahler el sublime, Mahler el dueño de todos los instrumentos, las formas, las fórmulas, las combinaciones, los lenguajes, las ideas melódicas, las emociones para crear sus temas. El dueño de la música.

Mahler, el de este amado tema, y de aquel otro, y del adagio de su Quinta y de los muchos idiomas y lenguajes musicales y de los significados de vida y de amor y de dulzura, o tristeza, o esperanza, o triunfo. El de las más gloriosas apoteosis, cuando la percusión y todos los demás instrumentos estallan juntos, y el clamor retumba por el espacio y se arrastra entre lo catastrófico o lo triunfal.

Y el que con el coro de violines hace resplandecer el firmamento entero del planeta. El que con los cornos, trompetas y trombones esparce por el ámbito la mismísima luz con que brilla el cobre y con una tuba (en otras obras), establece la máxima sentencia.

Nuestro director, el maestro Rettig, permanece sereno, como si no estuviera cabalgando con un manojo de riendas en una difícil batalla. Dirige al detalle, controla el conjunto, pide inflexiones, señala entradas o calderones finales.

Una y otra vez lo tenemos expandiendo y haciendo explotar un tutti gigantesco (gigantesco en cuanto al grueso de los ejecutantes y del timbre del sonido y el volumen y la intensidad expresiva), para luego cortarlo instantáneamente, como con una guillotina, en una millonésima de segundo, para que quedemos solo entre el vacío profundo de la nada.

Cómo serían de diferentes las neuronas de Mahler de las de Bach para producir, igualmente, tal belleza extrema. ¿El uno en un andante suave o el otro en un estrepitoso grito? ¿Cómo pudo Mahler crear estas selvas de sonidos que a pesar de ser estruendosos son música, música sublime, aunque absolutamente distinta a lo que los humanos entendían como música?

¿Y qué detalles son los que hacen que una orquesta suene con la máxima perfección del sonido y la mejor interpretación de las melodías y de cada tema, cada transición, todo crescendo, o de las apoteosis ?¿Qué hace que un pizzicato suene melodioso y no puntilloso?

Creo que los secretos son la psiquis de Mahler, atrapada en la lectura de Rettig, por su oído, su cerebro y su trayectoria y todo exhalado por el entrenamiento y la excelencia individual de los instrumentistas, más la preparación previa de cada una de las dos orquestas.

El cuarto movimiento, que habla de la gloria tras la muerte, se apoya en la redonda voz de gran control y bella sonoridad, de la experimentada, destacada y muy premiada mezzosoprano chilena Evelyn Ramirez.En el quinto movimiento, tras el estallido de fabuloso tutti, se introduce la temática, en las varias melodías, y se pasa al desarrollo.

Entra quedamente el coro (podemos decir “los coros”, ya que se han unido Arcadia, Tonos Humanos, y el Coro del Departamento de Música de Eafit, todos meritoriamente fundados y excelentemente dirigidos por la distinguidísima maestra Cecilia Espinosa) con un susurro de las cuatro voces, como una flor que se va abriendo dulcemente para convertirse en una fina y prolongada queja la de los violines.

Intervienen la mezzosoprano Evelyn Ramírez y la soprano Argentina Daniela Tabernig, cuyas virtudes de segurísimo manejo y hermoso timbre conocimos y comentamos en el concierto anterior. Coro, solistas y orquesta se alterna, se mezclan, se funden, desarrollando bellísimos tramas.

Hasta entrar en la mayor apoteosis, el estallido glorioso de toda la orquesta y del coro; las cuerdas tremolando con efervescencia, los vientos vociferando, la percusión íntegra tronando con el más espectacular e indescriptible sonido que este público haya jamás escuchado y.... finalmente, aplausos tan estruendosos como todos los hitos gloriosos de Mahler.

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