Con la celebración de los 15 años del Plan Colombia se ha exaltado un exitoso fortalecimiento militar del Ejército colombiano, que contribuyó a que las Farc se dispusieran a negociar. Pero, sin menospreciar ese factor, si se examinan los intereses dispares que fue expresando el Plan, se encuentran más bien fracasos.
Pastrana lo pidió como un complemento a las negociaciones de paz y a inversiones sociales en el campo. Clinton lo convirtió en una ayuda a los esfuerzos de Colombia “dirigidos a mantener las drogas ilegales fuera de nuestro territorio”. Bush le agregó la cruzada antiterrorista, que Pastrana asumió con el fracaso de los diálogos del Caguán. Uribe equiparó el Plan adoptado por el Congreso estadounidense de lucha militar contra las drogas con la búsqueda de la derrota del “cartel” de las Farc.
Obama y Santos han aceptado que la política de drogas fracasó. Colombia acaba de poner fin a un instrumento central del Plan: la fumigación de cultivos de uso ilícito por sus efectos ambientales y sociales dañinos. Otras dimensiones contempladas del fortalecimiento de la fuerza pública, de la presencia del Estado y la justicia están pendientes. En muchas zonas, sectores estatales o políticos siguen ligados con mafias, corrupción y violencia.