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Mateo Castaño Sierra

Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.

De buenos a geniales

Dejemos de pedir un dólar caro y empecemos a exigirnos productividad.

hace 1 hora
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Por Mateo Castaño Sierra - @matecastano

En Good to Great, Jim Collins cuenta la historia de dos siderúrgicas americanas golpeadas en los años 70s por la avalancha de acero asiático barato. Bethlehem Steel, la segunda acerera del país, excusó sus malos resultados en una explicación tan cierta como inútil: contra esos precios era imposible competir. Nucor, mucho más pequeña, miró el mismo hecho y concluyó lo contrario: el problema no era el acero importado sino la industria americana. Rediseñó todo —mini-acerías, chatarra, cero privilegios ejecutivos— y acabó siendo la mayor siderúrgica de EE.UU. mientras Bethlehem quebraba. Mismo hecho, dos lecturas, dos destinos.

Traigo la historia a colación porque Colombia vive su momento Bethlehem. Con el dólar rozando los 3.000 pesos, varios exportadores, no pocos gremios y algunos economistas le pidieron al Gobierno intervenir la tasa de cambio. El argumento es viejo: con peso devaluado exportaríamos más ¿será verdad?

Pues me fui a mirar los datos: 78 trimestres, veinte años. Y en ese análisis el beneficio de la devaluación no aparece por ningún lado. Los economistas miden esto con la elasticidad, que en cristiano es una pregunta sencilla: si el dólar sube 1%, ¿cuánto suben las exportaciones? La respuesta colombiana es que no suben. Bajan 1,08%. Y en las no tradicionales —flores, aguacates, medicinas, ropa, autopartes— bajan 0,37%. Ni siquiera cuatro trimestres después asoma la ganancia prometida. Tiene sentido: ningún empresario monta una empresa apostándole a una TRM que no controla.

¿Que sin devaluación no se puede exportar? Pregúntenle al vecino. Ecuador se dolarizó en el 2000, justo cuando la mancha blanca le mataba el 95% de los camarones en las piscinas infectadas y le tumbaba la producción un 70%. Sin moneda propia y sin salida fácil, hicieron lo único que quedaba: criar de los sobrevivientes que traían resistencia, bajar densidad de los estanques y meter tecnología. Hoy exportan US$8.000 millones en camarón, más que India, Vietnam e Indonesia juntos. Ajustado por población, Ecuador exporta más en camarón que Colombia en petróleo y carbón sumados. Con un solo bicho. Y sin la palanca cambiaria que nosotros sí tenemos.

No me malinterpreten: admiro a los exportadores y la revaluación sí los golpea —en su P&G, que está en pesos, y eso es legítimo—. Pero un país no se diseña para optimizarle el negocio a un gremio. Tampoco para impedirle que le vaya bien. Se diseña para que funcione la economía entera. Y ese dólar barato que castiga al exportador es el que abarata la maquinaria, la tecnología y los bienes de capital con los que se produce mejor. La cuenta de la devaluación siempre la paga alguien: el que importa insumos y el que hace mercado. Y no sobra recordar que no hay país rico con moneda débil; nuestra aspiración debería ser justo esa, ser un país rico. Porque la competitividad no puede ser la pobreza.

Bethlehem tenía razón en los hechos y se quebró igual. Nucor no discutió el precio del acero: cambió la manera de hacerlo. Dejemos de pedir un dólar caro y empecemos a exigirnos productividad, que es lo único que se parece de verdad a una estrategia de desarrollo económico. Ese es el salto que nos falta dar para pasar de buenos a geniales.

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Mateo Castaño Sierra

Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.

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