Ni aquí ni en el mundo ha habido desmovilizaciones perfectas. Su historia en Colombia, los últimos 35 años, confirma que la tasa de deserción de las guerrillas ha sido del 10 por ciento y la de las autodefensas-paramilitares fue del 50 por ciento. La desmovilización de las Farc sería cercana al promedio de los grupos subversivos, un 80 por ciento efectiva.
Lo clave, incluso con disidencias, es el impacto efectivo que los procesos han tenido y está teniendo en el descenso de los niveles de violencia y conflictividad en el país.
El Estado tiene gran responsabilidad en lo que pasa, por la precaria seguridad que ha prestado siempre en las zonas rurales, pero también por el retraso en la adecuación de campamentos que debían estar listos. Las zonas de ubicación se anunciaron hace más de cuatro meses.
Si la construcción se hubiese dejado en manos de la guerrilla, no se presentarían estos retrasos y riesgos de seguridad y deserción que ahora vemos. Si en algo tienen experiencia las Farc, es en levantar campamentos.
La meta importante de Colombia, en 2017, es erradicar las 50 mil hectáreas de coca que sirven de combustible a la disidencia de las Farc u otros grupos ilegales. Se debe hacer con respaldo de la Fuerza Pública y el aparato judicial. Si se falla en eso, la disidencia crecerá y los otros grupos coparán los territorios y reproducirán ciclos de violencia, aunque menores. Que el Estado cree tecnocracia local. Que no vaya, visite y se va.