Los diálogos de La Habana, después del secuestro del general Alzate, no volverán a ser los mismos. La opinión pública no aceptará que se suspendan las conversaciones por el secuestro de un alto oficial, pero que se reanuden y haya secuestros de soldados rasos y policías y reclutamiento forzado de menores, o asesinatos de uniformados fuera de combate o indefensos.
Las Farc quieren manipular la situación y aparecer como adalides de unos diálogos en medio del alto el fuego, pero la guerrilla, si h ay cese bilateral, aprovechará la inmovilización del Ejército para expandir su presencia y reforzar sus frentes. La única forma viable y con éxito es que se les exija a las Farc un cese unilateral.
Así que una nueva crisis de esos diálogos está a la vuelta de la esquina, porque el esquema de dialogar en medio del terrorismo y la barbarie de las Farc es absolutamente insostenible. No solo desde el punto de vista ético sino desde el práctico. Eso pasó en Caracas, Tlaxcala y el Caguán, porque la violencia siempre penetra el ambiente de la mesa.
La guerrilla aprovechará esta circunstancia para poner condiciones. Y si el Gobierno, que tiene el afán de concluir el diálogo, se paró un día de la mesa, pues las Farc, que tienen la sartén por el mango, se pararán dos.
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